VOLUNTARIOS RURALES

Los 'wwoofers': granjeros de paso

El 'wwoofering' es un movimiento que va ganando adeptos. Sus miembros son voluntarios que ayudan a granjeros en su explotación -siempre sostenible- a cambio de alojamiento y comida. Les presentamos algunos.

La andorrana Núria Mangas da el biberón a un cabritillo en la granja de La Datzira, en el Moianès.

La andorrana Núria Mangas da el biberón a un cabritillo en la granja de La Datzira, en el Moianès.

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VIOLETA PALAZON

Poco podía imaginarse Sue Coppard en 1971, cuando trabajaba como secretaria en Londres, que su idea de pasar los fines de semana en el campo con amigos acabaría convirtiéndose en un movimiento internacional con numerosos seguidores.

Cansada de la ciudad y echando de menos los buenos momentos que había vivido en la finca agrícola de sus primos, Sue Coppard comenzó a organizar salidas en los días festivos destinadas a amantes de la naturaleza que quisieran trabajar en granjas cercanas a Londres. Su proyecto empezó llamándose Working Weekends on Organic Farms. Y, desde entonces, ha ido perfilándose, gracias a internet, como una red social que se ha extendido por todos los continentes guiada por la máxima de la cooperación y la agricultura ecológica.

Ese pequeño impulso que tuvo Coppard cambió, en cierto sentido, el concepto de viaje y de alojamiento. El movimiento, que hoy se conoce como WWOOF (World Wide Oportunities on Organic Farms), consiste en un intercambio entre el propietario de una granja y el wwoofer -denominación del voluntario. El granjero ofrece al 'wwoofer' comida, alojamiento y aprendizaje. Y éste trabaja en la explotación agraria una serie de horas pactadas, que suelen ser de cinco a seis diarias. Entre ambas partes se crea un vínculo que va más allá del trabajo.

El perfil del 'wwoofer' es muy variado, tanto por lo que respecta a la edad, como a la procedencia, motivaciones e intereses personales. También lo es, el del granjero. De la relación entre ambos, surge un cóctel de experiencias donde cada uno aporta sus conocimientos y su manera de encarar la vida.

EN GIRONA, LA MAYORÍA

En Catalunya, un centenar de granjas están dentro del circuito. Repartidas por todo el territorio, es en Girona donde se concentran la mayoría de ellas. Todas las granjas tienen que cumplir una serie de requisitos, como por ejemplo que la producción sea ecológica y sostenible, tanto si cultivan solo un sencillo huerto como si poseen un gran número de animales.

Los 'woofers' pueden informarse en la web de la organización en España (www.wwoof.es) de las características de las granjas implicadas en la red. Por ejemplo, cuántas horas y días a la semana habrá que trabajar en ellas, si aceptan animales domésticos, si pueden ir familias con niños... Este enlace es el punto de encuentro entre los granjeros y los wwoofers, y el acuerdo entre las partes es libre, no hay ni contrato ni dinero de por medio.

Que el movimiento lleve 45 años años funcionando seguramente es un indicador de que las cosas, en general, se han hecho bien. Los propietarios de las fincas implicados en él saben perfectamente que no deben confundir la colaboración de los voluntarios, el 'wwoofering', con mano de obra gratuita, y estos entienden que la comida, el alojamiento y la experiencia son su salario.

Para muchos, este movimiento es un referente de una nueva manera de entender, por un lado, la cooperación en el ámbito de la agricultura ecológica y, por otro, se trata de un modo distinto de relacionarse a través de las redes sociales, que va más allá de la tecnología. Se mantiene sin campañas de márketing, solo con el boca a oreja. 

JOSÉ GONZÁLEZ Disfrutar de la libertad

José González, de Tarragona, lleva un año entero, de granja en granja, por toda Catalunya, incluso ha repetido en algunas. Le gusta ayudar a la gente y siempre viaja con su inseparable perro, Toby.  Nunca se separa de él, así que, antes de comprometerse con un granjero, este 'wwoofer' le pregunta si puede llevar a su perro, que lo admita es una condición imprescindible para aceptar la cooperación. En la fotografía, podemos verlo en Can Padró, en Castellar del Vallès. Es la segunda vez que visita esta granja y asegura que no será la última, porque sabe que Dani, el propietario, acaba de comenzar con este proyecto y porque, según cuenta, la libertad que tiene aquí le hace sentir bien.  Su jornada empieza a las siete de la mañana y dedica cinco horas del día, de lunes a viernes, a las labores cotidianas de la granja. Sus tareas son diversas, desde arreglar las vallas para que no se escapen las cabras hasta talar árboles muertos o desbrozar el terreno. Y, cuando llega el fin de semana, en lugar de salir, no se aleja mucho y aprovecha para vivir el ambiente de la casa con la tranquilidad del turista accidental que descubre el agreste entorno. 

MANON JALADE Reencontrarse a uno mismo

Se llama Manon Jalade y es originaria de Briançon (Francia). Tiene 22 años. Acaba de llegar de Andalucía donde ha vivido su primera experiencia en una granja que acoge 'wwofers'. Se apuntó impulsada por la recomendación de unos amigos muy partidarios del movimiento y de las curiosas experiencias que aporta. Can Padró, pues, es su segunda granja, y aquí, en Castellar del Vallès, pasará dos semanas. Luego regresará a su país para, desde allí, viajar hasta África, donde quiere permanecer durante unos meses. Para ella, este voluntariado significa una impagable experiencia. La que le aporta el trabajo en la naturaleza y conocer a otra gente, pero sobre todo afronta el woofering como una oportunidad de reencontrarse a sí misma, como un viaje interior en un ambiente totalmente natural, donde puede contemplar el paso del tiempo, seguir el ritmo de las horas del día y del propio cuerpo. Un aprendizaje, asegura ella, mucho más profundo que el simple hecho de desbrozar un pedazo de campo. Manon está aprendiendo también a viajar sola, a recorrer el mundo con su furgoneta y su inseparable panda de peluche, aunque, de momento, solo haya llegado a su país vecino.  

NÚRIA MANGAS Aprender de la naturaleza

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En la comarca del Moianès y a unos 20 minutos de Moià se halla La Datzira, una granja ecológica que lleva una familia desde hace 11 años, pero solo hace ocho meses que acoge 'wwofers'. Para Núria Mangas, andorrana de 21 años, no es ninguna novedad el voluntariado, es un estilo de vida que conoce hace tiempo, pero desde el otro lado, el de de quien acoge wwoofers en su casa.  Ser 'wwoofer', en su opinión, no es solo una manera de viajar o de conocer a gente, es mucho más, es sinónimo de un estilo de vivir, de una manera de hacer y de ser. Esta es la segunda vez que acude a La Datzira como voluntaria. Desde hace un año se mueve de granja en granja por Catalunya y tiene intención de seguir haciéndolo durante una buena temporada. El contacto con el campo, dice, la ha ayudado muchísimo y no quiere dejar de tenerlo, quiere aprenderlo todo de él. En La Datzira se ocupa básicamente de los cabritos, a los que alimenta con leche preparada cada mañana. También se ocupa de otras tareas que van surgiendo, como ayudar a la reconstrucción de una parte de la masía o en el huerto. Es feliz y sabe que aquí tiene su segunda familia. 

OLLY SELLWOOD Liberarse de lo superfluo

Olly Sellwood, australiano de 22 años, es el reflejo de la globalización del fenómeno wwoofer. Australia es un continente con una enorme oferta de granjas que acogen 'wwoofers' y, por lo tanto, él está muy informado de  esta forma de vida, aunque es la primera vez que practica el voluntariado y, además, muy lejos de su casa. Para él, es una opción idónea para conocer mundo, liberarse de las necesidades materiales superfluas y reecontrarse consigo mismo. Con la carrera de informática recién terminada, Olly Sellwood quiere aprovechar para viajar y recorrer países antes de establecerse laboralmente en un lugar fijo. En la granja de Can Padró, en Castellar del Vallès, ha encontrado un hogar. Se le puede ver allí, podando olivos, arreglando una valla rota o aprovechando la tarde libre en el taller de Dani para fabricarse unos malabares de madera, el único objeto que ha traído consigo desde su país dentro de la maleta. Olly llegó hablando solo inglés, y no ha tenido ningún problema para comunicarse con Dani, el granjero de Can Padró, otra muestra de que el intercambio es enriquecedor y de que va muchísimo más allá de la simple convivencia o del trabajo diario.