Necesitamos con urgencia que los antivacunas dejen de contagiar… ¡Y hay una fórmula!

Necesitamos con urgencia que los antivacunas dejen de contagiar… ¡Y hay una fórmula!
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La pandemia de Covid-19 cambió drásticamente nuestras vidas. Ahora, mientras los contagios crecen, la amenaza de nuevas restricciones arroja sombras sobre el futuro.

Afortunadamente en un tiempo récord fuimos capaces de desarrollar vacunas muy seguras y eficaces contra el SARS-CoV-2.

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La respuesta inicial de mucha gente ante semejante logro científico-técnico fue la desconfianza.

¡Son las vacunas más probadas de la historia!

Sorprendentemente, el falso mito de que las vacunas de RNA en general y las vacunas contra el SARS-CoV-2 en particular «no estaban suficientemente probadas» caló profundamente en ciertos sectores de la población que ¡no tenían ningún conocimiento sobre biología molecular!

A día de hoy, con más de 7.500 millones de dosis administradas y alrededor de 4.000 millones de personas con la pauta completa, las vacunas para la Covid-19 son las más probadas de la historia, demostrando con creces que son incluso más seguras y eficaces de lo inicialmente esperado.

A pesar de tan rigurosa evidencia científica, en muchos países desarrollados que tienen vacunas de sobra y recursos para administrarlas, ha surgido un grave problema de salud pública: los antivacunas.

Tras una campaña inicial de vacunación masiva, hemos llegado a un punto donde las cifras de inmunización se han estancado por la gran cantidad de gente que se niega a inmunizarse.

Desgraciadamente, las UCIs y los tanatorios no engañan

Aferrados a un proceso mental irracional, acientífico y sobre todo anumérico, ni siquiera les convence el hecho demoledor de que la gran mayoría de la gente que llega hoy en día a las UCIs por Covid-19, y la práctica totalidad de los que se mueren, están sin vacunar.

En los países de nuestro entorno hay entre 4 y 7 veces más vacunados que no vacunados, pero en sus UCIs hay alrededor de 9 no vacunados por cada vacunado, y entre los muertos por Covid-19 la proporción alcanza cifras de 20 a 1.

Pero claro… es muy posible que las creencias irracionales no se curen con datos, evidencias o pruebas.

Mark Twain lo explicó excelentemente: «Nunca discutas con un estúpido. Te hará descender hasta su bajo nivel intelectual. Una vez allí te vencerá por su mayor experiencia en argumentar sin lógica ni números».

Para juristas y políticos, los antivacunas plantean un importante dilema: ¿Cómo compatibilizar el derecho a no vacunarse de los negacionistas con el derecho a la vida del resto de las personas?

En estos momentos la gran mayoría de enfermos graves y de muertos por Covid-19 se producen por culpa de los no vacunados.

No todos somos igual de culpables

Distintos países han abordado este problema de maneras diferentes.

En un extremo está Austria. Allí, los ciudadanos no vacunados tienen que permanecer confinados en sus casas excepto para ir a trabajar, a comprar, o al médico.

En otros muchos países las limitaciones de los no vacunados son menores.

Sin embargo la tendencia de aplicar restricciones solamente a los no vacunados, que son la causa principal de las malas cifras de Covid-19 en nuestro entorno, parece imparable.

No tiene sentido que los antivacunas hayan conseguido que millones de personas vacunadas suframos restricciones que no sería necesario aplicar si todo el mundo estuviera vacunado.

La realidad es que en estos momentos hay una minoría de no vacunados que perjudica severamente a la mayoría de vacunados.

Y tampoco resulta baladí el grave perjuicio que los antivacunas causan en diversos sectores de la economía cuya recuperación sería mucho más rápida si ya se hubiesen vacunado.

Incluso tampoco faltan quienes desde enfoques religiosos, morales y éticos les recuerdan a los antivacunas un mandamiento esencial – “no matarás”- a la vista de los miles de casos en que los antivacunas impidieron que sus familiares se vacunasen, lo que finalmente tuvo fatales consecuencias.

Los científicos lo tienen muy claro

Cuando este problema se enfoca desde una base científica las cosas están mucho más claras.

Los países de nuestro entorno hemos apostado por la vacunación masiva como la principal estrategia para vencer al coronavirus, en un intento de minimizar tanto las restricciones personales como el impacto económico de la pandemia.

Pero para que esta estrategia tenga éxito hay que vacunar a prácticamente toda la población. Y en los países desarrollados, donde ya podría haberse conseguido, todavía falta mucho para ello. Y eso que la única limitación son los antivacunas, que siguen negándose a inmunizarse.

A la vista de la actual situación de vacunación, el Dr. Hans Kluge, Director Regional de la OMS en Europa, advirtió de que durante este invierno la Covid-19 podría llegar a matar a medio millón de europeos. Es el coste de los antivacunas.

En estos momentos ya vamos camino de ello y Europa se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia.

¿Puede haber una situación más absurda?

Tenemos el remedio, pero millones de irresponsables, insolidarios y necios se niegan a usarlo.

Claro que ninguno de ellos firma su alta voluntaria ni se niega a ingresar en el hospital cuando se contagia de Covid-19. Y el resultado es que los hospitales se saturan de enfermos que si se hubiesen vacunado no estarían allí.

Consecuencias que van mucho más allá de la Covid-19

Esto hace que una gran cantidad de pacientes con otras enfermedades no puedan ser atendidos.

Aún es pronto para medir con exactitud este problema, pero las primeras estadísticas resultan dramáticas: apuntan a que el retraso en el diagnóstico precoz del cáncer, las enfermedades cardiovasculares, o la diabetes, tendrá un coste de varias decenas de miles de muertos.

Miles de personas están muriendo precozmente por no poder recibir a tiempo la atención médica adecuada como consecuencia de la saturación hospitalaria que producen estos anti-vacunas.

Que se haya llegado a ese extremo evidencia un grave fracaso de nuestra sociedad.

Podríamos preguntarnos quién va a exigir a los antivacunas su responsabilidad por semejante catástrofe tan fácilmente evitable.

Pero primeramente resulta más interesante intentar entender todo este asunto de los antivacunas.

Evidentemente todos los seres humanos tenemos una inteligencia extremadamente limitada y en numerosas cuestiones nos comportamos de manera estúpida.

Incluso los más grandes genios de la humanidad han tomado decisiones estúpidas.

Un buen ejemplo de ello sería el gran matemático Kurt Gödel, seguramente el mejor experto en lógica de la historia de la humanidad.

En su azarosa vida Gödel sufrió una obstinada persecución por los nazis, que intentaban matarlo.

Obsesionado con ser envenenado nunca comía a menos que Adele, su esposa, cocinase su comida.

Pero Adele enfermó y estuvo hospitalizada durante seis meses. Durante su ausencia, Gödel se negó a comer y terminó muriendo de hambre. En el momento de su muerte pesaba unos 30 kilos.

¿Podrían las matemáticas ayudarnos a entender el fenómeno de los antivacunas?

Muchos gestores de la pandemia pensaron que podría conseguirse una inmunidad de grupo con solo el 70% de inmunizados.

En algunas enfermedades donde los patógenos se transmiten con mucha menos eficacia que el SARS-CoV-2 es así.

Por eso se pensó en el principio que si se vacunaba alrededor de un 60%-65% de la población y pasaban la enfermedad entre un 5 y un 10% se lograría la inmunidad de grupo. Con una tasa esperada de no vacunados de alrededor del 30-35% no habría problema.

Pero con un patógeno tan fácilmente transmisible como el SARS-CoV-2 la inmunidad de grupo probablemente no se logre hasta alcanzar al menos un 90-95% de inmunizados. Y con esa cifra, tener un 30-35% de no vacunados es un desastre.

Urge, por tanto, conseguir que quienes no se han vacunado lo hagan. Pero… ¿Cómo hacerlo?

¿La reputación de los antivacunas puede salvarnos?

La teoría de juegos se ha convertido en una de las mejores herramientas científicas de las que disponemos para comprender cómo los seres humanos tomamos nuestras decisiones.

En la teoría de juegos el grado de acierto de mi decisión depende de lo que decidan los otros.

Para entenderlo pondremos un ejemplo con dos casos extremos (algo frecuente en demostraciones matemáticas). Supongamos que me da miedo vacunarme (o que simplemente trato el asunto con tanta desidia que aplazo sine die el hacerlo):

  • Si todo el mundo (excepto yo) se vacuna, entonces habrá pocos coronavirus circulantes y el riesgo que corro por no vacunarme es pequeño.

  • En el otro extremo, si nadie se vacuna, habrá muchísimos coronavirus circulando, hospitales y UCIs colapsados, etc., y el riesgo que corro no vacunándome es enorme.

Una misma decisión tiene distintas consecuencias en función de las decisiones que tomen otras personas.

Durante los últimos años una serie de trabajos en teoría de juegos han demostrado un par de hechos sorprendentes:

El primero de ellos es que los seres humanos somos muy malos calculando los riesgos. A menudo nos ponernos en un gran peligro asumiendo falacias. Y aunque perdamos repetidamente e incluso suframos graves consecuencias, no cambiamos nuestra errónea actitud.

El segundo es que a la gran mayoría de la gente le importa muchísimo su reputación. Y a menudo mientras menos formación tengan más les preocupa la reputación. De hecho, una serie de trabajos reciente sugieren que la reputación podría ser el principal cemento que cohesiona a las sociedades humanas.

Es casi seguro que nunca conseguiremos convencer a un antivacunas para que se inmunice mediante argumentos científicos rigurosos, por más que su actitud tenga grave riesgo para la salud.

Pero sí que podremos convencerlo para que se vacune si conseguimos poner en entredicho su reputación social.

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De hecho, los países con mayor tasa de vacunación (Emiratos Árabes, Israel, o Uruguay) son muy diferentes entre sí a nivel cultural. Pero en todos ellos se realizó una campaña contra la reputación de quienes se negaban a vacunarse.

Puede que la clave para vencer al SARS-CoV-2 esté en algo tan insospechado como la reputación.