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Los ángeles de Bernardo, el marinero de Viladecans

Beatriz, Bernardo, Nadia y Sakina, este miércoles en el salón del pequeño piso de Bernardo en el barrio de La Montserratina, en Viladecans.

Beatriz, Bernardo, Nadia y Sakina, este miércoles en el salón del pequeño piso de Bernardo en el barrio de La Montserratina, en Viladecans. / JORDI OTIX

  • Nadia, Andrea, Sakina y Beatriz trabajan de ‘picaportas’ en el barrio de La Montserratina, el suyo, en Viladecans

  • Su misión es tan sencilla y complicada a la vez como visitar a sus vecinos y preguntarles en qué les pueden ayudar

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Cuando Andrea, Nadia y Sakina llamaron por primera vez a su puerta, Beatriz no las tenía todas consigo. Pero sus hoy amigas y compañeras -entonces unas desconocidas, pese a vivir en el mismo pueblo- están acostumbradas a esa primera reacción y no desistieron. Le fueron hablando dulces, respetuosas, como siempre, desde el otro lado de la puerta, en el descansillo y Beatriz las iba escuchando, cada vez con más interés.

Le preguntaban cosas como si pagaba mucho de luz o si disponía de bono social por ser familia monomarental. Sí, pagaba una factura desorbitada y no, ni tenía el bono social ni sabía que tenía derecho a él. “Me mandaron al 'casal', a hablar con Celso para que mirara bien mi factura y no solo salí con el problema de la luz resuelto, sino que salí con una oferta de trabajo”, explica Beatriz, hoy orgulloso miembro del equipo de ‘picaportas’ -junto a sus queridas Andrea, Nadia y Sakina- de La Montserratina, en Viladecans.

"Lo que más me ha impactado es la soledad de muchas personas mayores, pese a tener hijos"

Beatriz Galea tiene 47 años y levanta sola a sus dos hijos desde que enviudó, cuando estas tenían solo cuatro años y 10 meses. “Convertirme en ‘picaporta’ me cambió la vida. Para mí estas tres chicas han sido mis angelitos”, subraya esta agradecida vecina, quien después de pasarlo “muy, muy mal”, sintió la necesidad de ayudar a otras personas.

El poder de la gente común

“Hace poco me encontré a una chica monomarental, sola con una hija, y le hablé desde mi experiencia. Empleo mucho mi día a día en mi trabajo”, relata la hoy trabajadora del proyecto A-porta, impulsado por la CONFAVC.

A-porta es un proyecto social de "empoderamiento vecinal" en el que referentes vecinales, los llamados ‘picaportas’ de barrios con importantes necesidades sociales son contratados y formados para visitar uno a uno a sus vecinos y darles apoyo, calor, consejos y recursos sobre cómo acceder a derechos básicos.

Beatriz y Bernardo, este miércoles en casa del primero, en Viladecans.

/ Jordi Otix

Beatriz tiene la doble visión: como vecina receptora y como ‘picaporta’, su nuevo papel. “Este trabajo me ha permitido conocer a personas como Bernardo, que me tiene encantadísima. Una persona súper humilde, que no pide nada. Con este trabajo te das cuenta de las necesidades que tiene la gente y de que muchas veces las personas no saben que pueden pedir ayuda, no saben ni que existen muchas ayudas; en realidad lo que hacemos es presentarles recursos que ya existen”, resume esta renacida ‘picaporta’. Todo el mundo las conoce ya en La Montserratina, este barrio popular de Viladecans. “Confían en nosotras y nos dejan sus papeles”, continúa. “Ahora mismo, después de la entrevista, le llevo a tomarnos un café, y contento él y yo más”, señala la mujer mientras coge del brazo al hombre. 

Acercar derechos

Bernardo Madrid Guillen tiene 78 años. Nació en Almería y emigró a Barcelona muy joven, con 18 años. Allí fue donde este marinero embarcó por primera vez. “Trabajé en barcos españoles y también suizos, no me ha gustado atarme nunca”, se presenta este hombre menudo, educado, generoso y amable, quien vive en un quinto sin ascensor en el barrio de La Montserratina desde hace 28 años. Lo primero que hicieron las ‘picaportas’ por él fue cambiarle el médico de cabecera. Lo tenía en un CAP lejano y lo cambiaron al más cercano. También le han gestionado una ayuda económica y de alimentos. 

“La confianza y el vínculo que generan las 'picaportas' es imposible que la genere ningún técnico. La horizontalidad que da que sean vecinos, iguales, es la clave del proyecto”, señala Celso Pérez, coordinador del premiado proyecto.

Nadia, Sakina y Beatriz saliendo de casa de Bernardo, en Viladecans.

/ JORDI OTIX

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Además de detectar (y luchar contra) la pobreza energética y la soledad no deseada en personas mayores, proyectos como el A-porta permiten a los ayuntamientos contratantes del servicio detectar barreras arquitectónicas. "La fotografía que ofrecemos, entrando en las casas y hablando de forma relajada con todos los vecinos, es brutal. Sería imposible de otra manera una fotografía tan precisa y fiel", apunta Pérez, quien también destaca la importancia de que en cada barrio haya 'picaportas' que compartan origen, lengua y cultura con las comunidades mayoritarias en cada territorio. En el caso de La Montserratina, Nadia y Sakina tienen una entrada mucho más fácil en los hogares de la comunidad marroquí.

Como Beatriz, para Sakina El Khomcioulad convertirse en 'picaporta' ya sido una oportunidad. Todas son madres con hijos en edad escolar que buscaban un trabajo que pudieran combinar con la crianza. "Lo que más me ha impactado es descubrir la soledad de mucha gente mayor que, pese a tener hijos, está muy sola", apunta la mujer. Nadia Harbichi coincide con Sakina: "cuando entras en las casas te das cuenta de lo que hay", concluye la empoderada mujer, vecina de Viladecans desde el 2002.