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Lennon y Sánchez, los medallistas de la Unidad Canina

Un labrador retriever, por su nariz portentosa, y su compañero, un agente con 21 años de trayectoria, reciben simultáneamente el reconocimiento de la Policía Nacional

Miguel Sánchez Arévalo, con el escudo de su unidad en la manga de la camisa, y Lennon, con su merecida medalla.

Miguel Sánchez Arévalo, con el escudo de su unidad en la manga de la camisa, y Lennon, con su merecida medalla. / Jordi Cotrina

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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La pareja de este Lennon tiene un nombre muy poco japonés. Nada de Yoko Ono. Es Miguel Sánchez Arévalo, agente del Cuerpo Nacional de Policía. A ambos, a Sánchez, por sus 21 años en la unidad de guías caninos, y a Lennon, un labrador retriever con una nariz ‘cyraniana’ para la búsqueda de drogas y, billetes, les acaban de condecorar por sus respectivas trayectorias profesionales. No suele suceder que agente y can suban al estrado a recoger una medalla. Ha ocurrido esta vez y por eso apetece reseñar algunos datos sobre los homenajeados, Sánchez, porque suma ya una decena de perros con los que no solo ha trabajado, sino que se los ha llevado de vacaciones, los ha jubilado en su casa y con gran dolor los ha visto morir en algunos casos, y Lennon, porque se trata de un ejemplar no criado para ser policía, sino que es un animal que sufrió un cruel abandono y pasó un año en un centro de acogida antes de conocer a Sánchez.

Antes de proseguir con el repaso de sus trayectorias merece la pena hacer un alto para rememorar ‘The French Connection’, peliculón de los años 70, estrenado en España con el título de ‘Contra el imperio de la droga’, aunque al final nadie la llamó así. El argumento tiene varios momentos climácicos. El más célebre es la persecución, pero todo buen amante del género recordará como Gene Hackman, en el papel del inolvidable inspector ‘Popeye’, decide que no hay rendirse en la búsqueda de un cargamento de droga oculta en un Lincoln Continental confiscado a la banda criminal. La droga no aparece pese a que el vehículo ha sido casi completamente desmontado. Entonces, en un golpe de perspicacia, Hackman pregunta cuánto pesaba el coche al entrar en el depósito. Eran 120 libras más del peso del coche según el catálogo de venta, aproximadamente unos 54 kilos. Esa es la cantidad de heroína que finalmente aparece en el interior del chasis. Ese truco aún se usa.

Miguel Sánchez y, como siempre en busca de la pelota, Lennon.

Jordi Cotrina

Aquello eran los años 70. Había ya perros policía, casi todos pastores alemanes, por cierto, no como hoy, en que la variedad de razas hace que la unidad canina parezca la Cantina de Mos Eisley, donde un día se conocieron Luke Skywalker y Han Solo. Tal vez el conocimiento sobre cómo entrenar a un perro en la detección de cualquier cosa (papel moneda, tinta de impresión del Banco de España, toda la variedad de compuestos de un explosivo, cocaína, éxtasis…) era entonces menos sofisticado que ahora, pero con Lennon aquella escena habría sido indudablemente más corta. La plusmarca de este labrador extremadamente juguetón fue la localización de 352 kilos de cocaína. Estaba tan escondida que llegaron a dudar de él. Por hallazgos así, este perro que un día fue abandonado a su suerte en los alrededores de Sabadell, y que famélico y triste llegó a una protectora de animales , se merece la medalla que le han concedido.

Fue el propio Sánchez quien fue a buscarle. Le dijeron que tenía aptitudes. ¿Cuáles? Las que se exigen a cualquier perro que aspire a ser policía, es decir, que le vaya el rocanrol, que le guste jugar, que sea incansable si de recoger la pelota se trata, porque el siguiente divertimento será localizar alguna sustancia escondida. Los perros, en realidad, no saben a qué se dedican. Solo juegan. El nombre, Lennon, se lo puso Sánchez, una debilidad musical, nada que ver con la afición del guitarrista y vocalista de The Beatles por las sustancias fuera de la ley. ‘Lucy in the Sky with de Diamonds’, ya que estamos, lleva su firma, y tiene su qué que la droga a la que se supone que alude sea la kriptonita de los perros policía, por decirlo de algún modo sin revelar muchos secretos.

Lo dicho antes. Ser agente de la canina puede parecer el sueño de muchos niños, siempre, por supuesto, que uno esté dispuesto a compartir su vida con ellos. En 21 años de trayectoria dentro de esa unidad, Sánchez ha tenido una decena de canes. El primero fue Britt, un pastor alemán. La cuestión es que son compañeros de trabajo, de fines de semana y de vacaciones, pero, claro, el reloj biológico del ‘Canis familiaris’, esa especie que antaño fue un lobo, es el que es. Los pequeñines viven algo más que los grandullones, pero toca verles morir. Esa es la parte más dura, reconoce Sánchez.

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Jordi Cotrina

Antes goza la mayor parte de ellos, por fortuna de una tranquila jubilación. Cuando dan síntomas de cansancio, se les busca una familia de acogida, pero Sánchez prefiere que se retiren en su hogar. A falta de unas obras que mirar, los perros expolicía siempre conservan una parte de ese instinto que les hizo insustituibles profesionales de la unidad antidroga. Van por un parque y, zas, dan un tirón de la correa porque su portentosa nariz les dice que en el bolsillo de alguien que pasea hay algo sospechoso. Ocurre a menudo. Es más difícil de resolver el enredo si el perro ha terminado en una familia de acogida, pero si se trata de un labrador retriever, como este, es fácil salir del paso. Son juguetones y cariñosos. Esta raza fue, ya que estamos en ello, la primera que salió en portada de la revista ‘Life’. Fue en 1938. ‘Blind’, se llamaba el ejemplar. ‘Lennon’ es su viva imagen.  Aquel era un perdiguero. Este, un perro con mención honorífica del Cuerpo Nacional de Policía. Y Sánchez, su compañero, cruz al mérito policial con distintivo blanco.