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He aquí una verdad incontestable. Si el 'Homo sapiens' no hubiera hollado la Tierra, no habría perros en este planeta.

Como el fuego hace un millón de años y la rueda hace solo 7.000, el ‘Canis familiaris’ es un invento humano. Fue hace 15, 20 o 30 milenios, no hay consenso en la fecha, pero así sucedió. Entrevistamos (es un decir) a 16 descendientes de aquellos perros que despuntan en lo que, dicho con todos los honores, es el oficio más antiguo del mundo cánido, guardianes y rastreadores entonces, policías y bomberos hoy en día, y, ya puestos, ahondamos en las siempre sorprendentes historias perrunas.


Tiene 5 años, es bombera y es una listísima perra de venteo, es decir, no sigue rastros, sino que chequea zonas en busca de presencia humana. Nacida en Galicia, es la última raza que sería imaginable en un rescate tras un alud en la montaña, pero para esas misiones la entrena Jordi Riera, responsable de la unidad canina de los Bombers de la Generalitat.



    Tenía 3 años y medio y estaba a cargo de una protectora de animales cuando los Mossos d’Esquadra se fijaron en él. Su carácter parecía incorregible. Fue un acierto confiar en sus aptitudes. Pasados seis años, es un as en la búsqueda de personas. A veces, cuando ya nada se puede hacer. Suyo fue el hallazgo del cuerpo sin vida de un bebé en el Besòs, pero 45 días después era capaz de encontrar a un anciano perdido por los bosques de Olot.



      Fue en la corte de Carlos Augusto de Sajonia, recordada por su aprecio de las artes y la cultura, que surgió esta raza elegante como pocas (Grace Kelly no dudó en elegir un ejemplar como animal de compañía), pero que su presencia no confunda, es un eficaz cazador, de montería, antaño, de drogas y dinero, como Toby, hoy en día.



        La Unidad Canina de la Guardia Urbana será este 2021 una estupenda cuarentona, pues se creó en 1981, y a Firu podrían pedirle que soplara la velas. Es el can perfecto para las visitas escolares, ya que es tan sociable como a la par fuerte, pero es mucho más que un gran relaciones públicas. Con apenas un año y medio, descubrió 200.000 euros ocultos en un camión.


        LOBOS CON PIEL DE PERRO

        Francis Galton (1822-1911), además de primo de Charles Darwin, fue un gran todólogo en su época, con opinión y teorías para todo tipo de cuestiones, incluso para lo que viene al caso, sobre cómo fue ese prehistórico momento en que el lobo fue domesticado. Sostenía que fue un acto de captura y sometimiento, una idea hoy trasnochadamente decimonónica, nada extraña proviniendo de él, tozudo eugenista que consideraba a todo buen inglés el Everest de la evolución. En verdad, la razón por la que algunos lobos renunciaron a la vida en la manada e iniciaron una imperecedera amistad con los humanos parece que fue lo que ahora está de moda decir, porque queda muy moderno, un ‘win-win’. Ambas partes ganaron. Los humanos les proporcionaban alimento, el calor del fuego y, probablemente, carantoñas, y ellos, los lobos domésticos, defendían el asentamiento y, con sus olfatos fuera de serie, alertaban de cualquier peligro. Ni si quiera la amistad entre Rick Blaine y el capitán Louis Renault fue tan grande.

        PERROS CON UNIFORME DE POLICÍA

        Han pasado miles de años. Luego volveremos a la prehistoria. Los cuerpos policiales y los de emergencias de aquí, de allá y de acullá raramente no disponen de una unidad canina. ¿Por qué? A lo largo de cómo mínimo más de 15.000 años, los humanos han moldeado a los lobos en más de 300 razas distintas de perros y en miles de combinaciones posibles de chucho, pero genéticamente son el mismo animal un chihuahua que un mastín, en su ácido desoxirribonucleico, un animal a un minúsculo paso del lobo. No obstante, las aptitudes no son las mismas. Hay perros, no siempre los que uno podría suponer, con un don excepcional. Su olfato y su inteligencia son un cóctel insuperable. El examen de ingreso a uno de esos cuerpos, si es que así se le puede llamar a las pruebas que tienen que superar, es más exigente que el de acceso al club Mensa. Los perros policía no trabajan. Juegan. Obsesivamente, pero juegan. La búsqueda de personas, droga, explosivos, papel moneda o armas no es más que una sofisticación de la rutina de lanzar la pelota y que la vayan a buscar. Sin embargo, apenas el 5% de los candidatos supera el examen. A los que no pasan el test les llaman, cariñosamente, peloteros. Serán buenos animales de compañía, pero jamás agentes.

        La doberman Sura con el bombero de la Generalitat Jordi.

        La doberman Sura con el bombero de la Generalitat Jordi.

        El border collie Miki con el mosso Marc.

        El border collie Miki con el mosso Marc.

        El braco de Weimar Toby con el policía nacional Luis.

        El braco de Weimar Toby con el policía nacional Luis.

        El pastor alemán Firu con el guardia urbano Jordi.

        El pastor alemán Firu con el guardia urbano Jordi.


          Tiene 8 años y bajo ese aspecto de rastafari hay un impecable localizador de explosivos. La suya es una especialidad en apariencia ingrata. Raramente, por fortuna, encuentran un explosivo. Sus éxitos, que son muchos, se miden en realidad por todas aquellas ocasiones en que descartan situaciones de peligro.



            A la unidad canina de los Mossos d’Esquadra no se llega siempre tras una cría selectiva y una formación académica de escuela de élite. Foster es fruto de una donación. Pronto apuntó maneras. Lo suyo es seguir el rastro del dinero. Es lo que más duele al otro lado de la ley. Más que perder un alijo, el dinero. Recientemente encontró 99.000 euros en el doble fondo de un maletín.



              Tal vez será cosa del nombre, pero este perro de 9 años de edad y paciente buscador de sustancias estupefacientes tenía un carácter que ni calcado al de George Gordon Byron, el poeta maldito del romanticismo, así que pasó en tiempo adoptado por una familia para que fuera algo más sociable. Fue una estancia fructífera. Se habría perdido, si no, un eficaz agente. Un día se sentó como si nada al lado de una maleta. Había 4,5 kilos de cocaína en su interior.



                Están, por una parte, los perros con muy buen olfato y, en una cuarta dimensión, los blood hound, el sabueso por excelencia. Inde era aún una cría del P-3 perruno cuando localizó en Llançà a un hombre que ningún otro can con muchos más kilómetros de rastreo era capaz de encontrar. De repente, Ernest Capdevila, su dueño, se vio a sí mismo manejando un Ferrari.


                MÁS HUMANOS QUE LOBOS

                De los perros se subraya a menudo cuánto han hecho por acomodarse a los hábitos humanos. Aceptar el almidón como parte de su dieta, por ejemplo, lo cual tiene mérito porque sus ancestros eran estrictamente carnívoros. De hecho, es el único carnívoro domesticado por el hombre (considerar el gato un animal domesticado sería un largo e interesante debate para otra ocasión), y lo fue mucho antes de que aceptaran esa condición de animal de granja las gallinas, los caballos o las vacas. Hay teorías que sostienen que incluso sus facciones son fruto de su cambio de dieta. Las orejas caídas, inimaginables en un lobo, son consecuencia de una atrofia de la musculatura que gestiona la mandíbula. Eso dicen.

                Comen prácticamente como humanos y, en parte por ello, son susceptibles de padecer unas 400 enfermedades propias de los humanos. Alzhéimer, problemas cardiovasculares, cáncer, enfermedades autoinmunes, degeneraciones neurológicas…

                Pero la más interesante conclusión de esos miles de años de convivencia y un cierto mimetismo es que los perros son más humanos que lobos. A esa inquietante afirmación final llegó un trabajo de campo realizado por los psicólogos Friederike Range y Zsófia Virány, ambos de la Universidad de Mecidina Veterinaria de Viena. Por no aburrir con la metodología, o sea, contado sucintamente, el experimento consistió en tomar por separado crías de lobo y de perro y explorar sus hábitos de socialización en grupo. Llegado el momento, el equivalente de macho alfa de los lobos garantizaba desde su posición de dominio que hasta el más débil del grupo tuviera su ración de comida. El mismo experimento con perros fue el reverso de la moneda. El más fuerte se comportó como un inmisericorde acaparador de riqueza. Hasta en eso se nos parecen. Capitalismo perruno.

                LA PAELLA, EXPLICADA POR UN PERRO

                Ernest Capdevila, bombero de la Generalitat, es el compañero de trabajo de uno de los perros que ha posado para este reportaje, Inde. No es su dueño, porque a él le gusta definir su labor con los canes como un trabajo de “liderazgo horizontal”. Merece un apartado especial en este relato porque Capdevila es una suerte de Mozart de las unidades caninas. Los perros nacen ciegos, explica. Bien, no exactamente. No abren los ojos hasta al cabo de varios días. Es su olfato el que les orienta hasta las tetillas de la madre. Si no nacieran con ese don, morirían de hambre. El cerebro de los perros, dice, es un ‘software’ programado para interpretar los olores del mundo. Para un perro el olfato es tan importante como para el hombre la visión o para un murciélago la ecolocalización.

                Lo mejor de Capdevila, no obstante, es con cuánta pasión lo cuenta, porque, además, hay que ser muy entusiasta de este oficio para tener como colega a un ‘blood hound’, el sabueso por excelencia, una anomalía incluso entre las razas de perros, una nariz sin igual. Es el perro que persigue a Paul Newman en 'La leyenda del indomable' y que, en una de esas licencias que se permite Hollywood, termina por perder el rastro del fugitivo.

                Jordi Riera, responsable de los Bombers de la Generalitat y por lo tanto el superior jerárquico de Capdevila, atesora una estupenda forma de contar lo que es el olfato de un buen perro de rescate o de un cuerpo policial. Es la siguiente. Una persona entra en casa. En la cocina, alguien prepara una paella. Desde la puerta, quien acaba de entrar se relame. Hoy hay arroz. Eso es una nariz vulgar. Si un perro entra en la misma casa es capaz de identificar que el arroz es del delta del Ebro, las gambas, de Palamós, el azafrán es de la mejor variedad, manchego, el caldo huele a cabeza de rape y pescado de roca y la cebolla del sofrito es de Figueres.

                El perro de aguas Taru con la policía nacional Akira.

                El perro de aguas Taru con la policía nacional Akira.

                El pastor belga malinois Foster con el mosso Francesc.

                El pastor belga malinois Foster con el mosso Francesc.

                El pastor belga tervuerense Byron con el guardia civil Brito.

                El pastor belga tervuerense Byron con el guardia civil Brito.

                El blood hound Inde con el bombero Ernest.

                El blood hound Inde con el bombero Ernest.


                  He aquí un dignísimo descendiente de una estirpe de cazadores de halcones. Eso se dice que eran los bracos de pelo duro. Quién lo diría viendo a Terry en acción. Un día entró en la Estació del Nord, habitual lugar de paso de mucho ‘pájaro’. Se sentó junto a una maleta, casi con una mueca de indiferencia. Dentro había tres kilos de marihuana envasados al vacío. Así es Terry.



                  Es el ‘perpetuum mobile’ de los perros. Podría traer mil veces el palo si mil veces se lo lanzaran. Trau, hijo de un par de perros pastores, especialidad ganadera en la que esta raza apenas tiene rival, es de una belleza inusual porque es una suerte de negativo fotográfico de lo más común entre los border collie, casi siempre negros con una mancha blanca.



                    He aquí un protagonista habitual de las escenas de caza de la grandes pinacotecas europeas del siglo XVII y, lo que son las cosas, llegado el siglo XXI, pesadilla de Sito Miñanco, pues fue en la casa de Algeciras de este hasta serializado narcotraficante español donde Taca descubrió dinero oculto fruto de actividades ilícitas. Es un gran agente. También un pillo. Le gusta tanto que le rasquen la barriga que logró que lo hicera el mismísimo ministro del Interior durante una visita oficial.



                      Tiene solo 10 meses y es hija de Ice, perro con una envidiable trayectoria en la búsqueda de explosivos. Tiene que pasar aún las pruebas de aptitud, pero, vamos, la genética apunta que está capacitada para superar el examen a pesar de ser un golden retriever, o sea, una de las más santurronas razas de perros, amable con propios y extraños, pésimo, pues, guardián de la casa, pero en la Guardia Civil se espera de ella que acepte el reto de jugar con su fina nariz.


                      CAZADORES DE MOLÉCULAS

                      Hay que insistir en ello. Los perros de las unidades caninas son grandes ‘gamers’, traducido para quienes estén poco familiarizados con la afición a los videojuegos, tipos que han hecho de su pasión por el juego un oficio. Es falsa esa leyenda de que los perros especializados en la búsqueda de drogas lo hacen porque son adictos a tal o cual sustancia. ¿Qué serían, entonces, los perros capaces de descubrir fajos de billetes escondidos tras un zócalo? ¿Lobos como Leonardo di Caprio en Wall Street, adictos a la riqueza?

                      Periódicamente llegan a las unidades caninas de los distintos cuerpos policiales sacos procedentes de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Es material de entreno. Están llenos de virutas de billetes retirados de la circulación por su mal estado. La nariz perruna es capaz de distinguir porciones minúsculas de las moléculas de la tinta empleada para imprimir los billetes y también del propio papel. Su eficacia en el trabajo de campo es del 99%. Ese 1% de margen de error corresponde a esas poquísimas ocasiones en que un perro especialista en los delitos fiscales ha podido confundir papel notarial con billetes de banco. Se elaboran con el mismo material.

                      Los perros, en su mundo sensorial, son buscadores de moléculas. De tinta, de explosivos, humanas (perdemos alrededor de 40.000 células cada minuto, un rastro que ya quisiera Teseo) y, por supuesto, de drogas, aunque, todo hay que decirlo, entre esa miríada de sustancias con las que los ‘sapiens’ tienen por vicio alterar su percepción, hay una indetectable para hasta para los mejores ‘Canis familiaris’. Por pudor periodístico y por petición expresa de la fuente informante, a esa droga la llamaremos simplemente ‘la sustancia desconocida’.

                      UN PERRO QUE RECAUDA IMPUESTOS

                      ¿Se han fijado bien en los retratos que con proverbial paciencia ha realizado Jordi Cotrina? Es difícil no reparar en el detalle de la extensa variedad de razas. Hace 20, 30 o más años, este hubiera sido un trabajo de estudio realmente monótono.

                      Ahora, reparen en uno de ellos. En Sura. Es una dóberman. Tiene 5 años y una presencia casi escultórica. Su caso es perfecto para tirar del hilo de esta última historia perruna. Fue la sesión fotográfica más plácida de todas, lo último que cabría esperar de una raza como esta, tenida por temible, de cuyo diseño se conoce incluso el autor. Es una creación de Karl Friedrich Louis Dobermann, nacido en Turingia, que tras la guerra francoprusiana de finales del siglo XIX tuvo que regresar a su entonces peligroso oficio, recaudador de impuestos, en una región boscosa donde los asaltantes de caminos caían como piñas sobre sus víctimas. En sus inicios, el dóberman fue un intimidante recaudador de impuestos y una desdibujada imagen de aquellos inicios le ha acompañado desde entonces. Injustamente.

                      Los perros, ese invento que después del fuego y antes de la rueda alumbraron los humanos hace 15.000 o más años, han sido desde entonces pacientemente moldeados, sobre todo durante los últimos 150 años, física y, también, mediáticamente. El dóberman ha sido víctima del papel de malvado que el cine le ha reservado en la gran pantalla (‘Los niños de Brasil’, por ejemplo) igual que le ocurrió en su día al tiburón blanco de la mano de Steven Spielberg. De cómo el cine y la televisión han influido en la cría de las distintas razas de perros y en la imagen que de ellos se proyecta, se han escrito incluso interesantísimas tesis doctorales que son casi admoniciones de que no todo vale en este campo. Los perros, que no se olvide, fueron un día lobos, de una especie de lobo hoy extinta, pero lobos al fin y al cabo.

                      El braco alemán de pelo duro Terry con el guardia urbano Jordi.

                      El braco alemán de pelo duro Terry con el guardia urbano Jordi.

                      El border collie Trau con el bombero de la Generalitat Jordi.

                      El border collie Trau con el bombero de la Generalitat Jordi.

                      La springel spaniel Taca con la policía nacional Akira.

                      La springel spaniel Taca con la policía nacional Akira.

                      La golden retriever Sally con el guardia civil Castro.

                      La golden retriever Sally con el guardia civil Castro.


                        Cuando el capitán de caballería Maximilian von Stephanitz logró el perfecto cruce que dio pie al primer pastor alemán de la historia (Horand von Grafath, le llamó) creó, lo que son las cosas, un perro perfecto para defender a los rebaños del ataque de los lobos, sus antepasados. Von Stephanitz creó, además, un animal listísimo. Hera lo es. Pasó el examen de ingreso a la primera y con nota.



                        Es un gen recesivo el que hace de Yeny y de los de su estirpe una rama muy escasa pero realmente hermosa de los pastores alemanes, tan como el azabache. Tiene 5 años y su especialidad son los explosivos. De ella dice su compañero de trabajo, el agente Jimy, que es extremadamente lista.



                        Llegó a la unidad canina de los Mossos d’Esquadra embarazada y anémica. Fue una donación. Parecía un caso perdido. Requirió hospitalización. Es una superviviente. También una notable buscadora de explosivos. Fue durante una detención en un piso de yihadistas en Terrassa que Mika, cuando todo el mundo ya daba por terminada la operación, encontró una granada escondida en el doble fondo de una pared.