ENTREVISTA

Salvador Rueda: "Las grandes transformaciones de Barcelona se han decidido lejos de la ciudad"

El 'padre' intelectual de las supermanzanas en la capital catalana lamenta la falta de acuerdo en cuestiones estratégicas

Salvador Rueda, en su casa del Eixample

Salvador Rueda, en su casa del Eixample / Álvaro Monge

  • El exdirector de la Agencia de Ecología Urbana considera que Barcelona "sería imbatible" con un ayuntamiento que se pusiera de acuerdo en decisiones claves

  • Defiende que su plan de 500 supermanzanas es factible porque solo elimina el 15% de los coches y requiere de una inversión asumible de 300 millones

  • Defiende el plan de ejes verdes pero pide más ambición, y sobre el urbanismo táctico, cree que la elección de los colores no fue la correcta

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

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Salvador Rueda lleva 35 años intentando convencer a los que mandan de que las ciudades deben dar un vuelco. Creó y dirigió durante dos décadas la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona. Ahora, ya jubilado, y al frente de la Fundación Ecología Urbana y Territorial, sigue defendiendo que el futuro pasa por las supermanzanas.

-Todo empezó con el ruido. Cuéntenos.

-Era un problema crítico para la ciudad, una caja de truenos que tenía muy mala solución y que exigía tocar el tráfico. En aquellos tiempos, a mediados de los años 80, el coche lo era todo. Todavía hoy sigue mandando, pero entonces no había discusión alguna porque era símbolo de crecimiento económico, de progreso.

-Ruido y ciudad parecen conceptos difíciles de separar.

- Tiene un principio de todo o nada. Si pasan coches, los niveles están siempre por encima del nivel admitido. Eso es lo que hace que tengas que buscar soluciones que permitan eliminar ruido de un determinado espacio. Y eso implica liberar circulación, es decir, especializar unas calles para la circulación y dejar otras para la comunicación.

Partido de fútbol en la supermanzana del Poblenou, pocos días después de su estreno en septiembre del 2016

/ Joan Puig

-¿Tan mal estábamos?

­­-El 50% de la ciudad estaba fuera de límites. Hacía falta una fórmula que no estrangulara la ciudad y liberara el máximo espacio posible. Empezamos en los 90 peatonalizando el Born. Eran pequeños núcleos que servían poco para el tráfico, tejidos muy orgánicos que no tenían las linealidades que vendrían después.

-Luego se intentó durante el Fòrum.

-Sí, con el jefe de exposiciones, Albert Garcia Espuche, hicimos una propuesta: una línea de supermanzanas desde el Fòrum hasta plaza de Espanya. Todo con propuestas tácticas, conos y vallas, y con el sistema de isletas de tres por tres. Pero no se hizo, Joan Clos declinó la idea.

"El problema de las supermanzanas es de tacticismo político. Un proyecto estratégico como este requiere de un acuerdo entre partidos"

-¿Faltó y falta valentía política?

-Cuando sacamos el mapa de ruido se anunció que Barcelona sería la ciudad de los Juegos del 92. Recuerdo una conversación con el entonces primer teniente alcalde, Jordi Parpal. Le dije que debíamos regular el uso de las motos de trial en la ciudad porque estaban totalmente fuera de lugar. Me dijo: “Has visto quién estaba en Maria Cristina celebrando que nos han dado los juegos? Gente joven, y muchos llevan motos de estas”. Se acabó la discusión.

-¿Estamos igual?

-El problema de las supermanzanas es de tacticismo político. Un proyecto de estas características, que es estratégico para la ciudad, requiere de un acuerdo entre partidos. Hace falta un acuerdo de ciudad, porque si no lo tienes, avanzas muy despacio. Pero fíjate: todo lo que ha sido estratégico en Barcelona, lo que ha supuesto una verdadera transformación de la ciudad, el plan Cerdà, las exposiciones universales, los Juegos e incluso el Fòrum, se decidieron lejos de Barcelona. Como si no fuéramos capaces de tomar decisiones estratégicas. Aquí solemos lanzar a los leones a los que intentan tomar decisiones que deberían ser de ciudad. En octubre del 86, cuando se aprueban los Juegos, yo no veía de ninguna manera que Maragall y Pujol pudieran ponerse de acuerdo. Aquello coincidía con la eliminación de la corporación metropolitana por parte del ‘president’.

Rueda, ya desligado del consistorio, preside ahora una fundación que pretende renovar las ciudades

/ Álvaro Monge

-¿Sin gente de fuera no habríamos tenido Juegos?

-No lo veo, no. Nosotros somos muy buenos cuando se toma la decisión, pero la primera tirada no sabemos hacerla. Por eso estoy convencido que sin acuerdo de ciudad no habrá supermanzanas.

-¿Le ha explicado el plan a la oposición?

 -Todos te dicen que están de acuerdo con la idea pero que no quieren que lo haga el que está al frente de la ciudad.

-¿Un poco triste, no?

-Así funciona esta ciudad. Son cuestiones de vuelo raso, gallináceo. No volamos alto.

-Aún así, a la ciudad no le va mal…

-No, ni mucho menos. Tenemos una pequeña diferencia con otras regiones, una mejor capacidad de organización, creo. Pero si fuéramos capaces de ponernos de acuerdo en cuestiones estratégicas, seríamos imbatibles.

"He hablado con toda la oposición. Todos te dicen que están de acuerdo con las supermanzanas, pero que no quieren que lo haga el que está al frente de la ciudad"

-¿En qué punto nota que el ayuntamiento empieza a creer en las supermanzanas?

-Yo no lo abandoné nunca. Al principio nos convocaba el ruido, pero por esa vía poco margen había. Cuando quieres combatir los mocos no te centras en los mocos porque son el síntoma de algo más. Aquí pasa lo mismo, no debemos centrarnos en las disfunciones, sino en repensar la ciudad. Porque falla el funcionamiento global, por eso empezamos a trabajar desde la perspectiva urbana.

-El plan de movilidad urbana 2013-2018 prometía 500 supermanzanas y se hicieron tres o cuatro… ¿Se les fue de las manos?

-¿La implantación de las 500 supermanzanas representaba para el tráfico algo que no se pudiera hacer? No, porque implantarlas quería decir quitar solo un 15% de coches. No era un problema de tráfico. Y tampoco era un problema de dinero, porque implantarlas todas tenía un coste, aplicando soluciones tácticas, de 300 millones de euros, similar a lo que vale el túnel de Glòries pero con una incidencia mucho mayor en la calidad de vida. Si no es un problema de tráfico ni de dinero, ¿cuál es el problema?

-¿Político…?

-Lo ha dicho usted... La manera de hacer a nivel político es no ponerse a ello.

Salvador Rueda, en septiembre del 2016, en el estreno de la supermanzana del Poblenou

/ Elisenda Pons

-¿La del Poblenou fue una buena idea?

-Sin la supermanzana del Poblenou no estaríamos donde estamos. Habría sido una mala idea empezar por el Eixample central, porque en aquellos momentos las variables de contorno no eran las más adecuadas. El grupo que gobernaba, los ‘comuns’, lo hacían en solitario, con 11 concejales de 41. Una debilidad evidente. Todas las propuestas que hacían tenían muchos números de ser tumbadas. Si añades que la mayor parte de la prensa estaba más ligada a la oposición que a los que gobernaban, y si recuerdas que el sector del automóvil aporta mucho dinero a los medios, tienes la tormenta perfecta. El tiempo nos dio la razón, porque en las siguientes elecciones, Barcelona en Comú ganó en esa ‘superilla’. Si tan en desacuerdo estaban, no les habrían votado.

-¿Le gusta el plan de ejes verdes?

-Van bien para el proyecto de supermanzanas. Es una manera como otra de empezar el proceso. Pero cuando esté hecho Consell de Cent, nos preguntaremos qué pasa con Diputació, porque también se puede liberar. Bienvenido el proyecto, pero se trata de rematarlo más allá de los 21 ejes que incluye hasta 2030. Plantean crear también 21 plazas, pero la propuesta de supermanzanas creaba 79 para la misma área del Eixample, y además demostraba que no rompía nada.

-¿Por qué han cambiado de proyecto?

-No lo sé. Se usa la palabra supermanzana, pero no lo son. Se usa una palabra que no se corresponde con la realidad. El proyecto de ejes verdes puede ser parte del plan de supermanzanas en el camino de llegar a esas 500 que comentábamos.

"La resistencia más grande a estas propuestas de nuevo urbanismo es la resistencia al cambio de hábitos"

-¿Ha participado en el diseño?

-No. ¿Por què? No lo sé. Entiendo que cada uno es libre de elegir a las personas que considere oportunas para tirar adelante sus proyectos, pero yo no he participado en ninguna reunión técnica. Y tampoco me sabe mal. No he formado parte en el proceso de ejes verdes y todavía no he hablado con Janet Sanz (teniente de alcalde de Urbanismo) sobre el tema. Pero están en su derecho de no hacerlo.

-¿Cómo valora las actuaciones de urbanismo táctico?

-Valoración positiva porque son valientes. Y negativa porque se quedan a medio camino. Girona o Consell de Cent, a nivel táctico, fue un ejercicio que ha generado más confusión que certezas. No me meto en si es bonito o no, eso me da igual, pero se podría hacer un poco mejor. Pero son cosas tácticas, no pasa nada. Todo quedará neutralizado con el plan de ejes verdes. Lo que sí me pareció un error es el uso de determinados colores. No fueron los más indicados porque son colores que la naturaleza usa para denotar peligro. Ponerlo en un espacio peatonal no casa bien. Los animales más peligrosos y con veneno tienen esos colores. Algunos se disfrazan de esos colores para que no se los coman. En Vitoria recurren al blanco, el color del relax, neutro.

-¿La gente está preparada para tanto cambio?

-Creo que sí. Pero hay un porcentaje de ciudadanos que siempre estará en contra. Porque la resistencia más grande a estas propuestas es la resistencia al cambio de hábitos. Eso es lo que cuesta más, pero eso dura dos años como mucho. La de Gràcia tuvo mucho lío, por ejemplo. Celebramos 156 reuniones con los vecinos antes de decidirla. Cuando hablo con la prensa extranjera siempre les digo lo mismo, que lo primero que deben hacer es hablar con los que están en contra, y después con los que están a favor. Por último, que consulten a los que llevan 10 años viviendo en una supermanzana.

Rueda, en Enric Granados, la calle en la que vive y una de las más pacificadas del Eixample

/ Álvaro Monge

-¿El coche es el problema?

-La contaminación derivada del coche es responsable de la muerte de 667 personas en Barcelona cada año. Hay demasiado en juego, el cambio es urgente. El otro día Bill Gates decía que tenemos tres décadas para darle la vuelta al sistema.

-¿El plan de ejes verdes tiene en cuenta la dimensión metropolitana?

-No se gestionan bien los problemas metropolitanos. Hay que replantearlo de manera urgente. No puede ser que Barcelona sea estupenda y su metrópolis, no. No se entiende y no es de recibo. En su momento ya hicimos una propuesta de supermanzanas en los municipios del entorno de Barcelona. Se presentó al Área Metropolitana de Barcelona. Y ahí sigue, en un cajón. Con la polémica del Poblenou se echaron atrás.

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-¿En algún momento ha perdido la fe?

-Llevo 33 años detrás de este proyecto, no pierdo la fe. Nunca. La ciudad se hace a una escala temporal que no es de una generación. El plan Cerdà, por ejemplo, todavía se está haciendo en el Poblenou, y es de 1860. Si lo puedo ver, magnífico. En cuatro años lo tendríamos hecho con esos 300 millones, pero el contexto político, económico y cultural tiene sus reglas del juego. No se pueden obviar. No se va contra el coche, sino contra el mal uso del coche. En 1987, cuando empezamos a hablar del tema, no teníamos los simuladores que tenemos ahora. En 2021 ya sabemos que con un 15% menos de tráfico se puede hacer. ¿Por qué tenemos que permitir que siga muriendo gente cuando podemos evitarlo?