Una placa en la Rambla de Catalunya, último vestigio del olvidado festival de cine que Barcelona celebró durante cuatro años de los 80.

Supongamos que Barcelona es una ciudad

Carles Cols | 17 enero 2021

En pavimentos escritos, nadie le tose a Nueva York, pero los pocos que hay en Barcelona la definen como una ciudad catacaldos e inconstante

La culpa es de Martin Scorsese y de la serie que ha rodado para Netflix con un único propósito, ponerse a los pies de la escritora, columnista, actriz ocasional y bífida lenguaraz Fran Lebowitz. Son solo siete capítulos. Muy recomendables. ‘Supongamos que Nueva York es una ciudad’. Ese es el título. Merece la pena porque por debajo de la clorhídrica manera de hablar y pensar de Lebowitz se asoma una muy bien tejida teoría sobre qué hace que Nueva York, pese a todas sus ingratitudes, sea una ciudad sobresaliente. El propósito aquí (queda subrayado antes de proseguir) no es hacer pretenciosas comparaciones transatlánticas, porque la Gran Manzana es la Gran Repera se ponga al lado de la metrópoli que se ponga, pero en el primer episodio Lebowitz y Scorsese dedican unos minutos preliminares a la cantidad de textos que hay escritos en las aceras y calzadas de Nueva York. Eso sí merece una comparación. Al menos, con Barcelona, que sale derrotada.

El caso es que el suelo de Nueva York es rico en literatura. Hay anuncios, grafitis, advertencias, placas conmemorativas y, cerca de la biblioteca pública de la ciudad, incluso una cuarentena de frases inmortales de gentes de distintas disciplinas artísticas. Algunas son casi premonitorias de los populistas tiempos que corren. “La verdad existe. Solo hay que inventar la falsedad”. Esta es de Georges Braque. En contraste, la literatura tatuada sobre la piel de Barcelona es, a primer golpe de vista, lúgubre (“uno de cada tres muertos en accidente de tráfico iba a pie”) y, a la que se avanza en la búsqueda, descorazonadora, porque retrata esta ciudad como una gran catacaldos que empieza tantas cosas como las que no termina. Ahí van unos ejemplos, frutos de una larga excursión, cabizbajo, como corresponde.

Paso de peatones de Meridiana, esquina con Aragó, donde, tal vez, las autoridades temen que el peatón se cruce con la Parca.

/ Francesc Casals

Ese aviso a los peatones antes citado para que no se topen con la Parca por un semáforo imprudentemente pasado en rojo o incluso en verde no tiene más recorrido que la información que aporta. Es pura estadística. No hay en él ni una brizna de ingenio que lo haga inolvidable, o sea, algo así como la gracia de esas nuevas placas que decoran un centenar de imbornales de la ciudad con un texto en el que se recuerda que el mar empieza ahí, justo en esa reja que desemboca en el alcantarillado, así que nada de utilizarla como papelera. Tiene su qué, cierto, pero no deja ser una simple copia catalanizada de una estrategia idéntica llevada a cabo mucho antes en Cádiz, Sevilla y Palma de Mallorca. Vamos mal.

Una de las 100 placas que invitan a no utilizar los imbornales como papeleras, nada original, pues es copia de una campañallevada a cabo en otras ciudades.

/ RICARD CUGAT

Estos dos primero ejemplos son, queda claro, mensajes institucionales, nada que ver con esos furtivos textos con que amanecían las calles de Madrid hace seis años (“mi más sentido bésame”, “te comería a versos”, “fuimos a hacer el amor y parece que volvimos de la guerra”…), que, seguro, encantarían a Lebowitz mucho más que esa insípida palabrería en pos de la seguridad vial. Y eso que de la despensa de textos posibles para Barcelona podrían sacarse auténticas joyas, por no decir locuras. Puestos a proponer, qué mejor que frases célebres de Juan Pich i Pon, alcalde de Barcelona mil veces citado por sus lapsus lingüísticos. “Aquí no hay bifias ni bofias, aquí somos todos hermafroditas”. Lo dijo a la vista de los encendidos debates que en las calles de la ciudad enfrentaban a aliadófilos y germanófilos durante la primera guerra mundial. Los ‘pichiponistas’ suponen que quiso decir que en Barcelona no había ni filias ni fobias por cada bando contendiente, que la ciudad era neutral, pero él lo expresó así. Con un texto como este estampado en la calle habría alguna opción de competir, pero, mientras tanto, habrá que aceptar que Barcelona, 0, Madrid, 1, Nueva York, ni te cuento.

Los suelos de Barcelona, sin embargo, requieren una mirada tal vez más maledicente, psicoanalítica incluso, porque al final a esta ciudad se la conoce mejor por lo que un día quiso hacer pero no alcanzó, porque se quedó corta de fuerzas y ganas. El caso más claro es el de esas varias docenas de placas con que se premió en los años 90 a las tiendas que daban personalidad a la ciudad. Fundidas en bronce, se colocaban frente a la puerta de entrada del establecimiento para subrayar que en ese género, en el del comercio singular, Barcelona no tenía igual. De benditas, pronto pasaron a ser malditas.

Placa concedida a una preciosa tienda de cepillos y peines del número 14 de Portal de l'Angel, desaparecida durante la 'inditextización' de esa calle.

/ Carles Cols

A día de hoy, abundan en la ciudad las placas sin tienda. Casos, hay muchos. Por citar una de esas tiendas inmerecidamente olvidada, Peines y Cepillos Ciutad, que estaba en el número 14 de Portal de l’Angel y que tenía un estupendo historión detrás. Hace 100 años, la madre de José Ciutad ahorró para que su hijo pudiera librarse de ir a la guerra del Rif, pero él desdeñó ese atajo, viajó, como tantos otros, mal vestido y peor armado al norte de África, y, de regreso a casa, destinó aquel dinero a abrir su primera tienda de peines y cepillos, en 1922. La de Portal de l’Àngel, que fue la segunda, era una preciosidad. Hasta los calvos entraban. Su caso merece mención tanto o más que el de Vinçon, la camisería Deulofeu o la farmacia Vilardell porque aquel establecimiento resistió hasta que pudo en la zona cero de la ‘inditextización’ de Barcelona, Portal de l’Àngel.

Muchas otras tiendas merecían una placa de reconocimiento y no la obtuvieron. El proyecto, sencillamente, cayó en el olvido. Ningún alcalde posterior a Pasqual Maragall creyó que fuera necesario instalar más placas, a modo de ¡detente, bala!, cuando la ley de arrendamientos urbanos mató en serie a una docena larga de tiendas irrepetibles. Eso es ser una ciudad catacaldos.

Hay otro ejemplo casi idéntico. Peor aún, casi olvidado. Aún borracha por haber organizado unos Juegos Olímpicos de aúpa, a la autoridad municipal se le ocurrió tener su propio Hollywood Boulevard de la fama, pero no con manos de actores, sino con pies de deportistas. Alcanzó su cénit con 24 placas. Retiraron una, la de Lance Armstrong, cuando se supo que pedaleaba con malas artes. Las 23 restantes pasan desde entonces totalmente inadvertidas en un trozo de acera situado entre el estadio Lluís Companys y el Museu Olímpic, y es una lástima, porque los pies, calzados o descalzos, son mucho más sugerentes que las manos. Alberto Tomba dejó la huella de su bota de esquí, Pau Gasol su gigantesca rebanada de calzado deportivo, Severiano Balleteros su zapato claveteado y Mark Spitz y Manuel Estiarte posaron descalzos, el primero con un pie griego de manual y, el segundo, con un canónico pie egipcio.

La fama de aquel ‘boulevard’ fue efímera, pero su plusmarca de ‘ninguneo’ (perdón, no se me ocurre una palabra más aduacada) fue pulverizada por otro caso mucho más revelador sobre cómo de reñida está esta ciudad con los textos de sus suelos. El récord de estreno y ocultación lo ostenta una minúscula baldosa de bronces instalada en la placita de Manuel Ribé, escondida en mitad de lo que un día fue el barrio judío. En el 2015 se colocó en el suelo, con cierta pompa, un texto en memoria de las 16 personas que ahí murieron durante un bombardeo fascista el 30 de enero de 1938. Tan brutales fueron aquellas explosiones que ahí donde antes solo había callejuelas se abrió, de forma inesperada, el solar perfecto para una plaza, que con el tiempo terminó por llevar el nombre de Manuel Ribé, jefe de ceremonias del Ayuntamiento de Barcelona durante tantos años que llegó a conocer a 72 alcaldes distintos, que se dice pronto. La placa, lo dicho, se colocó con gran emoción, pero un minuto después de que se fueran las autoridades, un bar puso rápido las mesas para las que ya esperaban desde hacía rato unos turistas. Fue una placa vista y no vista que, eso sí, gracias a la pandemia es posible visitar estos días.

La placa 'visto y no visto' de la placita de Manuel Ribé, en el Gòtic.

/ Carles Cols

Más respeto ha mostrado la ciudad con el llamado Manifiesto de Barcelona estampado en plena Rambla de Catalunya, a la altura de la calle de Còrsega, otro ejemplo de ese permanente quiero y no puedo de la ciudad. Su presencia pasa tan inadvertida, pero lo firmaron más de 700 caras conocidísimas de la industria del cine, entre ellas Paul Newman, Woody Allen, Martin Scorsese, Roman Polansky, Bernardo Bertolucci, Brian de Palma…, poca broma. Se colocó durante esos cortos cuatro años de los 80 en que Barcelona quiso ser tan referencial como Cannes en cuestión de cine. El festival apuntaba maneras, pero no cuajó. Lo curioso es el motivo del manifiesto. Coincidió en el tiempo con la nefasta idea de colorear el antiguo cine en blanco y negro y, peor aún, reencuadrar las películas para exhibirlas por televisión, con el peligro de que las copias panorámicas originales terminaran por perderse y sobrevivieran solo las alteradas.

El repaso pavimental obliga a citar, por supuesto, las leyendas  instaladas en la Rambla en memoria de las 17 víctimas mortales del atentado del 17 de agosto de 2017. “Barcelona, que la paz te cubra, ¡oh!, ciudad de paz”. Ese es el texto, en cuatro idiomas, que se puede leer alrededor del lugar en que el terrorista puso fin a su mortal atropello. Lo de ciudad de paz daría para un largo y jugoso debate. Pocas ciudades tienen un currículum de violencia como esta. Lo destacable, sin embargo, es lo que le sucedió a esas placas el pasado diciembre. Cuatro musulmanes cubrieron con cemento la porción redactada en árabe con el argumento de que no se pueden pisar palabras escritas en la misma lengua del Corán.

La placa colocada en la Rambla en memoria de las víctimas del atentado del 2017.

/ SILVIA CORTADA BALLUS

Quedarán placas en el tintero, seguro. De las baldosas que antaño referenciaban en el suelo el nombre de muchas calles quedan solo letras sueltas, como fichas caídas de un inmenso Scrabble. Incluso se podría aceptar y debatir si el llamado urbanismo táctico que ha coloreado algunas calzadas de la ciudad forma parte de esta literatura a ras de suelo. Tal vez son líneas de Nazca urbanas y está aún por descubrir. Pero, para terminar la lista, nada mejor que la última pieza que se ha sumado a esa Barcelona escrita. Es el ‘stolpersteine’ encajado como uno adoquín más en la plaza de Sant Jaume. A lo mejor la palabra no les dice nada. Son los minúsculos memoriales que desde los años 90 salpican las calles de Berlín y otras ciudades alemanas. Se colocan frente al portal donde vivían judíos que los nazis llevaron a campos de concentración. Llevan inscritos los nombres de las víctimas, su fecha de nacimiento y, en muchas ocasiones, el campo de concentración en que murieron. A veces hay un ‘stolpersteine’ solo. A veces, una docena. Fueron y aún son una gran idea del artista Gunter Demnig.

El caso es que el Govern decidió que, detenido también por los nazis, Lluís Companys merecía un ‘stolpersteine’ en Barcelona. Se colocó el pasado 15 de octubre. El problema es que el adoquín ha quedado por detrás de las vallas que rodean el Palau de la Generalitat desde que el ‘procés’ se endiabló. Fran Lebowitz seguro que le sacaría punta al caso.

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