BARCELONEANDO

La ciudad de los paraguas muertos

En plena resaca de 'Gloria', Toni Lama, uno de los últimos paragüeros de Barcelona, habla de buenos y malos paraguas y paraguas que acaban en la basura

Toni Lama (en primer plano) ausculta el paraguas de un cliente en el local de Casa Lama.

Toni Lama (en primer plano) ausculta el paraguas de un cliente en el local de Casa Lama. / RICARD CUGAT

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Ha dejado tragedia y desolación la implacable 'Gloria', pero también ha dejado anécdotas, porque la vida es de extremos, y una de ellas quedó condensada en una imagen elocuente: la de los paraguas rebosando las papeleras de Barcelona, inservibles porque no estaban hechos para resistir un temporal así. Así que una de dos: o bien era huracanada la fuerza del viento o bien era dudosa la calidad de los paraguas. Como es evidente que el viento no era de los que hacen saltar goznes –era fuerte, pero no huracanado–, solo queda echar la culpa a los paraguas. O en cualquier caso a sus dueños. Hay cosas en las que el ciudadano medio no escatima, pero cuando toca gastar en un ingenio impermeable hay una tendencia evidente hacia el ahorro, que ponen de manifiesto episodios como el 'Gloria'. Nadie sabe más de esto que Toni Lama.

Toni Lama es la cuarta generación de una familia de afiladores / cuchilleros / paragüeros con raíces en Galicia e historia en Cuba

Toni Lama dice que si a alguien le duele ver la ciudad convertida en un cementerio de paraguas, ese alguien es él. Quiere decir, alguien que se dedica a lo que él se dedica, pero además, depositario de la tradición de la que es depositario. Cuarta generación de una familia de afiladores / cuchilleros / paragüeros con raíces en Galicia y una historia cuyo origen hay que rastrear en Cuba, Lama está al frente del local que puso en marcha su abuelo poco antes de la guerra en la calle de los Mercaders, en el barrio de la Ribera, más que calle uno de esos callejones sinuosos en las inmediaciones de Princesa. La Casa Lama. Es un local pequeño y atiborrado, como se diría que deben ser los locales de su estirpe. Era miércoles de plena borrasca cuando tuvo lugar la entrevista, y Lama retrataba la emergencia desde la óptica del reparador de paraguas: "Normalmente me llegan entre 10 y 15 paraguas para reparar a la semana, pero este enero ya llevo 77. Solo el día de ayer recibí nueve llamadas y dos emails".

Vista de la tienda desde la calle. / RICARD CUGAT

Un paraguas como un Joyce

Es de naturaleza gremial el dolor que le produce ver los paraguas en las papeleras, y es el mismo que sentiría cualquiera que viera la materia prima de su trabajo echada al contenedor. No es que le produzca estupor: en su doble condición de paragüero-vendedor y paragüero-reparador, sabe que los artilugios de hoy en día son basura. "La fabricación de ahora es de una calidad ínfima –dice–. Ahora los hacen de fibra, plástico y aluminio, que son materiales que no resisten un vendaval como este". De la vitrina que mira a Mercaders, Lama extrae entonces un paraguas señorial, categórico, sólido a simple vista, que enseña como un librero enseñaría el 'Ulises' de James Joyce: el paraguas de pastor. No hace mucho que Jordi Puntí escribía en este diario su particular oda al paraguas de pastor –tiene uno–, y decía que lo sacaba en ocasiones especiales, "solo cuando la lluvia llega con tanta fuerza que se merece una respuesta contundente, como estos últimos días"; es decir, como estos últimos días. El que quiere un paraguas que no fenezca lo compra en sitios como Casa Lama. De pastor o no.

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Esta crónica no puede llamarse 'El último paragüero de Barcelona' porque en realidad Lama no es el último, pero es de los últimos. Como mucho –como mucho–, quedan un puñado, señal de que es extendida la práctica de escatimar en un artilugio protector. Menos mal que también es afilador, que es lo que en realidad le sostiene el negocio. Aquí es menester recordar que es en Galicia donde hunde sus raíces el apellido, y que allí era tradición que los afiladores fueran también reparadores de paraguas. Y que los que se dedican a esto suelen ser estirpes. Así que, la estirpe: el primer Lama fue Joaquín Lama, bisabuelo de Toni, que a principios del siglo XX abrió la cuchillería y taller de afilar La Perla en Santiago de Cuba. Unos años después, abrió La Casa Lama en La Habana. El segundo Lama fue Antonio, abuelo de Toni, que abrió la Casa Lama en Mercaders. El tercer Lama, Antonio también, siguió con el negocio. El cuarto Lama, Toni, dice "dos semanas, señora", cuando una dama le lleva su paraguas, porque reparar estos ingenios toma tiempo.