05 abr 2020

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BARCELONEANDO

Quien canta su mal espanta

Pedro Burruezo lleva años mezclando flamenco y música árabe en sus espléndidos álbumos

Ramón de España

El músico Pedro Burruezo.

El músico Pedro Burruezo. / JORDI COTRINA

De vez en cuando, mi viejo amigo Pedro Burruezo abandona momentáneamente su retiro, físico y espiritual, en Sant Feliu de Guíxols, baja a Barcelona y quedamos a comer en un restaurante vegetariano de la calle del Pintor Fortuny para ponernos al día de nuestras respectivas existencias. La última vez que nos vimos en nuestro palacio del tofu particular me trajo su nuevo disco, 'Al Andalus Siglo XXI', que transmite la misma paz que la presencia y la conversación del señor Burruezo, que lleva años facturando unos espléndidos trabajos en los que se mezclan hábilmente el flamenco y la música árabe. Su grupo va cambiando de nombre -empezó como Bohemia Camerata y ahora atiende por Nur Camerata-, pero sigue arropando con sus instrumentos acústicos el quejido de Pedro, que cada día me recuerda más al del difunto Nusrat Fateh Ali Khan: ya solo le falta una colaboración con Eddie Vedder, como aquellas dos preciosas canciones que figuraban en la banda sonora de la película de Sean Penn 'Pena de muerte'.

Cuando conocí a Pedro a finales de los 70, principios de los 80, el hombre estaba al frente del grupo Claustrofobia, un trío de pop electrónico para minorías en su momento que, con el paso del tiempo, ha acabado convertido en un producto de culto. Luego vino la sustitución de los sintetizadores por guitarras, violines, mandolinas y laúdes en paralelo con la evolución espiritual del artista, convertido al islam en su rama más mística, la sufí, y consagrado a la lectura de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y pensadores árabes del sector sufí. Aunque uno se fía menos del islam que de los del 'procés', lo cierto es que a él le ha funcionado y por eso me gusta darle al tofu de vez en cuando en su compañía, pues el hombre desprende una serenidad y una paz que da gusto verlas y que a mí me sienta la mar de bien. Pese a vivir rodeado de 'estelades', como me comenta, él sigue a lo suyo con esa tranquilidad que confiere haber elegido el camino adecuado en su paso por este valle de lágrimas.

Castellano, catalán y árabe

Los discos del amigo Burruezo se venden poco porque da la impresión de que el público no está para espiritualidades, pero actúa con su grupo constantemente y no hace mucho visitó Egipto, donde su música andalusí, cantada en castellano, catalán y árabe, es especialmente apreciada. Su último disco contiene 10 composiciones en esos idiomas, en los que Pedro está acompañado por Maia Kanan (viola y coros), Jordi Ortega (violonchelo y coros) y Robert Santamaría (al kanún y la darbuka, que, si no me equivoco, son instrumentos de percusión). En el repertorio, una peculiar versión de 'La Tarara', rebautizada como 'La Tarara se fue a Istambul'), comparte espacio con una incursión en el sefardí ('Fermosa e donzeya') y otros temas en los que la voz optimistamente doliente del cantante se ve envuelta por los instrumentos de sus colaboradores.

En el folleto con las letras de las canciones que se abre con tres citas de sabios sufís hay también un breve texto de Pedro que habla de la necesidad de cantar en el interminable camino hacia Dios o la felicidad o la serenidad o lo que sea que uno va buscando: "El aprendiz de sufí está condenado a cantar con un lamento eterno. Es consciente de la distancia que le separa de su Amado. Anhela encontrarse con él, pero sabe que el camino será largo y tortuoso porque es él mismo el que coloca los palos en la rueda. Se sabe imperfecto, vulnerable, ante la infinita distracción del duniah, de las cosas del mundo…"

En el panorama musical español, Pedro Burruezo es prácticamente un marciano andalusí que alterna las canciones con la dirección de la revista 'The Ecologist', un excéntrico que va a su bola y salga el sol por Antequera. Pero los discos siguen saliendo por cortesía del amigo Pedascoll, del sello Satélite K, especialista en fichar 'outsiders' -editó el álbum final de Jaume Sisa y pronto publicará el nuevo de Alfonso de Vilallonga- y los conciertos se suceden, aunque se celebren en el quinto pino. Igual que nuestros encuentros en el vegetariano de Pintor Fortuny, una de las pocas tradiciones que me apetece conservar.