14 jul 2020

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barceloneando

Capitán Calle contra Moby Bic

Artista de los cortometrajes, proyeccionista de los que quedan pocos y, por si fuera poco, miembro de la pandilla del Zumzeig, esa que se cartea con Godard

Carles Cols

Corto de Josep Calle. ’Movie bic’.

Llamadme Josep Calle. Había que comenzar este texto así, porque ese es el nombre del director de ‘Moby Bic’, un corto de dos minutos que se ha llevado un merecido premio en uno de los festivales cinematográficos más adorables de Catalunya, el Julius, de Vic. El nombre del certamen, por si alguien se lo pregunta, es un homenaje a Groucho, pues así llamaban sus padres en casa al mayor de los Marx. El caso es que lo que iba a ser un simple reencuentro con Calle, que ya visitó estas páginas cuando pilotaba el proyector de 70 milímetros de la sala Phenomena, el Rolls Royce del cine, ha terminado por ser un viaje tan azaroso como el del 'Pequod', sin ballena blanca en el horizonte tal vez, pero con algo mejor, una inesperada relación epistolar nada menos que con Jean-Luc Godard. Cojan sus arpones y suban a bordo.

Con cuatro bolis y 400 hojas, Calle se llevó un premio Julius por revivir nada menos que a Gregory Peck y el cachalote de sus pesadillas

Lo del Festival Julius es una delicia. Organizado por el Cineclub Vic (un entusiasta aplauso desde aquí a sus miembros), propone cada año por estas fechas, justo después de la gala de concesión de los premios, una materia sobre la que deben versar los trabajos presentados para la próxima edición. Para el 2020 será 'Akira', el 'Quijote' del manga japonés. Anímense. Para el 2019 el tema era 'Moby Dick', novela sin un antes y, tal vez, también sin un después, la Capilla Sixtina de la literatura norteamericana. Pero a efectos del concurso, claro, el referente más obvio era la versión cinematográfica que en 1956 rodó John Huston, con Gregory Peck como mesiánico capitán del ‘Pequod’.

Calle, que no se pierde un Julius desde el 2007, había concursado en anteriores ocasiones con animaciones de plastilina, como las de la Aardman de Wallace y Gromit, pero sin unos potentes estudios detrás, solo con paciencia y con la mesa de trabajo de su piso en Sants. Con ‘James Bang’ se llevó así ya un premio. Aquello era una parodia de los celebérrimos títulos de crédito de todas las películas de 007. Su trabajo más laureado, no obstante, es 'La gota', muy oportuno ahora que el planeta se va por el sumidero.

Corto de Josep Calle. ’La gota’.

Para la épica pelea entre Ahab y su pesadilla, el cachalote blanco, Calle se armó con cuatro bolígrafos Bic, azul, punta normal, y un buen paquete de cuartillas usadas de su estancia laboral, años ha, en los archivos de la Filmoteca de Catalunya, donde, ya que estamos, aprendió a tratar como valiosos incunables los rollos de película, artesanía que un día le abriría las puertas del oficio de proyeccionista. El plan, ejecutado al final con magníficos resultados, era recrear el cara a cara final de Gregory Peck contra la bestia, pero hacerlo con uno de los abecés del cine, con la gloriosa técnica de la rotoscopia.

El rotógrafo lo inventó Max Fleischer hace más de 100 años. Sin él no habrían sido posibles ni la Blancanieves de Disney ni el primer cruce de espadas láser entre Skywalker y Darth Vader. Poca broma. En esencia, el invento permite fotocopiar a mano alzada escenas de la realidad. El resultado final se considera perfecto cuando el uso del rotógrafo es invisible, pero para Calle el referente es Mike Patterson, que, como Ferran Adrià con la tortilla de patatas, en 1985 deconstruyó la técnica del rotógrafo para alumbrar uno de los más eternos videoclips de la historia del pop, ‘Take on me’, de los noruegos A-ha. ‘Moby Bic’ es la misma tortilla, aunque sea con menos huevos, en concreto unas 400 hojas dibujadas a mano, 12 fotogramas por segundo, dos minutos de épica cacería del cachalote.

Es a tipos como a Calle que en esta ciudad habría que dedicarles eso, una calle, aunque en su caso sería un galimatías. El anterior encuentro con él, lo dicho antes, fue en las entrañas del Phenomena. La razón era que Lawrence de Arabia regresaba a Barcelona como corresponde, a  lo grande, en 70 milímetros, porque, con un proyecto de 35 milímetros cualquiera, la batalla de Áqaba parece la toma de Perejil a manos de Federico Trillo. Ahora trabaja en otra sala que no debería pasar desapercibida, el Zumzeig de Sants, un cine regentado en régimen de cooperativa y fundado en su día por Esteban Bernatas. Que se sepa, es la única pantalla barcelonesa en la que se ha proyectado ‘La región salvaje’, película más que de culto, de adoración, que también pasó por las manos de Calle, lo cual se dice pronto, pero es que hay que conocerla para hacerse una idea de lo que supone. Por no hacer ‘spoilers’ (como dicen los de las series), solo apuntar que en ella Amat Escalante, el director, llevó a la gran pantalla la más sucia de las perversiones de Hokusai. Allá ustedes si quieren saber más.

La mirada de Peck, antes de la lucha final contra la ballena blanca / JOSEP CALLE

Lo prometido al principio, no obstante, era otra cosa, un viaje de Huston a Godard. A la cuadrilla del Zumzeig le supo mal que la última película del faro de la vieja ‘nouvelle vague’, ‘Le libre d’image’, hubiera pasado de puntillas por Barcelona por otra sala. Conocedores de que a sus 89 años Godard aún es joven y que predica que su obra, si es necesario, debería proyectarse hasta en las baldosas blancas de los urinarios, se pusieron en contacto con su representante para explicar que tienen un pequeño cine y que sería para ellos un gran gusto exhibir su última obra. Fue entonces cuando sucedió lo insólito.

La carta de Godard a la pandilla del Zumzeig es deliciosa, de puño y letra, y, como Dios, con renglones torcidos

De su puño y letra, respondió Godard en persona, en una carta deliciosa, con tachones y con típex, en francés, pero encabezada con un “queridos compañeros” y finalizada con un “’amicalment’ hasta la victoria”. Entre medio, Godard (que escribe como Dios, con renglones torcidos) explicaba que para la distribución de su película se reservó los derechos de exhibición “’hors des salles de cinéma (musées, cafés, écoles…')”, o sea, que allá ellos si encontraban una solución fuera de la pantalla. Montaron una sesión con un televisor de los de antes, de tubo, y se lo pasaron en grande. Como Calle arponeando a Moby Dick con un bolígrafo Bic.

El capitán Aha, enredado en el lomo de Moby Dick, en su hora fatal / JOSEP CALLE