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ÉRASE UNA VEZ EN EL BARRIO (5)

Vivir en el Tibidabo, placer y calvario

Vecinos de la zona, donde residen cerca de 200 personas, destacan la naturaleza y la tranquilidad de la zona

También denuncian las molestias que causa el parque de atracciones, por la masiva afluencia que suscita

Toni Sust

Joan Corominas, Mercè Delgado y Sergi Mateu, vecinos del Tibidado, el pasado viernes en el Camí de Sant Cugat.

Joan Corominas, Mercè Delgado y Sergi Mateu, vecinos del Tibidado, el pasado viernes en el Camí de Sant Cugat. / FERRAN NADEU

Todo lo empezó el doctor Andreu, Salvador Andreu Grau, nacido en Barcelona en 1841 y padre de las pastillas contra la tos que llevaban su nombre. Con su negocio farmacéutico se hizo millonario y con esos millones se puso a construir parte de la nueva ciudad, que acababa de despojarse de sus murallas. Apostó por la urbanización de parte del Eixample, pero es casi más recordado por haber mirado a la montaña. De la plaza de Kennedy para arriba, todo es cosa suya, aunque captó a otros prebostes de la época como colaboradores de su apuesta. Urbanizó la avenida del Tibidabo, que se vio salpicada de viviendas nobles, y comunicó esa parte con la cumbre de la montaña mediante el Tramvia Blau y el funicular, ambos temporalmente fuera de servicio en la actualidad. Y una vez en la cima, empezando el siglo XX, hizo construir un parque de atracciones y viviendas para fomentar el ambiente.

Ciento veinte años después, cerca de 200 vecinos, quizá menos, residen en esta parte del barrio de Vallvidrera, el Tibidabo y Les Planes, en el entorno del parque de atracciones. La mayoría, en dos calles, el Camí de Cal Totxo y el Camí de Sant Cugat. Vivir en el Tibidabo es un placer, dicen: están en plena naturaleza y en general reina la tranquilidad. Y a veces también es un calvario, denuncian: cuando el parque de atracciones está abierto y lleno de gente, que en un porcentaje muy elevado acude en coche, colapsando las vías de acceso a la montaña. No es algo que les sucediera décadas atrás. Es un fenómeno de los últimos años: cuando el turismo toma una ciudad, no se deja ni la montaña más lejana. No todos, pero muchos dicen que en general se sienten poco acompañados por el ayuntamiento.

Adriana, por ejemplo, lamenta que solo haya párquings privados para los clientes del parque y no se pensara en uno público. Y cita el molesto “olor a embrague quemado” de muchos fines de semana. “La gente de la ciudad genera contaminación, ruido, basura”.

De la Barceloneta al Tibidabo

Sergi Mateu es uno de los vecinos del Camí de Cal Totxo, aunque en puridad su edificio tiene salida a esa calle, por arriba, y también al Camí de Sant Cugat, por abajo. Mateu, conocido actor, llegó al piso en el que vive tras transitar por varios barrios. Nacido en Sabadell, su primer domicilio en Barcelona estaba en el cruce de Santaló con Via Augusta. Lo recuerda con un mohín de rechazo a tantos coches y ruido.

Mateu, junto al parque de atracciones, el pasado viernes.FERRAN NADEU

De ahí se fue a la Barceloneta, que todavía no era el epicentro de la gentrificación de la ciudad. Fue en 1986 y pagaba 50.000 pesetas (300 euros) de alquiler mensual. La ciudad olímpica le pasó factura: en 1992 le exigían una mensualidad de 120.000 pesetas para renovar. Y se fue a Cal Totxo: “Ya no podía más de la Barceloneta. Y de niño, con seis o siete años, ya decía que iría a vivir en el Tibidabo”. Llegó al piso que ahora tiene en 1993. Es el primero en el que no alquiló; compró. Y no se ha movido: “Entonces no había el follón de ahora. Subía muy poca gente al parque. Las calles no estaban asfaltadas. Muchos vecinos venían solo de vacaciones. Ahora la mayoría vive todo el año aquí”.

“Estamos a 10 minutos de la plaza de Borràs y de la plaza de Alfonso Comín”, subraya Marga, vecina del Camí de Sant Cugat que prefiere no mencionar su apellido. Ella llegó en el 2003, con dos niños de corta edad, y celebra haber tomado esa decisión. “Estuve un año siguiendo la casa hasta que la compré. Antes viví en Gràcia, Vallcarca, Carmel, Nou Barris, Eixample derecho, izquierdo, Les Corts. Al Tibidabo llego desde Viladomat con Sepúlveda”.

A Mateu le sedujo que no hubiera ruido. A Marga, el olor: “Estaba harta de los malos olores”. Los dos bajan cada día a la ciudad. A menudo, en coche. Si optan por el transporte público, combinan el bus de barrio 111, que les deja en el funicular de Vallvidrera, que, a su vez, les conecta con Ferrocarrils. El otro funicular, ahora en obras, no les era tan útil, porque de la plaza del Doctor Andreu hasta el centro la comunicación es más complicada.

Bus de turistas

El bus de barrio es uno de los elementos que se tuvieron que luchar los vecinos, que llegaron a cortar carreteras para exigirlo. Lo lograron, pero ahora se topan con que el bus de barrio se ha convertido en el bus del parque de atracciones: los turistas lo llenan, como si esto fuera el Park Güell, y los vecinos ven a menudo cómo el vehículo pasa de largo porque ellos ya no caben. Es decir, suben tantos usuarios del parque en coche que colapsan las carreteras, y el transporte público existente es demasiado escaso para abastecer a vecinos y visitantes a la vez. “No es un parque preparado para asumir a tanta gente”, recalca Mateu.

El matrimonio que forman Joan Corominas y Mercè Delgado apenas es capaz de verle una pega a vivir en el Tibidabo, donde lleva 33 años. Vecinos de Mateu, profesor de instituto y psicóloga, ambos jubilados, sostienen que todo tiene alguna pega, y que lo positivo pesa más. Se adaptan a las circunstancias: si el día es de invasión ciudadana, mejor calcular cuándo tocará salir de casa. Pero para ellos no tiene precio pasear, o correr, entre árboles que no tienen que ver más casas: no se puede construir en la zona.

Los ciclistas y los jabalís

Los ciclistas, que acuden en masa, y que van a una velocidad considerable, son otro de los puntos negros que señalan algunos vecinos. Entre ellos el que quizá sea el residente más peculiar del Tibidabo. Se trata de Emilio Tomás, quien, con su mujer, forma la única familia que vive dentro del parque de atracciones, en una vivienda de Agbar, donde él trabajaba. Llegaron en agosto de 1974 y Tomás cree que después de ellos ya no vivirá nadie más en la casa. “Cuando vinimos aquí solo estaba el avión. Luego hicieron la montaña rusa”. A Tomás se le ve un poco cansado de estar aquí. Dice que fue estupendo vivir en el parque con sus dos hijas, pero que si volviera a empezar residiría en otro sitio. Y saluda y vuelve hacia su casa: son casi las siete de la tarde del jueves y el frío es considerable.

El viernes por la mañana, cita en casa de Marga para la foto, aunque Marga no quiere salir. Otra vecina, Silvia, alude a otro rasgo del Tibidabo: los jabalís. Uno le entró en casa, cuenta divertida al recordar el alivio: primero pensó que había sido un ladrón. Otro quedó encerrado en uno de los patios del edificio de Sergi, Joan y Mercè: el animal empujó una puerta que quedó cerrada y destrozó cuantas macetas había. Pero los vecinos humanos están acostumbrados a los vecinos animales. Silvia lleva al aeropuerto a Lucas Delgado, músico e hijo de Marga, que pide con sorna que no vaya más gente a vivir allí y elogia que la montaña permita elegir cuándo alejarse del frenesí del centro.

En la carretera que sube hacia el parque, una escena confirma que el Tibidabo hace tiempo que está en las guías turísticas. Carmen, viuda y con 50 años como vecina de la montaña, en la que antes residía ya la familia de su marido, se dirige al restaurante Marisa, que llevaba y que ahora está en traspaso. De camino se encuentra con Rodrigo, que ha dejado a su mujer y su hijo descansando en el coche y se dirige al parque: “Me han dicho que tenía que visitarlo”. Viene de Miami.