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HISTORIAS DE LA BARCELONA INVISIBLE

"Mi sueño es montar una guardería para los hijos de las cuidadoras"

Leticia Ponce dejó Nicaragua a los 42 años, hace siete; desde entonces ha dedicado su vida a cuidar de niños y ancianos en jornadas largas y muchas veces mal pagadas

Tras pasar por varias infraviviendas, cuida junto a su hijo adolescente el piso del señor para el que trabaja, de 100 años, "un caballero que siempre valoró mi trabajo"

Helena López

Leticia, en el piso que cuida en el Guinardó, hace unos días.

Leticia, en el piso que cuida en el Guinardó, hace unos días. / DANNY CAMINAL

La nicaragüense Leticia Ponce migró 'mayor'. A los 42 años; a los pocos de enviudar. Sus primeros años en Barcelona no fueron fáciles. Conoce bien qué son las jornadas de siete de la mañana a nueve de la noche, cuidando a ancianos dependientes y a niños. A varios niños a la vez. Sabe también qué es dormir de prestado en un sofá viejo en una habitación "pequeñiiiita, pequeñiiiita" y tener que compartir cama con su hijo adolescente. Aún en situación irregular tras siete años viviendo y trabajando en la ciudad, la historia de Leticia es la de tantísimas mujeres calladas -o a las que simplemente no se da voz- que arrastran sillas de ruedas y cochecitos de bebé por calles, plazas y parques. Las 'Cleos' de la Barcelona del siglo XXI. Mujeres en su mayoría con vidas muy duras, pero con sueños. El de Leticia, crear una suerte de guardería cooperativa para los hijos de esas mujeres.

Su proceso migratorio experimentó un antes y un después con la llegada de su hijo pequeño. Los tres primeros años en Barcelona, sola, su vida fue únicamente trabajar. Trabajar, trabajar y trabajar aún un poco más.  "Para integrar a mi hijo, me integré yo", resume. "En seguida le puse a estudiar catalán. Me fui a un 'casal' corriendo, lo puse en el colegio... Hice todo lo posible para que llevara la vida más normal posible", explica.

Antes de migrar trabajó en varios sitios. Su último trabajo fue para el Estado, para la seguridad social, pero era algo eventual. Su hijo mayor estudiaba Medicina y ella quería que terminara la carrera y pudiera hacer la especialidad. Quería ayudarle. "El pequeño tenía cinco años, cuando falleció mi marido. Me dije 'cuando tenga ocho o nueve años me voy a ir. Ahorita no'. Esperé, y cuando tuvo nueve, me vine", relata con voz dulce. Tras tres años aquí sola y "un sacrificio inmenso", logró traerlo: "estábamos sufriendo los dos". "Ahorita ya hace cuatro años que estamos aquí juntos. Ya tiene 16. El mayor sigue allá. Trabaja de médico. Logré que terminara la carrera. Un día, cuando se pueda, hará la especialidad", narra orgullosa. 

Habitación compartida y sin cama

Nada más llegar su hijo, una amiga les abrió su casa. "Estábamos en una habitación que era chiquitita, chiquitita. Nos ayudaron mucho, no nos cobraban, pero mi hijo no estaba bien. Necesitaba su espacio", relata. Logró un trabajo, otro, de canguro y alquiló una habitación para ellos. "Estaba en un piso cutre, de verdad, horrible. Con mucha humedad. Dormíamos en una habitación los dos, sin nada, hasta que pude conseguir un colchón y alguien me regaló una cama; pero en ese piso había muchos niños y mi hijo se había construido una coraza y no se llevaba bien con los niños", prosigue. Tanto que les dijeron que tenían que irse. Busco como una loca, pero todo era carísimo. 400 o 450 por una habitación. Finalmente encontró una por 350. Era un piso de realquileres, tenía alquilado el salón, las habitaciones, todas a personas muy distintas. Fue fatal. Resultó ser un centro de prostitución y de venta de droga.

Se tuvieron que volver a ir. Buscar otra habitación en la que meterse. Entre tanto ella trabajaba por horas, limpiando, cuidando niños, planchando. Al final encontró una en la Taixonera, en un tercero sin ascensor. El cuarto piso, ya, para su hijo adolescente. Era una habitación muy chiquitita, también. Y dormían juntos, otra vez. "Mi hijo me decía que no podía ser que durmiéramos juntos, que él ya tenía 15 años. Era un caos, nuestra vida. Él me decía ¿para qué me has traído? Yo tenía una casa, allá, un patio para jugar y aquí estoy encerrado. Y yo estaba todo el día trabajando. Sufrimos mucho. Lloramos mucho", recuerda. 

La oportunidad

Su vida dio un cambio (a bien) el día en que la llamaron de servicios sociales y le dijeron que tenían un trabajo para ella. "Me fui corriendo a la entrevista", señala. Era para cuidar a un señor de 98 años. Empezó el 1 de junio del año pasado. "Me dijo que solo quería cuatro horas y que me iba a pagar 800 euros. Yo estaba feliz. ¡Qué barbaridad! 800 euros por cuatro horas, no me lo podía ni creer! Yo había estado trabajando 12 por 750 y trabajando como loca con niños! Encontrar al señor Juan fue una bendición. Salíamos con él, íbamos al centro cívico, él leía su periódico, yo le acompañaba, íbamos a la iglesia todos los domingos, le gustaba comer bien, yo le cocinaba cosas buenas, él me decía 'eres la mejor cocinera del mundo'", cuenta.

A los meses de estar trabajando para él, la doctora les dijo que ya no podía vivir solo y el señor Juan le pidió que se instalara allí. "Me dijo, aquí vas a dormir tú, y aquí tu hijo, no pueden dormir en el mismo cuarto", explica.

Leticia seguía sin creérselo.

En diciembre comenzó a enfermar y en enero los médicos dijeron que lo tenían que ingresar. Sus sobrinos, el señor Juan es soltero sin hijos, le dijeron a Leticia que se quedara en la casa, cuidándola, y fuera a verle. Ella le va ver, le da de comer, le lava la ropa... Es su referente. 

"Lo mejor que me ha pasado"

"Encontrar al señor Juan es lo mejor que me ha pasado. Es un señor. Cómo me hubiera gustado que lo conocieras -relata-; siempre me valoró como trabajadora. Siempre fue justo. Cuando estaba cuatro horas siempre me decía que me sentara a comer con él antes de irme a trabajar a las otras casas. En otras casas, también con personas mayores, jamás me dijeron, Leticia, come algo. Nunca. Y eran gente de dinero, allá en Sarrià. Jamás".

Leticia sabe que mientras él viva -tiene 100 años- ella y su hijo pueden estar en el piso y no les puede estar más agradecida. "Mi hijo está tranquilo y yo estoy bien porque él está bien", resume la mujer, una de las participantes del proyecto piloto 'Dones trencant amb la precarietat', del departamento de Transversalidad de Género del Ayuntamiento de Barcelona, una de las redes que Leticia ha tejido en estos últimos años. "A partir de ahí estoy en varios grupos de mujeres y siempre que me entero de un trabajo al que yo no puedo acceder, lo paso. De ahí nació la idea de intentar montar una cooperativa de limpiadoras, con los trabajos que nos van saliendo. Y de esa idea, la de la guardería para cuidar a los hijos de las compañeras mientras estas trabajan", concluye ilusionada.