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Con mucho gusto

Las gloriosas mariscadas del apóstol

Los gallegos han impuesto, entre otras buenas costumbres, la de comer y compartir los frutos del mar

Miquel Sen

Abelardo Riazor exhibe una bandeja con bogavantes y bueyes de mar  en su restaurante, Casa Darío. 

Abelardo Riazor exhibe una bandeja con bogavantes y bueyes de mar  en su restaurante, Casa Darío.  / Jordi Cotrina

Es bien curioso, pero los países de fuerte tradición cristiana no tienen tabúes frente al robo y el despilfarro de los poderosos, a menos que estos coman langosta. Mientras en los países nórdicos dimite ipso facto un ministro cazado pagando una chocolatina con dinero público, en Francia la crisis política explota cuando el Ministro de la Transición Ecológica, Francois de  Rugy, se fotografía al lado de bellas bestezuelas y unas botellas de Yquem de 500 euros. Entre un escándalo y otro, 20 millones regalados a los fondos buitres es una nadería católica. Los langostagate tienen mayor castigo.

Para mantener una buena relación con lo oceánico, hay que dejarse de monsergas y buscar la apoteosis apostólica, la del día 25 de Julio, en la que todos podemos ser gallegos por unas horas, hermanados por las maravillas del reino de Neptuno en su versión mas exquisita, es decir, la de las Rías Baixas. Es un acontecimiento que causa morriña y la única manera de superar este sentimiento de dulce tristeza es instalarse en las mesas de Casa Darío. Allí ofician Abelardo Riazor y Leopoldo Clavería, herederos de Duro, que nos enseñó a comer ostras y zamburiñas, perdiendo el miedo a lo crudo y a cierta repulsa social en un país dominado por el fricandó convergente. 

Nécoras y volandeiras

Así pues, es cuestión de ir a tiro fijo, sabiendo que una mariscada de verdad es una suma de infinitos sabores que van desde el puro Atlántico de las ostras de Arcade, las nécoras, complicadas de comer pero gustosísimas, al más salado de los berberechos al vapor, las cigalas de Marín pasando por la textura increíble de las almejas matriculadas en Carril, del pulpo en su versión á feira o el toque dulzón, caliente, de las volandeiras. Si no saben qué son estas últimas piensen en las zamburiñas y tendrán un deseo más que añadir a una fuente bautismal en la que pueden aparecer otros mariscos tan mariñeiros como el mar donde navegó en una chalupa de piedra el mismísimo Santiago. Podrán creer en la flotabilidad de una barca tan consistente a partir de la primera pieza que les ofrezca Abelardo Riazor: un milagro.

Ourive Dona Branca 2017, un Riberia Sacra a 22,50 €

Los paisajes de viñedos prácticamente verticales de la Ribeira Sacra definen un conjunto candidato a Patrimonio Mundial de la Humanidad. Son parcelas pequeñas que solo se pueden trabajar a mano. Una pendiente de 60º de suelos de pizarra como la que origina el Ourive Dona Branca no es apta para tractores.

Partiendo de viñas de más de 85 años, sin aportes fitosanitarios, la enóloga y arquitecta María José Yravedra ha logrado un blanco importante. Tras una maceración de 24 horas, fermenta los mostos con sus propias levaduras en barricas de roble francés con sus lías durante 6 meses. No hay correcciones ni retoques enológicos. En la copa impacta sus toques aromáticos frutales, mientras que, en boca, tiene un porte balsámico que marca carácter.

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Temas: Restaurantes