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BARCELONEANDO

De la chabola al mirador

Esteve Lucerón retrata a los gitanos asentados en el barrio de Roquetes de Barcelona tras el desalojo de La Perona

Olga Merino

Retrato de la familia de los Porrina, antiguos residentes de la barriada chabolista de La Perona, en los años 80. El patriarca aparece tocando la guitarra.

Retrato de la familia de los Porrina, antiguos residentes de la barriada chabolista de La Perona, en los años 80. El patriarca aparece tocando la guitarra. / Esteve Lucerón /AFB

Esta historia arrancó en el siglo pasado, en plena transición, cuando Esteve Lucerón (La Pobla de Segur, 1950) comenzó a frecuentar La Perona y poco a poco, durante una década, consiguió compilar un estupendo documental fotográfico sobre la barriada chabolista, un trabajo etnográfico que desembocó en varias exposiciones y en el libro 'El barri de La Perona. Barcelona 1980 – 1990', editado por el Ayuntamiento de Barcelona. Pues bien, el fotógrafo se ha propuesto ahora un reto a partir de aquel proyecto: localizar a los gitanos que retrató hace casi 40 años y volver a fotografiarlos, a ellos o a sus descendientes, en su nuevo emplazamiento; es decir, el barrio de Roquetes, adonde unas 200 familias fueron trasladadas tras la demolición de un poblado que había llegado a albergar hasta un millar de barracas. 

El fotógrafo hizo un documental etnográfico en los años 80 y 90

En aquel entonces, cuando comenzó todo, Lucerón trabajaba como monitor en los talleres ocupacionales de La Perona, un islote que se extendía a lo largo de la ronda de Sant Martí, entre el puente de Espronceda y la riera de Horta, justo donde están ahora las obras de la estación del AVE de la Sagrera. La barriada era en aquel tiempo un territorio de exclusión social y hacinamiento, en gran parte por la pésima gestión de las autoridades locales en los primeros años 70: alguien decidió que familias de etnia gitana, procedentes de otros núcleos barraquistas, se instalaran en las casitas que iban abandonando los pobladores más antiguos, inmigrantes de otras zonas de la península llegados a la ciudad desde 1945, a medida que la prosperidad les permitía hacerlo.

Sin embargo, el invento no acabó de funcionar. Amontonamiento y convivencia tensa entre familias que no se conocían. Así lo contaba en el libro arriba mencionado un gitano de la familia de los Pinchaúvas: "Al principio de vivir en La Perona convivíamos payos y gitanos, pero después nos empezaron a discriminar un poco […] Y lo malo es que cuando hacía algo un gitano lo pagábamos todos".

El fotógrafo Esteve Lucerón mira a través de su Hassel en el comedor de su domicilio / Jordi cotrina

No era fácil, pues, adentrarse en el territorio, y menos fotografiar la cotidianidad del barrio en sus carencias. Con paciencia y humildad, Lucerónse ganó la confianza de los pobladores con su bonhomía y regalándoles copias en papel de los retratos que les hacía en blanco y negro, con un estilo que le acercaba a los documentalistas norteamericanos de los años 30, sobre todo a Walker Evans y Dorothea Lange. Aquel material etnográfico, unos 2.000 negativos, está depositado en el ArxiuFotogràfic de Barcelona desde 2017.

El poblado se demolió con los JJOO y unas 200 familias se reubicaron en Nou Barris  

Con el advenimiento de los Juegos Olímpicos de 1992, las últimas chabolas de La Perona fueron demolidas y sus habitantes diseminados por Sant Adrià,Badalona, el Bon Pastor, Poblenou y Roquetes, en Nou Barris, el enclave donde Lucerón, hoy ya jubilado, comenzó a seguirles la pista hace cosa de un año. En estos meses, ya ha hecho retratos de los antiguos barraquistas en la fiesta mayor del barrio, en el Día Internacional del Pueblo Gitano y en las ocasiones en que acuden al culto evangélico, en las iglesias de Trinitat Nova y Canyelles, espacios de intimidad que los payos no suelen frecuentar.

Casi 40 años de búsqueda, sin embargo, han permitido a Esteve Lucerón estrechar vínculos con la comunidad gitana que le abren puertas. Conserva amigos como Enrique Santiago Juan José AmayaColate, con quienes tomamos un café en un bar de Roquetas, en la calle Mina de la Ciutat, una de estas tardes de primavera inquieta. Juan José Amaya tenía 10 años cuando su familia se trasladó desde La Perona hasta este barrio en las alturas, con unas vistas espléndidas sobre la ciudad y el aire fino de las estribaciones de la sierra de Collserola. Enrique Santiago aún no había nacido cuando el desalojo, pero recuerda a la perfección cómo han cambiado las calles de Roquetes desde entonces, sobre todo desde la instalación de las escaleras mecánicas, que salvan las cuestas más empinadas cuando no se averían, y la llegada de la línea verde del metro, en 2008. Aquí, en los años 60, los vecinos se habían hecho el alcantarillado con sus propias manos.

Gitanos descendientes de los que fueron desalojados de las chabolas de la Perona con motivo de los Juegos Olimpicos en 1992. En la foto, el patriarca de la familia de los Porrina aparece sentado a la izquierda / Esteve Lucerón

Si las familias de ambos vivían de la chatarra en los tiempos de La Perona, ahora ellos, como la mayoría de los gitanos residentes en Roquetes, se dedican a la venta ambulante de flores y plantas y de textil en los mercadillos. La vida, pues, ha cambiado para mejor, aun cuando Nou Barris sigue siendo el distrito más pobre de Barcelona, con una renta per cápita de 12.045 euros y un índice de población inmigrante de en torno al 25%, sobre todo ecuatorianos y hondureños.

La convivencia no es mala pero sí mejorable. Amaya y Santiago son dinamizadores de barrio dentro del programa municipal 'Nou Barris Conviu', que pretende minimizar los conflictos que se producen sobre todo en las noches de verano, por el ruido y el escándalo en torno a la plaza Roquetes y a la calle Mina de la Ciutat. ¿El motivo? El calor tropical, la estrechez de pisos que suelen estar hacinados y la falta de espacios públicos. El programa promueve actividades, como el cine a la fresca, que facilitan la comunicación intervecinal.