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BARCELONEANDO

Es solo rock & roll (pero le gusta)

Ramón de España

Gay Mercader, en su casa de Girona.

Gay Mercader, en su casa de Girona. / FERRAN SENDRA

Gay Mercader no sale mucho de su mansión campestre a escasa distancia de Girona. No le gusta la gente, dice, le agobia y le aburre. Con excepciones, claro, como su novia de los últimos 13 años, Yulia, una ucraniana adorable con la que cohabita de jueves a domingo y a la que echa de menos -o no- de lunes a miércoles, cuando ella se queda en su apartamento de la ciudad: “Esas reglas las puso ella, que conste”, dice el señor Mercader. Cuando va a Girona, Gay se consagra, básicamente, a un par de actividades: instalarse en el Celler de Can Roca, donde se ha convertido en un miembro más de la familia, hasta el punto de que la matriarca del clan lo invita a las comidas navideñas; y chinchar a los independentistas, por los que siente un desprecio tan irónico como displicente: “Me tienen que aguantar porque ellos son cobardes y yo soy rico. Y si alguno se me rebota, le informo de que Ómnium Cultural lo fundó mi padre en París a finales de los años 50”.

Gay Mercader no sale mucho de su mansión campestre, a poca distancia de Girona

Pese a su misantropía galopante, si Gay te coge aprecio ni te lo quitas de encima en la vida ni falta que te hace, pues es un narrador oral de primera magnitud y, como cuando lo ves puede llevar días sin hablar con nadie, la conversación puede (y debe) durar horas. Durante una época intenté convencerle para que redactara sus memorias, pero él asegura que prefiere largar a escribir, y además le da vergüenza ese inevitable tono de autobombo que suelen exhibir las autobiografías.

Te puedes tirar un año sin saber nada de él, pero de repente te suena el móvil y es Gay diciéndote que te invita a comer. Y acabas en un buen restaurante poniéndote las botas con el hombre que trajo a España el rock internacional a principios de los 70, cuando aquí no actuaba ni Dios y Franco se mostraba renuente a diñarla. Nos conocimos en 1978, cuando él era el dueño de la revista alternativa 'Disco Exprés' (fallecida en 1980) y yo un novatillo del periodismo pop que pretendía seguir la estela de sus mayores; concretamente, la de Diego Manrique y Jesús Ordovás.

Es un narrador oral de primera magnitud, y una conversación con él puede durar horas

Empezamos con mal pie: por culpa de unos socios algo turbios, en 'Disco Exprés' no siempre se cobraba en la fecha prevista; una noche en que el retraso nos pareció especialmente molesto, José María Martí Font y yo nos topamos en Zeleste con un periodista del 'Tele Exprés' al que le explicamos nuestras cuitas y le dejamos muy claro que no te podías fiar de un descendiente del tío que mató a Trotsky; a la mañana siguiente, en la portada del diario: “Gay no paga a sus colaboradores”. Fuimos injustos, lo sé, pues la culpa no era suya, pero en aquellos tiempos, para punks, nosotros. El hombre montó en cólera, pero se le pasó rápidamente y ya hace cuarenta años que somos amigos. La vida es muy rara.

Aprovechando la campaña navideña, se relanza el libro 'Gay Mercader Tour Posters 1971/2017', lujoso objeto de casi cuatro kilos de peso que recoge más de 550 carteles de los conciertos organizados entre los dos años del título y que es una historia ilustrada del rock internacional en España. En la 2 de TVE le están preparando un capítulo de 'Imprescindibles', la serie de documentales dedicada a héroes de nuestro tiempo, y Gay se agobia ante la perspectiva de tener que ponerse a hablar de sí mismo. Pese a todo, tras mi fracaso como inductor de unas memorias en las que hasta me ofrecí a hacerle de negro, le digo que a ver si se anima a cascarnos un libro de conversaciones. Observo que la propuesta no le desagrada del todo, pero cambia de tema cuando aparece el camarero a preguntarnos si tomaremos vino: “El señor ya no bebe y lo mío eran las drogas, pero las dejé hace un tiempo, gracias. Agua sin gas, por favor”.

El hombre que trajo el rock internacional a España se resiste a escribir sus memorias

Cuatro horas después se disuelve la reunión y el misántropo vuelve a su guarida. Desde ahí cerrará sus dos próximos conciertos -hizo como que se jubilaba cuando vendió su compañía a Live Nation por una suma muy interesante, ¡unos días antes de la catástrofe de Lehman Brothers!-, se enganchará a varias series de televisión y no volveré a verlo hasta que me suene el móvil y sea él diciendo que hace tiempo que no quedamos a comer. 'I love this guy!', que dicen los gringos.

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