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UNA LARGUÍSIMA PRECAMPAÑA

La carrera política de Manuel Valls en Francia, un pesado lastre

El candidato a la alcaldía de Barcelona suscita el rechazo del socialismo francés que intentó modernizar sin éxito

Acumuló polémicas con sus puntos de vista sobre inmigración, seguridad, reforma laboral y relaciones entre las distintas izquierdas

Eva Cantón

Sindicalistas manifestándose con una careta de Manuel Valls, en el huelga contra su reforma laboral del 2016.

Sindicalistas manifestándose con una careta de Manuel Valls, en el huelga contra su reforma laboral del 2016. / AP / FRANCK PENNANT

Manuel Valls tiene una imagen en Francia y otra en España. Y no son exactamente iguales. Al norte de los Pirineos al ex primer ministro francés le han llamado de todo por lanzarse a la conquista de Barcelona, desde oportunista hasta traidor a la patria. Entre los franceses predomina la idea de que es un cadáver político sin futuro que busca en la capital catalana una segunda oportunidad. Sin embargo, en España la percepción por ahora es distinta. “Provoca admiración que un político nacido en Barcelona haya llegado a ser primer ministro de Francia. Ahora bien, en cuanto se convierta en un político ‘catalán’ suscitará en España los rechazos que ha suscitado en Francia”, analiza el historiador e hispanista francés Benoît Pellistrandi en conversación telefónica con El Periódico.

Como ministro del Interior del primer gobierno Hollande (2012-2014) y al frente del Ejecutivo (2014-2016) Valls protagonizó numerosas polémicas y alimentó su imagen de ‘Sarkozy de izquierdas’ con decisiones que soliviantaron a la izquierda tanto como para que en la Asamblea Nacional naciera un grupo de cuarenta socialistas rebeldes que estuvieron a punto de tumbar al Gobierno.

Fue Valls quien echó mano del decreto para sortear el debate parlamentario y aprobar una reforma laboral que sacó a la calle a miles de personas durante meses.

Fue quien habló de “apartheid social” en los suburbios o dijo que los gitanos no quieren integrarse en Francia por razones culturales. Quien se vio envuelto en el incendio político provocado por la expulsión de una familia gitana de origen kosovar en situación irregular porque la niña, Leonarda Dibrani, fue detenida durante una excursión escolar.

Le llovieron igualmente las críticas por viajar a Barcelona el 6 de junio de 2015 con sus dos hijos en un avión de la Republica para ver el partido de la Liga de Campeones entre el Barça y la Juventus. Cinco días después anunciaba que devolvería el importe del desplazamiento (2.500 euros).

Su aguerrido combate contra el Islam radical le llevó a hablar de “guerra de civilización”. En Córcega proclamó que la violencia está profundamente arraigada en su cultura y hasta Berlín se llevó una desagradable sorpresa cuando en 2016 criticó la política migratoria de Angela Merkel. “Europa no puede acoger más refugiados”, espetó el entonces primer ministro.

Izquierdas irreconciliables

Dentro de su propia familia política cargó contra “la izquierda anticuada aferrada a un pasado nostálgico”. Por eso nadie le echará de menos en el Partido Socialista, formación que abandonó tras más de tres décadas de militancia y que ha contribuido a desterrar del panorama político francés con su famosa teoría de “las dos izquierdas irreconciliables”.

“Valls no es marxista. Es un modernizador de la izquierda, pero su imagen de autoridad no encaja con los ideales de la izquierda en Francia. Su figura se ha ido desvaneciendo desde el punto de vista ideológico y al final la gente no sabía cuál era su línea política”, indica Pellistrandi.

A juicio del historiador, la principal aportación de Valls a la política francesa ha sido su intento de que la izquierda sea a la vez garantía de seguridad y de progreso social. “Pero no lo ha logrado. Si se hace con la alcaldía de Barcelona -añade- quizá pueda demostrar que la izquierda renovada, europeísta y antinacionalista puede tener un papel importante en Europa”.

En todo caso, no cree que la plataforma transversal con la que Valls se presenta a las próximas elecciones municipales sea una versión catalana del ‘macronismo’.

“La comparación con Emmanuel Macron no es buena. La carga política de Macron era muy escueta. Entró en el Elíseo en 2012 como secretario general adjunto y luego fue ministro dos años, así que se podía presentar como un  hombre nuevo. Valls es todo lo contrario, lleva 30 años en política. Quizá se convierta en un referente europeo. Si lo consigue rompe todos los moldes pero también puede ser un fracaso absoluto”, sostiene Pellistrandi.

Brutalidad verbal

Según informan este sábado diversos medios franceses, Valls dirá adiós a la vida política francesa esta semana. Se le espera en el Palacio Bourbon este martes en su última sesión de control al Ejecutivo y en su feudo electoral de Évry, en la periferia parisina, localidad de la que es consejero municipal, para despedirse de sus electores.

 “Este personaje ha sido desastroso en todos sus aspectos. Fue siempre de una brutalidad verbal e intelectual absoluta”, decía de Valls el líder de la Francia Insumisa, Jean-Luc Melénchon, al saber que pronto dejará de verle sentado en su escaño de diputado de la Asamblea Nacional.

El pasado 3 de abril, el periodista Hugo Clément entrevistó a Manuel Valls para la plataforma digital Konbini News y empezó la charla así:  “Es usted uno de los políticos más odiados de Francia. ¿Lo entiende?

“Cuando goberné asumí decisiones difíciles. Me criticaron por la forma de gobernar, a veces mal. Hubo un momentos en los que encarné la dureza y yo mismo fui más duro. Puede que no encontrara palabras apaciguadoras. Pero no lo lamento. Tengo una especie de caparazón. Los insultos no me llegan”, le respondió.

El problema de cómo sumar

La operación paracaidista de Manuel Valls sobre Barcelona puede entenderse como un salto sobre terreno propicio solo si se considera que lo hace sobre el mapa electoral que dibujaron los resultados de Ciudadanos, la única fuerza política que se ha comprometido a sumarse a su proyecto, en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya. En los comicios del 21 de diciembre del 2017, los naranjas ganaron en Barcelona con 218.746 votos (42.000 más que los que auparon a Ada Colau a la alcaldía en el 2015) que representaban un 23,9% del electorado (eso sí, dos puntos porcentuales menos que los que sumó Barcelona en Comú en las municipales). Unas cifras que parecerían brindar una oportunidad sólida al exprimer ministro francés al cabo de solo un año y medio (porque el referente de los resultados de C’s en las últimas municipales, un 11% del voto, parecen más desalentadores).  Aunque insuficientes para compensar un previsible ‘casi todos contra Valls’ poselectoral, mucho más fácil de forjar que una aritméticamente inviable mayoría alternativa de 21 concejales que pudiese impedir una alcaldía de Colau o de un candidato independentista como fuerza más votada.

Pero la geografía electoral de Barcelona le pone muy difícil a Valls ir más allá de ese 23,9% de votantes. Aquellos extraordinarios resultados de la candidatura de Inés Arrimadas se produjeron en un ambiente de extraordinaria polarización entre unionismo e independentismo que arrastró a un mismo cesto el voto conservador de la zona alta y de los barrios de voto tradicionalmente obrero que auparon históricamente al PSC y a Colau en el 2015. Los mejores resultados de C’s se registraron en Pedralbes (41%), Zona Franca y Torre Baró (39%), Ciutat Meridiana (38%) Bonanova, Tres Torres y Roquetes (37%) y Trinitat Vella (36%). La consolidación de esta heterogénea pero insuficiente base pasaría por repetir el discurso de la confrontación contra el independentismo. Como ya ha hecho en sus primeras declaraciones sobre política lingüística, por ejemplo. Deberá hacer un extraordinario esfuerzo de transversalidad para hacer compatible ese discurso de movilización unionista con el necesario para ensanchar esa base hacia la izquierda sin perder el voto burgués o hacia la burguesía moderada sin perder el de Nou Barris. ERNEST ALÓS