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sector turístico

Los cruceros de lujo sucumben a Barcelona

Un 22% de buques que llegan a BCN son de élite o 'premium', mucho más rentables para la ciudad y menos notorios

Patricia Castán

Uno de los restaurantes a la fresca de los barcos de Crystal Cruises.

Uno de los restaurantes a la fresca de los barcos de Crystal Cruises.
Zona de entrenamiento al aire libre en un buque de Crystal Cruises.

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Aunque los megacruceros suelen ser los más mediáticos, el desfile cotidiano en los muelles de Barcelona se nutre tanto de buques populares para 5.500 pasajeros, como de apenas un centenar de viajeros en el segmento de lujo. Son dos realidades distintas y con un efecto muy dispar para Barcelona o cualquier destino. Los primeros tienen un gran impacto económico a la par que turístico en los flujos de la ciudad, mientras que los segundos pasan casi desapercibidos en la jungla de visitantes, pero generan un consumo individual mucho más alto. El Port de Barcelona calcula que el 22% de sus escalas de este año serán de las categorías de lujo (con más de 58.000 viajeros previstos) o Premium (más de 252.000). 

Entre sus usuarios hay viajeros adinerados, pero también cruceristas experimentados que buscan ir más allá y descubren que, con todo lo que llevan incluido en el precio, las rutas -a partir de unos 2.500 euros- no resultan tan caras. Eso sí, una suite con terraza panorámica y hasta jacuzzi, puede llevar cuatro ceros. 

Las navieras más prestigiosas del mundo apuestan desde hace años por la ciudad por un doble motivo: sus infraestructuras para iniciar o acabar este tipo de viaje con comodidad (vuelos directos, terminales portuarias nuevas...), y el tirón internacional de la capital catalana. Y eso que si algo destaca al segmento 'top' de las vacaciones en el mar es que al tratarse de barcos más pequeños y exclusivos pueden acceder a puertos donde no van los grandes cruceros. Palamós es un ejemplo.

Suite de uno de los buques de Regent Seven Seas.

El súmum de esta oferta elitista lo firman navieras como la italiana Silver Sea (este año con 11 escalas o de inicio/final de ruta en la ciudad), Seabourn (14), Regent Seven Seas (19), Crystal (6) o Azamara (12). ¿Qué se puede esperar de ellas? No la espectacularidad de un buque gigante de nueva generación que parece una ciudad flotante, pero sí un servicio personalizado y mucho más íntimo que convierte la experiencia en sibarita y acerca mucho más al viajero al destino.

El crucerista se encontrará de entrada con un proceso de embarque (por tamaño) mucho más rápido en las terminales y coronado por una copa de champán al subir a bordo. Si lo desea, en las categorías más altas un mayordomo le deshará el equipaje y le podrá gestionar las reservas que desee en restaurantes a bordo o futuras excursiones. No habrá que discutir para conseguir mesa para dos, ni hacer colas para acceder al restaurante principal y hallará bufettes abarrotados. Ni que acatar horarios de cena (mucho más abiertos que en un gran crucero popular), mientras que muchos restaurantes de especialidades estarán incluidos en el precio, igual que las propinas.

En lugar de espectáculos de Broadway, se encontrará con actuaciones de calidad pero de pequeño formato. Y en su tarjeta nadie tendrá que estampar el típico sello del 'todo incluido' porque todo el pasaje tiene a su disposición sin cargo bebidas alcohólicas. Tampoco habrá atascos a la hora de bajar a los destinos de escalas e incluso algunas excursiones pueden ser gratuitas.

El estilismo a bordo será informal -sus viajeros suelen llevar corbata el resto del año y en sus vacaciones prefieren no hacerlo- y las cenas de gala están, consecuentemente, en extinción. Aunque por la noche se respirará cierto ambiente de glamur. Ni que decir tiene, que el servicio de habitaciones es de 24 horas y sin cargos añadidos.

Rutas lejanas

Cuenta Juan Rodero, director general de Un mundo de Cruceros y de la marca Star Class, que comercializa la mayoría de las navieras de alta gama, que el viajero de lujo está dispuesto a viajar lejos porque el "destino es determinante" y dar por hecho que en todos esos buques encontrará una gastronomía excepcional y muchos servicios extra. Detalla que incluso sus clientes españoles -en eclosión- ya eligen más las rutas lejanas que las mediterráneas. Porque la mayoría en este nivel son repetidores y buscan nuevos horizontes, de la Antartida a Galápagos o Alaska. 

El especialista asegura que este segmento está al alza porque sus precios, pese a ser más altos, son competitivos por todo lo que incluyen y respecto a la suma de gastos que implica un destino tradicional de lujo. Y porque las flotas cada vez son mejores. Este año Seabourn estrena buque (Ovation), también Azamara, mientras que Crystal ha llevado el lujo incluso a rutas fluviales, Le Ponant está ampliando su cartera y Oceania renovará todos sus buques más antiguos en los próximos meses, por ilustrar la evolución que vive este segmento, que el año pasado también sumó estrenos de relumbrón.

Spa en un crucero de Le Ponant.

Barcelona acoge este 2018 otros muchos barcos pequeños que aportan pocos viajeros al cómputo -como los de Seadream, Le Ponant o Wind Star, entre otros-, pero cuya presencia implica muchas reservas hoteleras de lujo en la ciudad (si sus pasajeros empiezan o acaban ruta), de restaurantes de alto nivel, transportes privados y excursiones de pequeño formato con operadores locales, en busca de actividades no masificadas y culturales.

Este pastel, sumado a las Upper Premium (como Oceania Cruises, con 17 escalas y posiblemente la mejor gastronomía en alta mar; o Cunard, una histórica con las rutas transatlánticas más glamurosas) de alta gama pero con buques de mayores dimensiones y un coste algo más moderado; o las Premium (Celebrity, Princess Cruises...), con mejor servicio que las populares, inyectarán este año 310.000 pasajeros a Barcelona. 

Sin contar con que grandes navieras populares como MSC Cruceros buscan acomodo para sus viajeros más pudientes en la categoría Yatch Club de sus últimos barcos, que suponen prestaciones de lujo en un área acotada del barco, pero para quienes prefieren navegar en naves de tamaño XXL. 

Zona principal de piscina en un crucero de Oceania. 

La potencia logística de Barcelona a la que aluden Pérez y Rodero, hace también que muchos de estos buques hagan noche en la ciudad y tengan un mayor impacto económico, amén de abastecerse con productos frescos de calidad.
La visita a la ciudad, ayer, del novísimo Azamara Pursuit, fue otro ejemplo. La naviera de lujo del grupo Royal Caribbean ha incluido la capital catalana en su ruta inaugural, donde repetirá visita el próximo noviembre. Se caracteriza por escalas muy largas con inmersión total en los destinos. Tanto, que incluso han suprimido el tradicional casino a bordo por las muchas horas (durante los atraques) que permanecía cerrado. Casi 700 personas de medio mundo desembarcaron y otras tantas llegaron a la capital catalana para iniciar al atardecer una ruta de ensueño. H