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Laurencic, el artista de la tortura que expía 45 pecados de Barcelona

Susana Frouchtmann creció sin saberlo junto a la exesposa de aquel Fu Manchú de la guerra civil, diseñador de checas, y ahora reescribe su historia

Carles Cols

Alfonso Laurencic, a la derecha, y a la izquierda el retrato que con buena mano hizo él mismo de su esposa frau Preschern.

Alfonso Laurencic, a la derecha, y a la izquierda el retrato que con buena mano hizo él mismo de su esposa frau Preschern.

El título, El hombre de las checas, y, sobre todo, su morboso subtítulo, La historia de Alfonso Laurencic, el artista de la tortura, serían lo que en la jerga de los expertos en periodismo y redes sociales se conoce como un clickbait, un simple anzuelo de lectores, mejorable incluso con algo así como "Estas son las cinco peores torturas que ideó Alfonso Laurencic…, la quinta no te dejará dormir". Pero se trata de un libro, 252 páginas dedicadas a poner bajo el foco a este personaje real de la Barcelona de la guerra civil, un austrohúngaro alto, rubio, de elegante presencia, políglota, mentiroso, supuesto espía, músico en los mejores cabarets del barrio chino de antes de la guerra, exlegionario, exsoldado del primer ejército yugoslavo, el tipo que te roba la ropa mientras te bañas porque no tiene más ideología que vivir bien, todo eso y más y, sin embargo, un hombre que simplemente ha pasado a la historia como el malo malísimo que sublimó las torturas en las sucursales barcelonesas de las checas estalinistas. Lo ha escrito Susana Frouchtmann, por una motivación personal que, como se verá después, quita el hipo, y es, no solo una mirada sin precedentes sobre quién era en verdad Laurencic, sino también un manual sobre cómo debería llevarse a cabo siempre la profesión periodística, comprobando cada dato, tirando de todos los hilos. Un placer.

Austrohúngaro, alto, políglota, espía, músico, mentiroso, vividor..., pero hasta ahora, para la historia, simplemente el artista barcelonés de la tortura

La cita con Frouchtmann es frente al número 321 de la calle de Muntaner, porque ahí estuvo una de las 45 checas que en un momento u otro entre 1936 y 1939 estuvieron operativas en la ciudad. El edificio no ha cambiado. Sigue siendo un chalet, como tantos que había en aquella calle. Hoy es la sede de la Autoritat del Transport Metropolità (ATM). Mejor no hacer chistes sobre la tortura del metro en hora punta, porque el tema del que trata el libro encoge el corazón. Entonces, aquella finca era la sede del Servicio de Información Militar (SIM), mal lugar al que entrar detenido. El sótano en el que cosas terribles sucedieron sigue ahí, bajo el jardín de la parte posterior de la finca. No se organizan visitas. Ni a esa checa ni a ninguna otra. A Barcelona le gusta presumir de los refugios en los que la población se protegía ante los ataques de la aviación fascista, porque permiten construir una épica muy churchiliana, pero esta ciudad silba con disimulo cuando se trata de rememorar el cainismo que se desató en la retaguardia. 45 checas son muchas, se mire como se mire.

Susana Frouchtmann, en el palacete de Muntaner, 321 donde había una checa. / ELISENDA PONS

Las razones que llevaron a Frouchtmann a sumergirse en la perturbadora biografía de Laurencic no son las de revisitar el pasado con mirada crítica. Son otras. La cuestión es que se crió en una familia acomodada, de aquellas en las que en casa vivía incluso una institutriz para ella y sus hermanos. María Luisa Preschern, se llamaba. Frau Preschern, la llamaban ellos. Una mujer sin historia, suponían. Sí, sus padres le contaron en una ocasión que había estado casada, pero que el esposo fue fusilado en el Campo de la Bota, como tantos republicanos al final de la guerra. De niño no se presta mucha más atención a detalles así. Quizá, si aquella mujer hubiera tenido el carácter de la señorita Rottenmeier, tal vez los niños de la casa hubieran imaginado para frau Preschern un pasado inconfesable, como madame del Salón Kitty o algo peor, pero de tan seria y formal como se mostraba, no parecía nadie con un pasado interesante por descubrir. “Shhhh, deine Matter ist ausruhen”, les decía sin levantar el tono. Silencio, que mamá descansa. Su principal virtud, el motivo por el que había sido contratada, era que hablaba alemán.

"Un diablo, un Frankenstein..."

La sorpresa de Frouchtman fue que durante 76 años la biografía de Laurencic fue un simple y antiperiodístico corta y pega de un librito publicado en 1939

Solo un dato quedó colgado ahí, en la memoria de Frouchtmann, a la espera de ser repescado algún día. Que el nombre de casada de frau Preschern era Meri Laurencic, un apellido habitual en los Balcanes, pero inhabitual en esta riba del Mediterráneo. Entonces, en el 2015, se topó por azar con artículo del diario La Razón, dedicado exclusivamente a relatar quién fue Laurencic. Era rico en descripciones. "Un engendro de hombre, una especie de perverso Frankenstein". "Músico de profesión, ideó la instalación del metrónomo, un aparato de cuerda semejante a un péndulo que emitía un penetrante y continuo tictac para desesperar a los encerrados en las asfixiantes mazmorras". De repente, frau Preschern pasaba a ser la amante desconocida de Fu Manchú.

Las checas, efectivamente, fueron lugares de dolor y muerte que Barcelona hace mal en ignorar, como si no formaran parte de su pasado. En las celdas más minúsculas, casi armarios, los presos tenían que pasar horas apoyados sobre las puntas de los pies y con la espalda encorvada. En otras, los camastros eran superficies de cemento revestidas de brea y con una inclinación del 20%, para que el preso cayera cuando le podía el sueño. Laurencic pasa por ser el interiorista de las peores de aquellas checas. El suelo estaba sembrado de ladrillos de canto para que ni siquiera se pudiera andar y las paredes estaban decoradas con recreaciones de obras de Kandinski y Mondrian, porque se suponía que su observación constante irritaba el alma. "Solo un diablo como él pudo concebir un averno semejante", subrayaba aquel artículo que dejó sin habla a Frouchtmann.

Lo interesante es lo que sucedió después. Como periodista durante una buena parte de su trayectoria profesional, tiró de oficio. De buen oficio. Investigó. Tiró del hilo de decenas de pistas hasta que descubrió que todo aquello cuanto se había publicado hasta la fecha era esencialmente un cortar y pegar de un librito de notable éxito editorial publicado en 1939 por Rafael López ChacónPor qué hice las checas de Barcelona: Laurencic ante el consejo de guerra, un título sin duda goloso, todo un clickbait franquista.

Una serie de catastróficas decisiones

El cortar y pegar es la kriptonita de esta profesión. Si no la mata, la debilita. Entre 1938, la edición británica de Casa y jardín le dedicó un apasionado reportaje a la residencia bávara de Hitler. "Como anfitrión es un divertido contador de cuentos". El infortunio quiso que la revista llegara a los quioscos de Londres coincidiendo con la noche de los cristales rotos. Peor fue lo de The New York Times, que 12 días antes de que Alemania invadiera Polonia publicó un entregado reportaje al Hitler más hogareño. Qué error hubiera sido que aquellos textos hubieran sido sometidos después, durante décadas, a la gandula técnica del cortar y pegar. Así que, ¡exacto!, lo que hizo Frouchtmann desde el 2015 fue reescribir desde cero la vida de Alfonso Laurencic y por extensión la de frau Preschern. Exploró sus antecedentes familiares y descubrió, por ejemplo, lo nunca escrito, que el padre de aquel artista de la tortura, Julio Laurencic, fue un respetado barcelonés de adopción hasta los años 20, y la autora inició así, en eso el libro es una delicia, un paseo por la Barcelona de aquellos años, sobre todo a la que volvió Alfonso tras dejar atrás el Berlín de los cabarets, de Fritz Lang, de la libertad sexual, de las vanguardias artísticas, de la arquitectura Bauhaus y, en general, del despiporre, y que perdió su gracia con el ascenso del nazismo. En busca de una versión menor de todo aquello, pero igualmente tonificante, regresó Laurencic a Barcelona, a tocar en locales como el Oshima y el Shanghai, a la gran vidorra, hasta que estalló la guerra y comenzó a encadenar una serie de castatróficas decisiones.

Dejó el vibrante Berlín de los locos 20 y buscó un sucedáneo en la Barcelona de los 30, la de las noches del Oshima y el Shanghai

Terminó un día en la cárcel, ni por fascista ni por poumista, sino por pillo, por sus andanzas a veces fuera de la ley, y allí hizo lo que haría cualquiera, sobrevivir. Dijo ser arquitecto (no lo era) y capaz de empeorar las condiciones de reclusión de los presos políticos a cambio de mejorar las suyas. A eso se dedicó. Redecoró solo dos checas de las 45 de Barcelona. La historia le recuerda, sin embargo, como el artista de la tortura. 

Cuando Franco entró en Barcelona (el 80º aniversario se cumplirá el próximo 26 de enero), ya no estaban en la ciudad ni el general Alexander Orlov, jefe de la policía secreta del Kremlin, ni Erno Gerö, principal promotor de las checas, ni Santiago Garcés, jefe superior del SIM, ni un tal Walter, del que se desconoce el apellido, el más temible interrogador, ni Manuel Escorza, responsable de la peor de las checas, la de la calle Sant Elies… Solo quedaba Laurencic, que patéticamente en el juicio se quiso hacer pasar por franquista. Él expió en el Campo de la Bota los pecados de quienes habían huido y, también, los de esta Barcelona que a veces hace ver que nada de todo esto sucedió aquí.

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