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REGULACIÓN PENDIENTE

El avispero de la música callejera

Ayuntamiento y artistas que tocan en la calle inician negociaciones para resolver una situación de intemperie legal que unos y otros consideran injusta

Nando Cruz

Músicos callejeros, delante de la Catedral. / FERRAN SENDRA

Músicos callejeros, delante de la Catedral.
Músicos tocando en la plaza Nova.

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La música en la calle proyecta un ideal de cultura viva y popular que Barcelona explota como atractivo turístico. Sin embargo, también arrastra un estigma de desorden y marginalidad que hace que la ley lo persiga. El gobierno municipal de Ada Colau asegura considerar el arte callejero como un bien cultural, pero más allá de las palabras hay cientos de multas e instrumentos decomisados.

El arte callejero es ese avispero en el que ningún político quiere meterse porque eso supone enfrentarse a un colectivo complejo y poco articulado. Aun así, en el último año y medio, el Institut de Cultura de Barcelona, en la persona de Daniel Granados, asesor de presidencia del Comissionat de Cultura Joan Subirats, ha mantenido reuniones con distintos colectivos de músicos para resolver una situación que los músicos y el consistorio califican de injusta.

El último capítulo de esta serie de encuentros fue un taller organizado en las jornadas ‘Cultura Viva’. El plan es abrir nuevos puntos de música callejera fuera de Ciutat Vella. Algunos músicos ya tocan en Gràcia y Sants, aunque legalmente solo hay 21 puntos, todos en Ciutat Vella. En el taller, los músicos debían señalar calles o plazas estratégicas para nuevos acoger puntos, pero su día a día es tan complejo que optaron antes exponer sus penurias y quejas. Y algunas les desaconsejaban colaborar en este plan en apariencia beneficioso.

Miedo a una guerra civil

"Si marco un punto en la calle Astúries, donde ya sé que hay músicos tocando, solo consigo es desatar una guerra civil entre músicos", temía Merx, una de las participantes del taller. Se refiere a que si en esa calle ya toca un músico sin licencia y en un futuro se podrá tocar, pero solo con licencia, si este músico no la obtiene, habrá sido desplazado por otro compañero. La última vez que se convocaron 30 plazas se presentaron 180 personas, de modo que abrir nuevos puntos aumentaría las plazas, pero muchos músicos rechazan este sistema de licencias porque dársela a una persona implica ilegalizar al que no la obtenga.

"En Ciutat Vella ya convivimos con vergüenza músicos con y sin carnet", lamenta Rubén H. Este músico, como muchos más, alerta de que exportar el modelo de licencias replicará la problemática de Ciutat Vella. "Las licencias son el pecado original", confirma Gora, otro de los 120 músicos con licencia que hay en Barcelona. Granados asume que la actual situación "es injusta porque criminaliza a los músicos de calle" y desea acabar con la "intemperie legal" que condena al músico a ser multado. Los músicos celebran que esté empezando a cambiar algo, pero critican que el consistorio les utilice para legitimar un plan diseñado desde arriba y niegan que haya habido un proceso participativo real.

Legislar espacios, no personas

Muchos músicos verían más útil una normativa que decida sobre qué puntos se puede tocar y que, a partir de ahí, pudiera tocar cualquiera. Si el ayuntamiento habla de puntos fijos, los músicos prefieren hablar de zonas. Si el ayuntamiento propone puntos verdes donde tocar, ellos prefieren hablar de puntos negros en los que esté prohibido y que el resto de la ciudad sea un inmenso punto verde. Cabe destacar que los músicos son los primeros interesados en consensuar cualquier tipo de mapa con las asociaciones vecinales para prevenir conflictos.

Otro punto de discordia es que los músicos desean que cualquier futura normativa se amplíe al resto de artistas: mimos, actores, bailarines, trapecistas y demás. Y también a los que estén de paso por la ciudad. La cantante Francesca Frigeri sintetizó esa necesidad del colectivo con el siguiente deseo: "Tenéis que legislar pensando tanto en los artistas que tendrán licencia como en los que no".

Una plataforma unificadora

En 2014 nació la Plataforma de Artistas de Calle de Barcelona, un colectivo con voluntad de aglutinar músicos de Ciutat Vella, del Park Güell, del metro, estatuas de la Rambla y todos los demás artistas de calle con o sin licencia. Ya tienen una red de comunicación y apoyos de unos doscientos artistas, cifra que probablemente no suponga ni un 25% de los que trabajan en Barcelona. Uno de los planes sobre su mesa es elaborar un código interno de buenas prácticas.

La plataforma ve esencial que el ayuntamiento haga un trabajo de campo minucioso para conocer de cerca la complejidad del sector. Recorrer la ciudad es la única forma de comprenderla, dicen. Otra demanda ya ha sido aplicada: una persona trabaja a jornada completa en el asunto callejero. Su oficina puede ser ese espacio desde el que hacer ese trabajo de campo y explorar un modelo de gobernanza compartida que tanto músicos como consistorio verían viable.

Lo que sí ha hecho el consistorio es analizar la ordenanza cívica. Y su intención sería derogarla. Hablamos de una ley que trata al músico callejero en el capítulo de "contaminación acústica". La abogada Cristina Fernández, de la tercera tinencia de alcaldía, opina que esta norma "estigmatiza a determinados ciudadanos y los expulsa del espacio público". Pero con un gobierno en minoría no hay modo de tumbarla. Lo sabe Barcelona en Comú y lo saben los músicos.

Estrés postraumático

Las chispas saltaron varias veces en el taller, pero a la salida muchos músicos celebraban haber podido contrastar pareceres con otros colegas del gremio y calificaban ese encuentro como "el principio de algo". Aun así, a Rubén le duele que el ayuntamiento pretenda negociar como si aquí no hubiese pasado nada. "Si nuestra situación es injusta, que nos quiten las multas y nos devuelvan los instrumentos", reclama. E insiste una y otra vez en que en este colectivo mucha gente sufre estrés postraumático debido a tantos años de presión y represión.

La carpeta ‘músicos de calle’ quizás sea la más complicada que tiene el Icub sobre la mesa. Aun así, algunos músicos creen que nunca se había estado tan cerca de una solución. Uno de los pocos acuerdos que salieron de esas jornadas fue programar otro encuentro cuanto antes para seguir dialogando. Menos es nada. Porque si uno de los bandos flaquea, se volverá a la casilla de salida: a esa Barcelona que de puertas afuera alardea de la vitalidad cultural de sus calles y de puertas adentro trata a los artistas callejeros como delincuentes.