BARCELONEANDO

Ser o no ser un suvenir

Los artistas Arcadi Poch y Lucas Milà pintan la fachada de un hotel de BCN con un enorme Gaudí mirando estupefacto un suvenir de la Sagrada Família

Los artistas dando los últimos toques a la obra. / JOAN PUIG

Los artistas dando los últimos toques a la obra.
Poch y Milà y el rostro de Gaudí.

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Mauricio Bernal

Según como se mire, resulta que ser un suvenir es un triunfo. Quizá no la clase de triunfo que el artista andaba buscando, quizá arrugaría el ceño si alguien, un vidente con poderes sobrenaturales se presentara en su estudio, su despacho o en la puerta de su taller y le dijera que el porvenir le tiene reservado convertir su obra en una estatuita reproducida millones de veces en alguna oscura fábrica de alguna remota región de China; quizá, más que arrugar el ceño, tendría un ataque de náusea solo de pensar en ver el fruto de su desvelo convertido en mercancía fabricada con materiales sintéticos de bajo coste, hecha para ser expuesta en el mejor de los casos en una repisa junto a un cenicero y una bailarina de porcelana, y en el peor, para ser olvidada en el fondo de un cajón, o en el bolsillo lateral de una maleta. ¿Era esa la inmortalidad que le deparaba el tiempo? Por fortuna para el artista los videntes con poderes no existen, y el tiempo que tiene que pasar para que las obras se vuelvan suvenires es tanto que su indignación si acaso quedaría registrada en un imperceptible y subterráneo estremecimiento de cenizas. Para los que creen en fantasmas.

"Es una imagen imposible, pero sencilla, y susceptible de ser interpretada de varias maneras"

Pero según como se mire es un triunfo, porque al fin y al cabo es el estadio final de la entronización de la obra: ya obtuvo los debidos reconocimiento y fama, ya fue expuesta en los grandes museos o ya fue declarada patrimonio; ya forma parte de un imaginario común. Paradójicamente, volverse barata, volverse estatuita de plástico, en resumidas cuentas volverse popular es el último eslabón de la cadena. Quizá piensa en eso Gaudí mientras levanta en la mano una de esas estatuitas de la Sagrada Família, de su Sagrada Família, estatuita que alguien le ha llevado al taller o que él mismo ha comprado en una tienda de la Rambla y la mira así, con curiosidad, acaso preguntándose qué ha hecho él para merecer esto, o acaso orgulloso, quién sabe, de que su magna obra haya acabado convertida en adorno de salón de hogar. Han obrado esta especulación pictórica los artistas Arcadi Poch y Lucas Milà y lo han hecho en la fachada del Hotel Sagrada Família, en la calle de Còrsega, casi en la esquina con Marina. Gaudí, y no sus cenizas, enfrentado al porvenir.

El paraguas de Harpö

“Se trata de suscitar la reflexión”, dicen. “Nosotros lo vemos como: ‘Qué pensaría Gaudí si levantara la cabeza’”. Poch y Milà son dos personajes conocidos del mundo del arte urbano de Barcelona, dos artistas que llevan años trabajando en la calle, pero no solo en la calle. El mural que acaban de dar por terminado al cabo de dos semanas de trabajo –no es ampuloso decir que intensas– lo han llevado a cabo mientras por ejemplo Milà ultimaba los detalles de una exposición, 'Mundo apalingo', que inauguraba este jueves por la noche en Le Bath Gallery de Gràcia, y mientras Poch trabajaba hasta bien entradas las madrugadas en un libro sobre arte político, 'Artivism', que tiene comprometido con una editorial londinense. Cuando se juntan para pintar juntos lo hacen bajo el rótulo de estudio Harpö, y así han hecho hasta media docena de trabajos, normalmente por encargo. Hace un par de años, después de pintar la fachada de un edificio en Muntaner con Provença, los llamó la interiorista del Sagrada Família. Querían hacer algo en su fachada, pero no sabían qué. Estaban abiertos a propuestas.

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Gaudí mirando el suvenir es como Goya descubriendo que su obra ha sido convertida en imán para neveras

Gaudí mirando atentamente el suvenir –decir analizando también sería apropiado– es casi lo mismo que pensar en Goya descubriendo que 'Saturno devorando a su hijo' ha sido convertido en un imán para neveras, o que ser un Van Gogh resucitado que ve que la gente se toma el café en tazas grabadas con su rostro. “Es una imagen imposible, Gaudí con un suvenir, pero sencilla, y susceptible de ser interpretada de varias maneras”. Ahora que las hojas de los árboles casi todas han tocado suelo el mural se puede ver con facilidad desde casi cualquier lugar de la calle, pero está igualmente concebido para que en verano la gente pueda aprovechar las ventanas que deja la frondosidad. Allí estará, entre las hojas de los plátanos, Gaudí intentado responder a ese misterio existencial. ¿Es bueno ser un suvenir?