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BARCELONEANDO

¡Vamos a necesitar un Born más grande!

El barrio pierde su penúltima tienda icónica, Casa Calicó, proveedor, si fuera el caso, de arreos de pesca para el mismísimo capitán Quint

Carles Cols

Casa Calicó, una esquina más que centenaria de la plaza de las Olles, a punto de perder su encanto.

Casa Calicó, una esquina más que centenaria de la plaza de las Olles, a punto de perder su encanto. / CARLOS MONTANYES

La Casa Calicó, cañas y otros arreos de pesca desde 1850, que se dice pronto, deja el Born. No echa el cierre. Se va al Poblenou, al número 94 de la calle Àvila, pero el Born, lo cual ya no es noticia, sino una simple reiteración, pierde otro establecimiento icónico, en este caso de una esquina de las plaza de las Olles. La culpa, una vez más, es de la ley de arrendamientos urbanos, que le ha hecho al rico tejido comercial de parte de esta ciudad lo que la Luftwaffe a Londres. Qué desastre. Pero eso, aunque tremendo, ya se sabe, ya se ha llorado. De lo que aquí se trata es de hacer una última visita a Casa Calicó antes del traslado, como quien va en busca del Roger Willoughby barcelonés, delicioso personaje que Rock Hudson interpretaba en ‘Su juego favorito’ y, ¡toma ya!, encontrase cara a cara con el capitán Quint, nada menos que Robert Shaw en ‘Tiburón’, el único al que no le parece pequeño su barco para cazar a la bestia que aterroriza a Amity Island.  Bueno, es una exageración, sí, pero es que Daniel, que ocupa actualmente el trono de la saga Calicó, es más Quint que Willoughby. Les cuento.

A todo aquel que sepa algo del lago Wakapoogee, Casa Calicó le resultará familiar

‘Su juego favorito’, por si alguien no la ha visto, es una de aquellas ocasiones en que Howard Hawks revisitaba su propia filmografía. Es una versión en colores ‘La fiera de mi niña’. Willoughby, el protagonista, no solo es un extraordinario vendedor de artículos de pesca, sino que es también autor de una biblia de referencia para los aficionados de este deporte. El problema es que jamás ha ido de pesca y el dueño de los grandes almacenes para los que trabaja le inscribe en un concurso. Es una de aquellas comedias que crean en el imaginario cinéfilo lugares inexistentes pero inolvidables. El lago Wakapoogee, por ejemplo. Total, que con solo el mostrador de Casa Calicó de por medio, la primera pregunta para Daniel es esa. Imprudente. ¿Pero…, tú pescas?

Daniel y 75 centímetros de calamar

Es, como se verá, la pregunta de un besugo, en la segunda acepción que la RAE le dedica a esta entrada del diccionario. Daniel Calicó, hijo de Enric Calicó y nieto del Joan Calicó que en 1932 le compró el negocio a los Borrull fundadores de la tienda, gira la pantalla del ordenador que tiene junto a la caja registradora y abre una foto que quita el hipo. Ahí está él con un calamar de tres palmos y 1,7 kilos de peso, sacado a pulso desde una playa local, con el exigente juego de manos y paciencia que requiere el ‘eging’, una técnica de pesca japonesa concebida especialmente para llevar cefalópodos del mar a la mesa sin necesidad de embarcarse. La repera.

El joven y el mar

No es que aquella captura fuera la versión mediterránea de ‘El viejo y el mar’, un pulso con un feroz marlín, pero los calamares son muy pillos, muy dispuesto a perder una pata con tal de que el pescador pierda una captura, o sea, la cotidiana ‘lose-lose situation’ de los mares. “Cuando el calamar muerde el cebo es muy sutil. A veces, los más grandes parecen desde la caña los más pequeños. Es un leve tirón. Es entonces cuando comienza la lucha”, cuenta Daniel. Allí, entre carretes Penn Reels, sedales y salabres (sánscrito para el que aquí escribe), explica que estos camaleones del mundo submarino tienen sus técnicas de fuga. Hincha el cuerpo con agua y la expulsan a propulsión. Un error al otro extremo del sedal, en la caña, una mala interpretación de la resistencia que hay que ofrecer, y adiós cena.

A las únicas redes que teme un buen aficionado a la pesca es a las sociales

Vale, es solo un calamar, no un kraken, pero de tres palmos, muchos aros a la andaluza, y es, a fin de cuentas, la confirmación de que Casa Calicó no es solo una tienda centenaria, sino también un buen puerto al que ir a pescar anécdotas. De entrada, por ejemplo, que los pescadores son como los magos, poco dados a revelar sus trucos, reacios a desvelar dónde encontrar esas lubinas que no caben en un horno doméstico, que las hay. El buen pescador de caña no es a las redes de barca a las que más teme, sino a las sociales. ¿Por qué? Por malas experiencias. Había un grupito, del que formaba parte Daniel, que iba calladamente a un espigón cercano como si aquello fuera la fuente de la juventud eterna, o sea, un secreto inconfesable. “Un día apareció una foto en Facebook, de todos nosotros, en plena jornada de pesca”. Al día siguiente, había decenas y decenas de aficionados. Un disparate.

Guapos para siempre, qué mentira

Total, que Casa Calicó se va de la plaza de las Olles. Tienda y recuerdos se van al Poblenou. El corazón del Born fue antaño, por decirlo moderno, un ‘hub’, cerca del puerto, cerca de la estación de França… Cuando el abuelo Joan compró el negocio, la pesca era aún más un modo de llenar la nevera que un pasatiempo, pero ya intuyó que terminaría por ser una pasión, un tipo de ocio. Pero el Born ya no es lo que era. Los locales son más deseados que un buen atún. Suben los precios, lo cual será bueno para los rentistas en particular, seguro, pero es malo en general porque disminuye la biodiversidad comercial. De Casa Calicó quedará solo la artesanía de sus puertas y, justo en la esquina, una placa que el ayuntamiento le concedió en los años 90 dentro de la campaña posolímpica ‘Guapos per sempre’. Qué poco ha durado ese para siempre.

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