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BARCELONEANDO

Helicópteros que espolvorean piojos en los colegios

En Barcelona, infinidad de progenitores viven en silencio, por miedo al estigma, la invasión de los bichos en las cabezas de sus hijos, cuando no en las suyas

Toni Sust

Una profesional del exterminio de piojos escudriña el cráneo de un niño.

Una profesional del exterminio de piojos escudriña el cráneo de un niño. / ELISENDA PONS

Qué ilusión tener hijos. Igual de mayores son científicos o futbolistas. Entretanto, hay que alimentarlos y escolarizarlos. Y asumir peajes. Cuando entran en el colegio toca ingresar de nuevo, con otro papel, en la comunidad educativa. Fiestas, reuniones con profesores, el mundo de las extraescolares. Los deberes.

Uno de los precios más terribles es volver, si es que se había conocido antes, pero mucho antes en cualquier caso, al mundo de los piojos. La niña, qué simpática la niña, cómo toca el piano, qué mona incluso, no pintaba que sería tan guapa, llega rascándose como un demonio. Qué gracia, tiene piojos, qué sorpresa.

La gracia dura dos horas. Mensajes sutiles al respecto en los grupos de whatsapp de padres, que más bien suelen ser de madres, desvelan que el fenómeno ha alcanzado a varios de los niños y niñas. Los niños, bueno, a algunos se les rapa, como antes. Pero a la niña le gusta tanto llevar el pelo largo.

UNA LIENDRERA EN EL LAVABO

Así empieza el infierno. Si usted quiere saber si a sus amigos también les pasa, fuerce una visita a su domicilio y pida ir al lavabo. Más o menos escondida, allí estará esa herramienta terrible. La liendrera. Casi nadie lo cuenta. Tener piojos es de guarro.

Si quiere saber si a sus amigos también les pasa, fuerce una visita a su casa y rebusque en el lavabo. Encontrará una liendrera

Los piojos vienen del colegio. Queda claro en seguida. Pero el colegio responsabiliza a los padres. El mensaje es rotundo y llega en forma de cartas de advertencia y de mensajes vergonzantes en las reuniones. Si unos padres ignoran el asunto, qué más da que el resto se pasen la vida despiojando a sus menores. La plaga seguirá. Todos en la reunión se miran sorprendidos. Quién podría ser tan irresponsable.

En el concierto de Navidad, madres que susurran porque un par de escolares, hermanos, se rascan mientras cantan. "Mira, es que no se los quita", dicen acusando a una tercera que se sienta tres filas atrás. Y la señalada, que intuye el juicio, no duda en contratacar con una gran sonrisa cuando después le sacan el tema: "Los míos nunca han tenido".

PRODUCTOS DEL AVERNO

La liendrera llega acompañada de una serie de productos que tienen que ser derivados del napalm. El tratamiento. Un olor horrible, con aroma de destrucción. No faltan padres que atribuyen a estos potingues el inicio de la alopecia. Cuando los tratamientos se acumulan, porque se acumulan, queda claro que los bichos le tienen cogida la medida.

EL PERIÓDICO

Un lozano ejemplar de pediculus humanus.

Hay madres que han encontrado en la liendrera una pasión, la forma de retomar aquel vicio inexplicable de hacer estallar espinillas. De cómo los piojos afectan a la vida de pareja también se podría escribir. Cenando en un restaurante, en el cine, esperando el autobús, te das cuenta de que de pronto ella te mira de reojo, fijamente. Podría ser un arranque de amor pasional, se mantiene la llama. Pero en realidad está mirándote el pelo a ver si se mueve algo. En casos de mucho vicio, no puede evitarlo y empieza a rebuscar, cual gorila en un documental. "Aquí no, que nos ven". Se conocen casos de madres que esperan a que sus hijos se duerman para visitarles el pelo de noche, linterna en mano.

Este diario ya explicó hace años en detalle cómo la proliferación de los piojos ha dado pie a un negocio. También allí se dan situaciones que responden a una espiral del silencio. La niña mona que toca el piano va por enésima vez a que le vacíen ese pelo bonito de pediculus humanus, como se denomina científicamente al piojo. Y se encuentra con una conocida del colegio. Mañana, en clase, evitarán comentar dónde coincidieron.

Hay madres que han encontrado en el desparasitar la pasión que les suscitaba hacer estallar espinillas

Algunos padres se atreven a revelarlo en el trabajo. Nunca les volverán a mirar igual. Están las reacciones amables: "Dicen que los piojos van al pelo limpio". Y las comparativas: "Pues mi perro nunca ha tenido pulgas".

Sí, quizá las teorías de la conspiración sean absurdas, quizá el hombre viajó a la Luna y no haya helicópteros espolvoreando piojos sobre los colegios. Pero es difícil no sospecharlo.

El ciclo se cierra cuando la niña mona que trajo los bichos a casa te aparta sobresaltada cuando te acercas a hacerle una carantoña. "Perdona, papi, es que igual tienes piojos".