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TRANSFORMACIÓN URBANA

Sant Antoni, un barrio camaleónico

La reforma del mercado, el proyecto de la ampliación de la L2 y la apertura de varios restaurantes han transformado el barrio en un eje gastronómico

Los vecinos lamentan la subida astronómica de los alquileres y la pérdida del comercio de proximidad

CRISTINA SAVALL / BARCELONA

La pequeña pastelería Zuckerhaus, de la calle Parlament, respeta los azulejos originales de la fachada de una antigua peluquería. / FERRAN NADEU

La pequeña pastelería Zuckerhaus, de la calle Parlament, respeta los azulejos originales de la fachada de una antigua peluquería.
Môn Mas, nueva tienda especializada en productos ecológicos y a granel.
La antigua horchatería y turronería Sirvent, de la calle Parlament.
La carpa provisional donde se encuentran las paradas del Mercat de Sant Antoni, que tiene prevista su reapertura a finales del 2017.
La librería y papelería Torradas, en la esquina de Manso con Borrell.
Obras en un nuevo local gastronómico junto al clásico restaurante Pa i trago.
Casa Gallofré, centenaria tienda de géneros de punto de la calle Manso.
El concurrido Federal Cafè, en la calle Parlament.
La Bodega den Rafel, de la calle Manso, es el lugar de encuentro  de los vecinos de Sant Antoni a la hora del aperitivo. 
La frutería Ureña, una tienda que lleva más de 20 años en Sant Antoni.
El bar Tarannà, en la calle de Viladomat, del barrio de Sant Antoni.

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La reforma del histórico mercado de Sant Antoni es una onda expansiva para el barrio, así como las obras de continuación de la línea L-2 del metro, que prevé construir hasta 21 estaciones más, para conectar, a partir del 2020, hacia el sur con la Zona Franca y el Aeropuerto del El Prat. Es el enclave barcelonés que más ha mudado su tejido comercial en estos últimos años, transformándose en una peladilla turística por su variada oferta gastronómica y por la combinación de locales de diseño que conviven junto a bodegas, restaurantes y tiendas con solera que aún logran sobrevivir a la subida del precio de los alquileres.

A ello se une la remodelación de la avenida del Paral·lel, su arteria principal, que fue hace cinco años la elegida por Ferran y Albert Adrià para abrir Tickets, en su cruce con la calle Tamarit. Los prestigiosos chefs animados por el éxito de este restaurante con estrella Michelin siguieron apostando por el barrio con Niño Viejo, inspirado en la moderna cocina mexicana, Hoja Santa y la Bodega 1900, y en breve inaugurarán el ambicioso Enigma en la calle de Sepúlveda. Estos nidos gastronómicos con el sello Adrià han impulsado a muchos emprendedores a invertir en Sant Antoni, sobre todo en la calle Parlament, todo un fenómeno culinario que atrae a viajeros y vecinos de otros barrios.

Si las guías turísticas antes recomendaban especialmente el BornGràcia y el Raval como los lugares más chics para pasear por Barcelona, ahora aconsejan las calles de Sant Antoni, especialmente para los  'hipsters', que siempre buscan las tendencias más modernas. Y justo ese ha sido el efecto mariposa que ha terminado dañando a la vida vecinal de un barrio en el que los alquileres han subido vertiginosamente.

ERA COMO UN PUEBLO

Marta Gracia (Barcelona, 1948), ya jubilada, lleva 25 años en Sant Antoni, pero ya no puede más. "Acabo de vender mi piso sin ascensor. No tardé nada, enseguida lo compraron. Me voy a vivir Torredembarra (Tarragonès). No me gusta cómo está cambiando el barrio. Demasiado movimiento y cada vez más caro. Hace pocos años era como un pueblo. Conocías a los vecinos, te parabas a hablar por la calle. Hoy solo me cruzo con turistas o chinos, que son los que más locales tienen", explica Gracia, que durante años trabajó de secretaria administrativa en un colegio.

"Acabo de vender mi piso sin ascensor. Me voy. No me gusta cómo está cambiando el barrio", reconoce Marta Gracia. 

Lo que más le gusta de Sant Antoni es que, "de milagro", todavía peduran locales como la Bodega d'en Rafel, de la calle de Manso, que mantienen el espíritu de antaño. "Aquí nos reunimos un grupo de amigos a tomar un vermuth", cuenta Gracia bajo la pizarra que anuncia las tapas tradicionales del lugar.

Desde gildas a boquerones, caracoles, bombas, patatas de Olot a pies de cerdo. Rafel Jordana es el propietario. "Durante años hemos funcionado por el boca a oreja, pero ahora también por internet. Bienvenido sea el turismo y todos los 'erasmus' que buscan la Barcelona auténtica", clama Jordana, que asumió el local cuando murió su suegro, que lo regentaba desde los años 60. "Hay buena armonía. No es un bar al uso. Hay vecinos y extranjeros. Lo importante es que vuelven", considera. Y lamenta que la presión de las inmobiliarias es muy fuerte. "No sé si todos los que quedamos podremos con eso".

Xavier Correcher es un pensionista que ha trabajado media vida en Transports Metropolitans de Barcelona. "Lo que está pasando en Sant Antoni es increíble. Cuando abra el mercado ya no quedará nadie del barrio. El Rincón de Galicia de la calle de Manso ya está en traspaso. Perdemos el mejor codillo y el mejor cocido de toda Barcelona", asegura.

EN LA UCI

Casa Gallofré cumplirá 103 años en enero. Cuatro generaciones de la misma familia han regentado esta histórica tienda de géneros de punto especializada en tejidos de lana, algodón e hilo. Conserva la decoración original de 1914 con su mostrador de madera y mármol, las estanterías y sus baldosas modernistas. Rosa Maria Gallofré muestra un bañador masculino con pantalón por encima de la rodilla y tirantes de hace cien años, que saca del almacén. "El local es de alquiler. !No sé cuántas tiendas hemos pagado en un siglo! Desde el 2006, la tienda está en la uci. La gente joven compra diferente, ya no valora la calidad de una buena camiseta o un calcetín. Nuestros clientes son personas mayores, y cada vez quedan menos en en barrio", señala Gallofré.

Ricard Torradas es la tercera generación que administra la librería papelería Torradas en una esquina de Borrell. "El comercio de proximidad vive del mercado, y ya llevamos ocho años con las obras. En poco tiempo han cerrado varios comercios de toda la vida, entre ellos Foto Rondas, Lámparas Estel y Plàstics Rafel. Es la gota malaya. Cada semana abre un restaurante", dice. Justo al lado del clásico El pa i el trago, en Parlament, hay un nuevo local en obras. Desde la acera ya se ve una barra y unos tamburetes cubiertos de plástico. Es el signo de los tiempos de una calle en la que hay más bares de tapas que panaderías.

La excepción es la horchatería y la turronería Sirvent. Encarna Ramos, empleada de hace años, informa que la empresa abrió en 1920. "La tienda de Parlament se inauguró más tarde, en 1943. Hemos pasado de ser una calle de comercio familiar y tradicional a ser el epicentro del ocio gastronómico", compara.

Manuela Caruso es alemana de origen italiano. Paseaba por el barrio y descubrió una vieja peluquería con una maravillosa fachada de azulejos. "Llevaba 30 años cerrada, cuando se puso en alquiler pude entrar, me enamoré y me la quedé". Ahora es una coqueta pastelería llamada Zuckerhaus, pero mantiene el rótulo y la decoración exterior original. "Para mí es un cambio positivo que Barcelona tenga vida más allá del centro".

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