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Raval, Poble Sec y Sant Antoni cavan una trinchera común contra la gentrificación

Vecinos de tres distritos celebran una rúa que visita los puntos calientes de lucha de cada barrio

CARLES COLS / BARCELONA

Ha sido la primera manifestación transversal que se celebra en Barcelona contra la gentrificación, un anglicismo que hace 10 años estaba en boca de muy pocos, pero que actualmente comienza a ser sintomáticamente de uso muy común. Define la expulsión de los vecinos más humildes de un barrio con unas armas de una eficacia demoledora, las leyes del mercado, por nuevos residentes con mayor poder adquisitivo. Unas 300 personas han recorrido durante dos horas las calles del Raval, Poble Sec y Sant Antoni para mostrar siete ejemplos claros de cómo se lleva a cabo la gentrificación. Una 300 personas, ¿poca gente? Según se mire. Las estadísticas oficiales revelan que Ciutat Vella pierde 107 vecinos cada mes que pasa. Este distrito es la Venecia de Barcelona, pero la mancha de aceite de sus problemas empapa ya otros barrios de la ciudad. La manifestación de este sábado de puente no ha sido singular solamente por su lema principal, ‘Nos están expulsando del barrio’, sino porque ha sido, además, la primera ocasión que en que distintas plataformas que hasta ahora plantaban cara en solitario han formado una alianza reivindicativa.

La protesta denuncia una dinámica diabólica: se echa a los vecinos para crear empleo precario

Sobre la gentrificación en ciudad como Nueva York se han escrito tomos. Las dimensiones de aquella metrópolis propician que barrios marginales sean tomados a bajo precio por la clase media del otro extremo de la isla. Barcelona, como Venecia, le ha puesto un acento distinto a este proceso de transformación social, pues el nuevo vecindario no entra a formar parte del padrón, son los turistas. Por eso, esta confederación de protestas que ha echado a rodar este 10 de diciembre (Rimaia, Teatre Arnau, Can 60, Talia, gimansio Sant Pau...) lo ha hecho, simbólicamente, en el solar del Portal de la Santa Madrona donde está prevista la construcción de un hotel, junto a las Drassanes. Allí ha tomado la palabra un vecino con 50 años de residencia en el Raval sur, Mario Aguiló, el portavoz perfecto para una protesta de este tipo. En su opinión, la dinámica es diabólica, pues se expulsa a los vecinos para crear puestos de trabajo precarios. Aguiló, antes de la protesta, decidió hace unos días pasar unas horas de conversación con el colectivo de las ‘kellys’, las que limpian habitaciones de hotel, que “también las llaman mujeres del ibuprofeno”, porque solo con antiinflamatorios pueden resistir las jornadas laborales.

“¡No al hotel, no al hote!”. La protesta contra la gentrificación ha iniciado así la marcha. Es un grito de protesta extraño. Hace un par de décadas, cuando Barcelona era una ciudad muy distinta a la de hoy en día, un grito de protesta como este habría sonado tan extraño como un ‘no a la biblioteca’ o un ‘no a la oficina de correos’, por buscar dos absurdos. Actualmente, no.

HOTELES DESCUBIERTOS Y ENCUBIERTOS

El cartel oficial de esta nueva lucha vecinal confederada era, en lo que comienza ya a ser un recurso común, la tapa de una caja del Monopoly, ya se sabe, ese juego en el que suelen perder las partidas quienes no son dueños de casas y hoteles. En el caso de Barcelona, la definción de lo que es o no un hotel es cada día que pasa más vaporosa. Por eso, una de las paradas de la rúa reivindicativa ha sido en el llamado solar Talia Olympia de la avenida del Paral·lel, donde está proyectada una residencia de estudiantes. Los vecinos temen que allí que ocurra lo que en Gràcia, donde el ‘numerus clausus’ de hoteles lo esquivó este sector empresarial con la treta de promover albergues, un producto administrativamente distinto, pero a la hora de la verdad indistinguible de un hotel. Con las residencias de estudiantes, los vecinos de la protesta creen que pasa poco o mucho lo mismo.

El caso del gimansio Sant Pau es simbólico, porque los empleados ha decidido no claudicar movidos por el miedo

La gentrificación no es solo un proceso de expulsión. Es también un cambio de paisaje. El caso extremo mundial es, por supuesto, Venecia, donde cierran las escuelas y los ambulatorios en la zona más turística porque no tienen razón de ser. Barcelona no está en esa fase, pero la rúa ha realizado una parada que tiene algo que ver con ello en el gimnasio social de Sant Pau. Allí ha tomado la palabra Ernesto. En opinión de los presentes, el discurso lo ha bordado. "No somos víctimas de la gentrificación, somos luchadores contra la gentrificación". Los empleados de este singularísimo gimnasio del Raval se enfrentan a una inminente orden de desahucio. Las negociaciones para evitar ese punto de no retorno hace semanas que duran. En un determinado momento, a los 17 empleados se les pusieron sobre la mesa dos opciones, para que eligieran: una prórroga de dos años, es decir, dos años de vida para el negocio y, por lo tanto, dos años más de sueldo, o por el contrario, un salto al vacío, enfrentamiento y a ver quién gana. Fue como en aquellas ocasiones en las que un político da a elegir, o yo o el caos, y el auditorio responde, “el caos, el caos”, pero esta vez sin que sea un chiste, sino en serio.