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Mujeres que empuñan un Montana

La mirada femenina aún es testimonal en el muy masculino arte del graffiti, pero no hay mejor ecosistema que Barcelona para que eso cambie

Carles Cols

Laura Tietjens, de pie, y Martina Darijevic, agachada, el pasado domingo en Poblenou.

Laura Tietjens, de pie, y Martina Darijevic, agachada, el pasado domingo en Poblenou. / JOAN CORTADELLAS

Cuando el emperador Augusto fundó la colonia romana que hoy es Barcelona, el graffiti ya estaba en boga en otras latitudes y longitudes del imperio. Por ejemplo, en Pompeya, donde gracias a las cenizas del Vesubio se han conservado los Banksy de la época, la mayoría, por cierto, groserotes. Por destacar uno suavecito, el que apareció junto al horno de un panadero, justo encima de un cipote muy cabezón: 'Hit habitat felicitas', es decir, aquí reside la felicidad. También los hay en la extinta ciudad romana que atestiguan cuán perenne es el humor. “¡Circuncidado el que lo lea!”. O sea, que Barcelona no fue pionera en esto del graffiti. Qué se le va a hacer. Pero a poco que uno se dedica a barcelonear en esta materia, comienzan las sorpresas. Ahí van algunas.

Esta inmersión grafitera comenzó el pasado domingo en busca de una rara avis, mujeres que pintan graffiti. Parece que esta es una pasión muy masculina. Lo confirma Marc Garcia, uno de los responsables del proyecto Murs Lliures, una aventura que comenzó en el 2006, cuando el Ayuntamiento de Barcelona aprobó la llamada ordenanza de civismo, ya saben, aquel conjunto de normas dictadas para que bebedores, miccionadores y fornicadores no se comportaran en la calle como en casa. A los grafiteros se les metió también en aquel mismo saco de las desvergüenzas, pero con una salvedad: los graffiti están permitidos en cinco paredes de la ciudad, las que gestiona, previa reserva, Murs Lliures, y Garcia, a lo que íbamos, explica que solo un 2% de quienes piden tanda son mujeres.

La ordenanza cívica del 2006 les dio un respiro a los artistas de la calle. No les metió, menos mal, en el mismo saco que a puteros y a miccionadores

La cita el domingo, pues, era con Laura Tietjens, holandesa residente en Barcelona, y con Martina Darijevic, que solo está de paso. El muro elegido está justo detrás de la torre Agbar. “Me gusta el contraste de la pintura con la arquitectura que sobresale por detrás de la pared, de líneas rectas y colores planos”, explica Laura. La fotografía de Joan Cortadellas lo resume a la perfección. No solo eso. Si se entrecierran los ojos, como antaño para ver el Canal Plus sin ser socio, hasta parece que Laura y Martina forman parte del mural a medio pintar.

LA ALTAMIRA DE INTERNET

La charla con ellas sirve para subrayar lo que no suele contarse de esta ciudad, que museos no le faltan, de acuerdo, pero en ellos se exhiben escasísimas obras de fama internacional. Pese a ello, Barcelona pasa por tener un paladar artístico muy de gurmet. Así lo considera Laura, aunque para ella la mejor galería de Barcelona es la propia calle, con reputadísimos artistas locales, como El Pez, El Xupet Negre y Francisco de Pájaro, y otros que van y vienen, como el brasileño L7M, cotizadísimo, y el francés C215, la repera mundial en estos momentos, cuyas extraordinarias intervenciones son una pieza muy apreciada por una especie simbiótica de los grafiteros, los cazadores de graffiti, que los fotografían antes de que desaparezcan (a veces no duran ni horas) y los cuelgan en internet en una suerte de colorista Altamira que merece la pena ser visitada.

La mayor de las sorpresas de esta excursión dominical, sin embargo, es otra. Le pregunto a Laura qué tienen los aerosoles de pintura que no tengan otras técnicas de pintura. Alaba la velocidad con la que se puede trabajar, la intensidad de los colores, la facilidad para corregir errores sobre la marcha…, y, entonces, de repente, sale el nombre de Montana, el fabricante de los botes de espray, que por lo que parece es la marca que utilizaría Messi si cambiara de disciplina artística. Lo poco conocido es que es una empresa de aquí, con tiendas en 20 ciudades del mundo: Tokio, Sydney, Kuala Lumpur, Amsterdam, Sao Paulo, Bangkok… La última la han abierto hace un mes y medio en una de las capitales más punteras del arte en la calle, Gràcia.

Montana Colors nació en 1994 en una suerte de epifanía que iluminó a Jordi Rubio. Hoy es una marca icónica para los grafiteros

Montana, por tener, tiene hasta un origen que va de boca en boca como una leyenda, pero real. En los año 70 y 80, el graffiti era una afición cara y tóxica. Aquellos trenes del metro de Nueva York redecorados de cabo a rabo eran pintados por artistas de la calle con aerosoles de la industria de la automoción. La moda llegó a España y, al parecer, un par de grafiteros se presentaron un día en una empresa de pinturas local para preguntar si les podían envasar un producto específico para su pasión. Les trataron como a gamberretes, salvo Jordi Rubio, empleado allí, que tuvo entonces una epifanía en colores y fundó Montana Colors.

"¡TÍO, ESTO ES MUY 'HARDCORE'!"

El primer bote se lo dejó probar a los graffiteros. Pintura brillante a alta presión. “¡Tío, esto es muy 'hardcore'!”. Con ese nombre se bautizó la línea básica de la marca. Luego vinieron más. Speed, para trabajos ultraveloces; Alien, para darle un satinado extraterrestre a los trabajos… Y luego están los difusores, de hasta 30 tipos distintos. Total, que si alguien cree que esto será una moda que algún día languidecerá es que circula en dirección contraria. Y eso que la paridad aún no ha llegado.