¡Gracias, Bonamusa!

El interiorismo de los años 60 tuvo un clímax único en España, tal vez en toda Europa, con el estilo que la familia Balañá quiso dar a sus salas de cine, un patrimonio difícilmente salvable

Superviviente. La gran sala central del cine Aribau de Barcelona, del Grupo Balañá.

Superviviente. La gran sala central del cine Aribau de Barcelona, del Grupo Balañá. / JOAN CORTADELLAS

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El estreno del cine Aribau de Barcelona en 1962 no pudo salirle mejor a la familia Balañá. La primera película que allí se exhibió fue West side story, el shakesperiano romance que un año antes dirigieron Robert Wise y Jerome Robbins. Estuvo 95 semanas y dos días en cartel. Por aquella sala de 1.174 butacas pasaron unas 800.000 personas. A Leonard Bernstein hay que felicitarlo por la música. A Natalie Wood y a George Charikis, por su interpretación. Pero no habría que dejar de agradecer a Pedro Balañá el matrimonio profesional que durante años mantuvo con Antoni Bonamusa, uno de los más extraordinarios y nunca suficientemente reivindicados interioristas catalanes del siglo XX. Bonamusa es el autor de ese estilo único que tuvieron las salas Balañá, altamiras del arte moderno en extinción, de las que apenas ya solo queda intacta la del cine Aribau. West side story fue un exitazo como lo fue la propia sala de exhibición, parte de la memoria colectiva de esta ciudad.

Las salas sesenteras de los Balañá merecerían estar en el catálogo de patrimonio de Barcelona, o al menos en el de tiendas emblemáticas que con tanta prisa redactó el ayuntamiento, pero probablemente jamás lo estarán. Hay una expresión de nuevo cuño, el efecto Monumental, que viene como anillo al dedo para explicar por qué de los cines Balañá de los 60 solo quedarán algún día fotografías y buenos recuerdos. La Monumental (por cierto, también propiedad de la familia Balañá) fue construida como plaza de toros y, muchos años después, incluida en el catálogo, lo cual ha terminado por ser una endiablada condena. Si su arquitectura debe ser respetada, las alternativas de uso son muy escasas. Casi nulas. Ese es el efecto Monumental, una suerte de condena a vagar por el espacio y el tiempo arquitectónico, con la obligada necesidad de esquivar el deterioro, pero sin solución económica para evitarlo.

El cine Aribau, salvo que con una carambola imposible alguna institución lo deseara algún día como gran auditorio (quién sabe, la Universitat de Barcelona está tan cerca...) sobrevivirá solo hasta que la familia Balañá lo pueda mantener abierto.

Por si acaso, por anticiparse a lo inevitable, no está de más explicar quién fue aquel excepcional Bonamusa, gracias en parte a la ayuda de su sobrino, Enric Mir, arquitecto. «Él quería ser pintor. Con 17 o 18 años fue ilustrador de cómics y trabajó después como ayudante en la elaboración de los decorados del Liceu. Era un hombre inquieto, que terminó por conocer bien los oficios, los límites de los materiales...». De haber nacido antes, hubiera sido el perfecto modernista.

Uno de sus primeros trabajos para los Balañá, el cine Alcázar de la rambla de Catalunya, bebía un poco de ese pasado estilístico de la ciudad, pero pronto evolucionó hacia una claridad de líneas que hubiera hecho las delicias de Stanley Kubrick si ambos se hubieran conocido. Suyo era el vestíbulo del cine Rex, en el que un techo totalmente iluminado conducía al público al interior de la sala, una solución similar que ya había ensayado en el cine Urgel, que gracias los Balañá, fue la sala más grande de España. Nació con 2.324 butacas, luego reducidas a 1.823. El espacioso vestíbulo del Club Coliseum y la asimetría deliciosa de la gran sala del Aribau fueron otras de sus creaciones, de un lujo elegante, lejos siempre de lo pomposo.

El espectador, protagonista

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«Que las cosas parezcan aunque no sean». Ese era, según su sobrino, el lema de Bonamusa. En el resto de España, lo común eran los cines de una aburrida sobriedad franquista. En Barcelona, sin embargo, gracias a ese matrimonio entre Bonamusa y Balañá había algo así como una cierta puesta en escena: un espectáculo previo al apagado de las luces y la proyección. El espectador se sentía protagonista de algo importante.

De Bonamusa, pasados los años, solo se acuerdan los profesionales del diseño. Y es una lástima, porque era un hombre que tenía un don. En el Museu del Disseny le rinden un homenaje que lo define a la perfección. Lo hacen a través de la historia de un simple cenicero. La firma Formica le encargó en 1966 una pieza efímera para que los visitantes de una feria de decoración pudieran apagar sus cigarrillos. De sus lápices salió un diseño que terminó por ser común en todas partes, en los cines, en los aeropuertos, en las salas de espera... Vamos, que le salió un cenicero de cine. No podía ser de otro modo.