20 sep 2020

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a pie de calle

La realidad de los buques fantasma

Joan Barril

El mar nos lo quita todo, pero también nos devuelve algo de lo nuestro. De no ser así no se verían estas siluetas inclinadas sobre la arena tras el temporal buscando los dientes de oro de la bestia marina. Anteayer las autoridades costeras del oeste de Canadá detectaron en sus radares el casco de un barco pesquero que navegaba a la deriva. Interceptada la nave se supo que se trataba de un barco de 65 metros de eslora que se encontraba el 11 de marzo del año pasado anclado en uno de los puertos de la costa oriental de Japón, la más afectada por el tsunami. Un año después, y aparentemente sin ningún tripulante a bordo, el barco japonés ha llegado al otro lado del océano Pacífico.

En realidad todos los mares son el mismo mar. Y en las playas de la Barceloneta hay motivos para contemplar el horizonte a la espera de que llegue de nuevo un buque fantasma. Hace poco en Palamós y en Tarragona se tuvo que remolcar a sendos barcos averiados. Pero se trataba de barcos con su tripulación a bordo. Un antiguo marino que toma su café con leche en un bar del interior de la Barceloneta me lo confirma. «Buques fantasma jamás se van a ver ya en estas costas. En todo caso no se van a ver en movimiento. Dentro de los puertos, sí. Ahí se van pudriendo los cascos y los marinos porque sus armadores han quebrado en sus puertos de origen. De vez en cuando les mandan un poco de dinero y algún tanque de combustible para mantener la maquinaria a punto». Mi interlocutor masculla y maldice como lo habría hecho el capitán Haddock. Y añade que hay un momento en el que se acaba el combustible y los dólares y los marinos han de buscarse la vida como sea. En el 2009 había unos siete barcos abandonados en los puertos españoles. El Stratis II se quedó en Barcelona 19 meses con el capitán paquistaní Muntaz Ahmed defendiendo una propiedad que los armadores pretendían subastar para poder pujar.

Nada que ver con ese barco aventurero que ha resistido un año en las aguas del Pacífico. Otro célebre buque fantasma -y no precisamente el de la primera ópera de Wagner- fue el del Resolute, uno de los cinco barcos que el almirantazgo británico mandó en el llamado Escuadrón Ártico a encontrar el paso del Noroeste y de paso al explorador Franklin en el supuesto de que hubiera sobrevivido. Los hielos llegaron muy pronto el verano de 1854 y se decidió abandonar el velero Resolute en el lugar que luego se llamaría exactamente así en los territorios de Nunavut. Un año después un ballenero norteamericano, el George Henry, distinguió entre la bruma el armazón y los mástiles de un velero silencioso. Se acercaron y lo abordaron. No había nadie. Fue remolcado a Connecticut y reparado. El Gobierno de EEUU lo mandó hasta Londres y allí se quedó hasta su desguace en 1879. Pero el Resolute había demostrado una gran categoría náutica. Y la reina Victoria, en un momento lúcido tras sus cogorzas imperiales, decidió aprovechar el maderamen del barco y construir una bella mesa de escritorio que fue regalada al presidente de EEUU Rutherford B. Hayes.

Kennedy usó la mesa Resolute en la Sala Oval y su hijo John John, fallecido años después frente a Martha's Vineyard, gateó en varias ocasiones bajo la mesa. Johnson, Carter, Bush padre, Reagan y Bush hijo arrumbaron la famosa mesa al desván de la Casa Blanca hasta que Barack Obama la rescató y vuelve a sentir el tacto del hombre más poderoso de la tierra.

Todo eso le contaba al Capitán Haddock de la Barceloneta. Y él insistía en aquello de que el mar se lo lleva todo pero también es generoso a la hora de devolvérnoslo. Como acaba de suceder frente a las costas de Vancouver. H