13 ago 2020

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a pie de calle

En silla de ruedas por el bosque

Edwin Winkels

Entre semana, el gran bosque está casi vacío. Sentado cerca de la Font Nova, solo me llegan algunos pocos sonidos. El agua que cae de la fuente, los pájaros, las hojas de los árboles, la lejana megafonía de la estación de tren del Baixador de Vallvidrera, y, a la hora del patio, los niños del colegio Els Xiprers, oasis educativo y público muy solicitado por padres de Barcelona y Sant Cugat, dispuestos a trampear un poquito con el padrón para lograr una plaza para sus hijos en plena naturaleza. Lo que más rompe el silencio son las campanadas, que supongo que llegan desde Santa Maria de Vallvidrera.

Si vamos al bosque, preferimos el fin de semana, como suele ocurrir con la playa. Pero este, pese a estar tan cerca de la ciudad, no suele colapsarse casi nunca. Hay espacio para todos, en Collserola. O, como escribe Xavier Moret en su indispensable y detallado Collserola Pas a Pas. «En 1992, con los JJOO, Barcelona se abrió al mar, pero ¿a qué espera para hacerlo también a la montaña?».

En tren está más cerca que en coche y te ahorras las curvas de la Arrabassada y la búsqueda de un aparcamiento. Subo en la estación de Provença a los Ferrocarrils de la Generalitat, sale el tren a las 15.02 y a las 15.14 se abren las puertas en el Baixador de Vallvidrera, una de las estaciones más tranquilas situada casi en medio del bosque.

No es por nada que ahí la diputación y la Obra Social de La Caixa hayan situado un acceso y un pequeño itinerario específico para discapacitados, inaugurado el viernes. Un camino liso de cemento donde se pueden desplazar incluso sillas de ruedas, junto con un zócalo para dirigir a los invidentes con sus bastones. La primera parte, de 490 metros, llega desde el apeadero hasta esa Font Nova. Y aunque el piso es liso, hay cierto desnivel, sobre todo en la parte final, con una auténtica curva de herradura donde alguien en silla de ruedas seguramente necesita el empuje de otro para alcanzar la meta, el pequeño descanso ante la fuente.

Las personas con visibilidad reducida, como explica uno de los paneles, que incluyen textos escritos en braille y planos sensoriales, pueden subir por las escaleras y hacer otros 210 metros por el paseo de los plátanos, no sin antes tocar con la mano la firmeza de la mesa de los Siete Obispos, donde mosén Cinto Verdaguer recibía en 1902 poco antes de su muerte a los obispos. Entonces ya había ahí los dos robles que aún ahora dan sombra a una mesa a la que la juventud maltrata con grafitos sobre amores pero que, por obra del milagro, desaparecen tras cierto tiempo.

Y de la mesa al museo de Verdaguer, un poco más arriba en la antigua Vil·la Joana, que en su fachada lleva su nombre original: Quinta Juana, masía construida en 1705. Porque adentrarse en Collserola es también eso, regresar al pasado, a buscar la paz que, pese al crecimiento de la ciudad, siempre permaneció ahí, entre fuentes y ermitas, aunque tampoco está mal regresar al murmullo mundano en uno de los merenderos o chiringuitos, o las masías-restaurante que estos días, por supuesto, cautivan con sus calçots.