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'2666': El testamento de Roberto Bolaño

GONZALO PÉREZ DE OLAGUER / BARCELONA

AUTOR: Roberto Bolaño.

ADAPTACIÓN: Pablo Ley y Àlex Rigola.

DIRECCIÓN: Àlex Rigola.

ESCENOGRAFÍA: Glaenzel / Cristià.

TEATRO: Sala Fabià Puigserver (Teatre Lliure).

ESTRENO: 26 de junio.

El escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) sabía que su enfermedad hepática le llevaba a la muerte; apretó los dientes y escribió cinco historias/novelas desde esa perspectiva, independientes entre sí aunque con nexos. Murió sin corregirlas y, en el 2004, aparecieron reunidas en un volumen: 2666. Un libro de 1.200 páginas que ahora llega al teatro como el mayor reto afrontado por Àlex Rigola (director) y por Pablo Ley y el propio Rigola como adaptadores. Un espectáculo del Teatre Lliure que es una de las crestas del Grec. Para mí, que no conozco la obra original, la función da paso a un imponente espectáculo, difícil en su estructura poliédrica pero con capacidad de emocionar en muchos momentos.

Creo que, más allá de la representación en la que 11 actores se reparten unos 40 personajes, 2666 es un enorme espejo en el que se reflejan muchas constantes sociales, desde nuestra capacidad por hacer el mal hasta la de soñar.

¿Qué une a las cinco partes de una representación que mezcla realidad, ficción y fantasía y que alcanza las cinco horas con cuatro descansos?: la figura del enigmático novelista Benno Von Archimboldi y la ciudad mexicana de Santa Teresa, álter ego de Ciudad Juárez, en la que, desde 1993, ha habido más de 3.000 mujeres asesinadas o desaparecidas. Bolaño, cuya capacidad inventiva está fuera de toda duda, la comparó a lo que debe ser el infierno. Cada acto/parte tiene un formato teatral diferente y por el escenario desfilan críticos literarios, soldados nazis, prostitutas, filósofos, profesores universitarios, periodistas, policías, poetas y boxeadores. Un friso humano desconcertante que da pie a toda suerte de escenas, de mayor o menor impacto pero siempre teatralmente seductoras. Y que no permite definir la obra con una sola frase o una sola idea. 2666 habla de nuestra capacidad de construir y de destruir, más allá del amor, la muerte, la violencia y la literatura.

Seguro que la adaptación de Ley y Rigola ha dejado fuera mucho material, muchas historias paralelas, pero el texto final tiene entidad y fuerza, invita a zambullirse en el original, es fiel al autor chileno y se sigue con la máxima atención. Hay escenas, como la de los crímenes de Santa Teresa, difíciles de olvidar. Y hay hallazgos en el montaje del mejor Rigola como director. La dirección y el mismo montaje salvan con generosidad la fórmula de la narración: mayoritariamente no hay acción en presente y los personajes explican/reviven hechos ya ocurridos.

ESPLÉNDIDA MÚSICA

Esta inicial falta de teatralidad está también salvada por unos actores obligados a una difícil memorización y a pasar con rapidez de un personaje a otro. No hay altibajos y cabe destacar los nombres de Andreu Benito, Chantal Aimée, Alicia Pérez, Ferran Carvajal, Julio Manrique y Joan Carreras. En todo caso la utilización de micrófonos inalámbricos, que siempre desvirtúan algo la voz, me parece innecesaria. El espectáculo, plagado de referencias y citas que nos son familiares, tiene una espléndida banda sonora (Tom Waits, Bob Dylan, Beethoven, entre otros) y se verá la próxima temporada en el Lliure, en Temporada Alta de Girona y en otras plazas y festivales. Tomen nota porque, pese a sus dificultades, es un imponente trabajo que vale la pena ver.