«Tranquilo, te quieren»

El Barça empieza a disfrutar hoy a Luis Suárez, a quien arropó después del mordisco a Chiellini garantizándole que el fichaje se produciría pese a la sanción de cuatro meses

«Tranquilo, te quieren»

EFE / ALEJANDRO GARCÍA

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MARCOS LÓPEZ / BARCELONA

Cuando entró en la ciudad deportiva de Sant Joan Despí en secreto, camuflado en un vehículo oscuro y por una puerta desconocida, todavía retumbaban en sus oídos las palabras de Pere Guardiola, su agente. "¡Tranquilo, Luis! ¡Tranquilo! ¡Te bancan! ¡Te quieren!", le soltó su agente por teléfono, mientras él andaba encerrado en su casa de Montevideo, llorando en el hombro de Sofía, la niña que le acompañó en su vida desde que tenía 16 años, convertida con el paso del tiempo en su mujer y, al mismo tiempo, en su guía vital.

Fueron apenas cuatro días después de que mordiera a Chiellini, cuatro días terribles para el nueve del Barça. Cuatro días en que pensó que todo estaba perdido. Hasta que Bartomeu llamó para confirmar que no cambiaba nada. A sus 27 años, se veía fuera del fútbol. "Sentí que había arruinado mi carrera deportiva", confesó la pasada semana al programa Hat Trick Barça de Esport 3. La tercera vez que mordió lo arruinó todo. Al fútbol, a su país porque Uruguay entró en depresión, y a sí mismo.

Ahí, encerrado en el coche, entrando escondido en la ciudad deportiva de Sant Joan Despí, Suárez inició su nueva vida. Una vida furtiva. Por una puerta que ni se sabía que existía -no era la principal ni tampoco la trasera- llegó, fue sometido a una revisión médica en secreto y después se marchó al Camp Nou para firmar el contrato. El documento de una nueva vida. Con Sofía, de nuevo, a su lado. Y sin imágenes de por medio porque la FIFA, en su sanción de cuatro meses -no rebajó ni un solo día-, prohibía que se le vinculara al fútbol. En una pequeña sala del palco, a media tarde, Bartomeu y Suárez rubricaban el papel que le unía al Barça por cinco años. "Aceptamos las imperfecciones de los seres humanos", reveló Andoni Zubizarreta. Una foto, hecha con un móvil, retrató ese momento en el palco y quedó como recuerdo de esos días iniciales -mediados de julio- donde nadie lo podía ver.

Como un fantasma

Detrás de las lágrimas con Sofía, que no fueron las únicas, Suárez se fue a una granja en Punta del Este antes de establecerse definitivamente en Barcelona. En los primeros días, le seguían paparazzi en busca de la foto del año. Lo perseguían a la salida de la casa de sus suegros en Castelldefels, cuando buscaba colegio para Delfina y la guardería para Benjamín, por las calles de Barcelona... El club le propuso vivir en un lujoso hotel de la ciudad, y hasta le ofreció una casa de alquiler mientras la familia Suárez-Balbi encontraba su nuevo hogar. Pero Luis no quiso. Estaba en su casa, en la de los suegros, la misma que visitaba cuando era un delantero tan joven como anónimo en el Groningen, una promesa en el Ajax o una estrella goleadora mundial en el Liverpool. Del coche a la escalera. Apenas cinco segundos para ver al fantasma Suárez.

Cuatro horas diarias

Después, desaparecía. Ni rastro de él. Todos le buscaban, pero nadie lo encontraba. Repartía su tiempo entre Sitges (en el hotel Dolce estableció su base inicial), y Barcelona (en el hotel Princesa Sofía instaló su segundo hogar). No iba nunca solo. A su lado, Juanjo Brau, el fisioterapeuta. El Barça se entrenaba en Inglaterra en doble sesión; Suárez, también. Pero en una sala de 6 metros de ancho y 10 de largo. Mañana y tarde. cuatro horas diarias fortaleciendo sus piernas y, sobre todo, su rodilla, la que le obligó a entrar en el quirófano el pasado 22 de mayo.

El Liverpool temía entonces perder un negocio de 100 millones de euros (lo vendió al Barça por 81), mientras Uruguay se echaba las manos a la cabeza al verlo salir del hospital en una silla de ruedas cuando apenas quedaba un mes para el Mundial. Esa "resección parcial de menisco" torturaba a todos, incluido el Madrid que tenía muy adelantadas las negociaciones para ficharle. Fue entonces cuando Luis Enrique aprobó que el Barça se lanzara decididamente a por él. Veintiocho días después de ser operado, marcaba dos goles a Inglaterra y se ponía a llorar sin saber que la ruina estaba por llegar. Cuando llegó, se hundió. Hasta que aquella "llamada de Pere", como confesó él, le encendió la luz.

La compañía de Brau

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Ya en Barcelona, en la época de furtividad, no se separó ni un momento del discreto Brau. Su rodilla y su mente lo necesitaba. Por la mañana iban al gimnasio, fuera Sitges o en la zona alta de BCN, y por la tarde se ponían a correr. Cada día, un escenario distinto. Ni él sabía dónde iría 24 horas más tarde. A veces, subiendo rampas en la carretera de las Aigües, al pie de Collserola, otras por el cauce del Llobregat y los jardines de Terramar. Siempre al caer la tarde. Del mordisco, ni rastro. "Hemos tratado con los profesionales adecuados, es un tema privado", contó Suárez amparándose en la intimidad para no revelar más detalles de ese tratamiento. "Me han preguntado 38.000 veces por el mordisco, nunca más ya. Esta es la última...", dijo el delantero espantando ese terrible recuerdo.

En estos meses le dio tiempo a volver a Liverpool para recoger sus cosas y despedirse de Gerrard, su gran amigo de Anfield. Cuando Brau lo entregó al equipo (15 de agosto) había hecho 25 sesiones de entrenamiento. Antes de viajar hoy al Bernabéu, Suárez le confesó esta semana al periodista inglés Sid Lowe, de The Guardian, autor de una biografía suya, estar ya "en el camino correcto" alejándose de la ruina. "Me duelen los pies de no usar los zapatos de fútbol", dijo Suárez tras su breve debut en el Gamper, la única vez en que se puso el nueve del Barça. Hoy es el primer día que no le dolerá nada.