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entrevista

"Nadie ha venido a darnos ni un abrazo"

Ocho miembros de la familia El Ouabi paseaban por la Rambla aquella tarde. Tres resultaron heridos. Un cuarto falleció a los cuatro meses, pero ya nadie velaba por ellos

Núria Navarro

El 17 de agosto del 2017, Mohamed El Ouabi, su esposa, Raqia, y la menor de sus cuatro hijos, Fatima, de 10 años, vecinos de Sant Ildefons, se dispusieron a mostrar Barcelona a su primo Omar [El Hamzaoui], su esposa Fatima y sus tres hijos, que acababan de llegar de Montpellier para visitarlos. El kilómetro cero de un paseo turístico en toda regla, pensaron los El Ouabi, sería la plaza de Catalunya.

A las 16.30, ya en la plaza, compraron un paquetito de vezas para que Fatima y su primo Aboubakr, de casi 7 años, dieran de comer a las palomas. Raqia quería regresar a casa para preparar la cena, pero su marido insistió en que les acompañara. "Yallah!", cortaron la aspersión de vezas, y los ocho enfilaron hacia la Rambla. A paso lento. Comentando esto y aquello.

Raqia no aparece

La furgoneta, con Younes Abouyaaqoub al volante, bajó en un zigzag demente. A la altura del quiosco más cercano al mosaico de Miró, tocó a los ocho de la familia. Tres se llevaron la peor parte: Raqia y el pequeño de la familia visitante, Aboubakr, fueron arrastrados unos 40 metros sobre el capó hasta que cayeron al suelo. La mujer, del lado izquierdo, y el niño, del derecho, donde la rueda trasera le pasó por encima. El parachoques tocó a OmarFatima logró meterse de un salto en el quiosco que quedó parcialmente destrozado y el resto intentó, sin éxito, que les dejaran entrar en un establecimiento.

Omar El Hamzaoui, primo de los El Ouabi. / CHIQUI

Luego, la confusión. Unos se buscaron a los otros. Pero Raqia había desaparecido. En la rambla del Raval, una turista italiana le prestó el móvil a Mohamed para llamar a su hijo Hussein (24 años), que trabajaba en Cornellà. Aterrado, cogió el coche. Su desesperación era tal -"pensé que mi madre había muerto", cuenta- que se metió en contradirección por Gran Via y lo paró la policía. "Cuando llegué ya no quedaba nadie", resume el joven.

La búsqueda

Fue su tío paterno, Youssef El Ouabi, que vive con su mujer y su hijo en el barrio, el que tomó las riendas. Licenciado en Derecho por la universidad de Meknés y educador social en Cornellà, fue el primero que llegó a Barcelona, en mayo del 2008. En su pueblo, Alnif, incrustado en un oasis de la provincia de Tinghir, al sur de Marruecos, sobrevivían. Y él quería vivir. Meses después se le unió su hermano y, por reagrupación familiar, se sumaron Raqia y sus hijos, Hussein, Ismaíl, Ayoub y Fatima.

–A la una de la madrugada, la policía nos dijo que había una mujer en el Clínic que podía encajar con la descripción de Raqia. Era ella, con el brazo izquierdo fracturado y una contusión craneal que la dejó inconsciente. Como no nos permitieron verla hasta la una del mediodía siguiente, a las 9 fuimos a visitar a Omar, hospitalizado en Bellvitge por fractura en la pierna y acompañado ya por familiares venidos de Francia y Marruecos. 

–¿Y Aboubakr, su hijo?

–Sufrió un golpe fatal en la cabeza, y fracturas en piernas, un brazo y costillas. Junto a su hermana de 17 años, fue trasladado en ambulancia a Vall d'Hebron, donde permaneció 20 días en la UCI. Cuando una agente del servicio social del consulado de Francia ofreció ayuda a Omar, pidió que lo trasladaron a Vall d'Hebron, junto a su hijo. Sobre la una fuimos al Clínic.

–Hasta 21 horas después no se cercioraron del estado de los ocho.

–Así es. El que peor estaba era Aboubakr. Un médico nos dijo que su situación era muy grave, pero que chavales que habían estado como él ahora jugaban a fútbol. En la más completa oscuridad, me agarré a eso. Se lo repetía a su madre, Fatima. Gracias a dios, está vivo.  

Abandonados   

Cuatro meses después del atentado, Mohamed, que estaba a la espera de un trasplante de hígado, murió a causa de un coma hepático [pérdida de la función cerebral cuando el hígado no es capaz de eliminar tóxicos de la sangre]. La angustia aceleró su final. Y al volver del entierro, Raqia supo que su padre también había fallecido.

En ese momento, Youssef decidió que allí acababan las penas y empezaba la reclamación de derechos.

–Vinimos a España buscando garantía de derechos para todos los ciudadanos. Pero el Ministerio del Interior nos ha engañado. Cuando Raqia estaba en el Clínic vinieron dos señoras del ministerio a que firmara unos papeles. Yo les pregunté: "¿Mi hermano y su hija Fátima tienen derecho a indemnización?". Y me contestaron: "No, tienen derecho a seguimiento psicológico". Luego Mohamed murió. A Raqia decidieron darle de alta a los 40 días. ¿cómo es posible que una persona en Madrid que no la conoce puede darle de alta y su médico de cabecera de Cornellà dice que necesita tratamiento físico y psicológico? El ministerio ofrece una indemnización de 14.500 euros a Raqia y de 7.500 a Fatima. "¡Es ridícula! No hemos aceptado. Pienso reclamar los derechos de la familia al alcalde, a Puigdemont, a Quim Torra...

–¿Cómo?

–En Cornellà sense Fronteres me recomendaron hablar con Pilar Manjón, expresidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, y ella me remitió a Robert Manrique, asesor de la Unitat d'Atenció i Valoració a Afectats per Terrorisme (UAVAT).

Fatima y su madre, que solo habla amazig, siguen la conversación en silencio. La niña es tímida y solo se aviene a decir que solo ha contado el atentado a sus "amigas". Raqia no recuerda nada entre plaza de Catalunya y el hospital. Hussein apunta que "por las noches, cuando duermen, hacen cosas raras, como un ronquido...". 

Abandonados 

Doce meses después del atentado, se sienten "abandonados". Los primeros días tenían prensa en la puerta del inmueble, pero cuando necesitaron apoyo, no había nadie.

–¿Qué necesitaban?

–Apoyo psicológico sobre todo. Que alguien viniera a abrazarnos, a preguntar cómo estábamos. Raqia sigue sufriendo. Tiene cicatrices. Ha perdido las ganas. No es la misma. Y Fatima continúa con tratamiento psiquiátrico. Incluso yo, que no estuve en el atentado y siempre fui optimista, no estoy bien. Mi vida ha dado un giro de 180 grados. Antes veía las cosas en blanco y negro, ahora veo los grises. 

–Younes Abouyaaqoub era marroquí, como ustedes. ¿Doble victimización?

–Sientes que eres la víctima y el sospechoso, sí. Yo estoy en contra incluso de intimidar a alguien con una pistola de agua. Soy musulmán practicante, marroquí y bereber amazig, como los autores del atentado. Conozco mejor que ellos las leyes bereber e islámica, y hay un sura dice que "si matar a una persona es como matar a toda la humanidad". Si le digo la verdad, yo, que siempre busco el porqué de las cosas, a día de hoy todavía no entiendo el atentado.

–Jóvenes, sin futuro, a los que se les ha dado una esperanza...

–El menor tenía 17 años, y el mayor, 37. Es la edad en la que disfrutas de la vida. En Ripoll todos decían que eran chavales integrados, generosos y responsables. Yo no soy del CNI, pero creo que hay algo o alguien detrás. Soy una víctima y tengo derecho a preguntar. Solo pido justicia y derechos en mayúsculas.

–¿Sigue caminando por la Rambla? 

–Cuando lo hago, no puedo evitar mirar atrás. Pero la vida debe seguir.

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