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VIAJES LITERARIOS

El Corfú de los Durrell

En los años 30, cuando desembarcaron Lawrence y Gerald, la isla era una explosión verde de cipreses, pinos, frutales y olivos, salpicada de pequeñas villas de gusto veneciano.

XAVIER MORET
CORFÚ

Cuando Gerald Durrell llegó a Corfú a principios de 1935, huyendo del frío y del aburrimiento de Inglaterra, tenía solo 10 años; su hermano Lawrence, 23; su otro hermano, Leslie, 19, y su hermana Margo, 18. Al mando de la tropa estaba la madre, una mujer despreocupada que tenía que lidiar con las exigencias del pedante de Lawrence, los devaneos de Margo, las aficiones de Leslie y los bichos y animales de Gerald. Era ciertamente una extraña familia, pero no puede negarse que aquellos cinco años en la isla fueron muy fructíferos desde el punto de vista literario: Lawrence escribió La celda de Próspero, un buen libro sobre Corfú, y Gerald logró agitar con sensibilidad y humor el alocado cóctel familiar para escribir Mi familia y otros animales, un delicioso libro que se lee con una sonrisa alternada de vez en cuando por una sonora carcajada.

Corfú era en los años 30 un paraíso sin apenas turistas en el que lo que más sorprendía al llegar era, como sucede ahora, una explosión verde de cipreses, pinos, frutales y olivos que contrasta con el azul del mar y, en la memoria, con el secarral de las islas del Egeo. No es extraño que ya en la Grecia clásica se considerara a Corfú un paraíso; con el paso del tiempo, a las dos impresionantes fortalezas de la capital se fueron sumando unos edificios más italianos que griegos, fruto del largo domino veneciano.

Para seguir el rastro de los Durrell por la isla me desplacé de entrada hasta Kanoni, desde donde se disfruta de una vista excepcional de las dos isletas, Vlaherna y Pondikonissi, que constituyen la postal más famosa de Corfú. Lo que no aparece en la foto, sin embargo, es el cercano aeropuerto y los ruidosos vuelos de aproximación que destrozan la imagen idílica. Son las desventajas de un progreso que no sufrieron los Durrell, que en sus primeros meses en Corfú vivían cerca, en Perama, en una colina punteada de cipreses.

Escribe Gerald: «La colina y los valles a su alrededor parecían un edredón verde de tantos olivos que brillaban, ricos de reflejos allí donde la brisa acariciaba sus hojas del color de los peces. A media pendiente, protegida por un grupo de cipreses altos y esbeltos, había una pequeña villa color de fresa que parecía una pieza de fruta exótica rodeada de verde».

Una vez más, el paso del tiempo no le ha hecho ningún favor al paisaje: las demasiadas casas de una urbanización han alterado el perfil de la colina en la que, afortunadamente, aún sobreviven las franjas de tierra, cipreses y olivos que constituían el territorio mágico en el que el pequeño Gerald perseguía escarabajos, arañas, escorpiones, lagartijas y un sinfín de animales que irían moldeando su vocación naturalista.

Me dediqué a perseguir a una lagartija renqueante como homenaje a Gerald Durrell, pero hacía tanto calor que me rendí a los pocos metros y me senté junto a un ciprés. Eso sí, tuve buen cuidado de no quedarme dormido, ya que recordé lo que le decía un pastor a Gerald: «Si te duermes a la sombra de un ciprés, las raíces se te enredan en el cerebro y te vuelven loco». ¡Poca broma con los cipreses!

Blanca y amarilla

Otra de las casas de los Durrell, «blanca como la nieve», se encuentra cerca de la primera, en un paisaje similar, mientras que para visitar la segunda, «de color amarillo narciso», hay que viajar hacia el norte, hasta la bahía de Guvia. «Estaba en lo alto de una colina y miraba al mar rodeada de olivares poco cuidados y de limoneros y naranjos silenciosos», escribe Gerald. «Toda la casa y el lugar respiraban una especie de melancolía centenaria».

Cerré los ojos y conseguí revivir la melancolía isleña, pero en cuanto los abrí comprobé que Guvia se había convertido en un amorfo pueblo de costa, con letreros en alemán y en inglés y bares vendidos al turismo de masas. Mientras sentía aumentar el calor, me encomendé a san Spiridión –santo patrón de Corfú y responsable de que muchos isleños se llamen Spiro–, y proseguí viaje todavía más al norte, allá donde reina el monte Pantocrátor, la costa se hace más abrupta y pueblos mínimos hacen equilibrios en la pendiente que se desploma sobre el mar. Es allí donde se encuentra la cala de Kalami y la casa en la que vivió Lawrence Durrell: «Una casa blanca, puesta como un dado sobre una roca, ya venerable con cicatrices de viento y agua».

Paraíso al alcance

Tassos Atheneos, el propietario de la casa, es consciente del poder de atracción de los Durrell y la ha decorado con fotos antiguas del escritor y de la cala. A quien esté interesado, le informa de los precios: alquilar el «paraíso» de Durrell sale por 600 euros por semana en temporada baja y mil en julio y agosto. Por si alguien tiene ganas de leer, también vende libros de los Durrell.

«Abrimos la taberna a principios de los años 70, con los primeros turistas», cuenta. «La casa la hizo mi abuelo, que vivía de la pesca y de los olivos. Fue él quién se la alquiló a Lawrence Durrell. Ahora vienen muchos ingleses, no tanto porque les guste Durrell, si no por el sol y la playa».

Cuando le pregunto si ha leído a los Durrell, sonríe. «Sus libros están muy bien, pero Corfú ha cambiado mucho», dice meneando la cabeza. «Ahora vivimos del turismo».

Inasequible al desaliento y a los desmanes del turismo, continúo hasta otro lugar mágico: Paleokastritsa. Está situado en una costa resquebrajada – «una conspiración de luz, aire, mar azul y cipreses», según Lawrence Durrell–, con playas y cuevas espectaculares.

Dice la leyenda que fue aquí donde Nausica encontró a Ulises al final de su larga odisea, pero ello no ha impedido que se haya llenado de hoteles y restaurantes llamados Calipso, Nausica o Ulises para congraciarse con los dioses. Por desgracia, la mejor imagen de que Paleokastritsa es ahora dominio de turistas es un submarino amarillo que los lleva a las cuevas y playas mientras suena una música hortera.

Es una verdadera lástima, pero quedan tan solo algunos retazos de aquella isla verde que fascinó a toda la familia Durrell en los años 30. Gracias a los hermanos escritores, sin embargo, nos queda el recuerdo de aquel tiempo en el que, como escribe Gerald, «la magia de la isla se apoderó de todos nosotros, tan dulce y pegadiza como el polen. Cada día tenía una tranquilidad, un flotar fuera del tiempo que deseabas que no terminara nunca».