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Rumbo a la Constitución

En aquel 1978 había que sanear el Estado, abordar las reivindicaciones de los nacionalismos, echar a andar hacia Europa y desactivar a los añorantes del dictador

Albert Garrido

El rey Juan Carlos I sanciona la Constitución española, el 27 de diciembre de 1978.

El rey Juan Carlos I sanciona la Constitución española, el 27 de diciembre de 1978.

Sobre el paisaje de fondo de una guerra fría atenuada, vivía España una singular edad de la inocencia democrática a pesar de las fechorías de ETA, del ruido de sables de casi todos los días y del recurso frecuente a la improvisación, cuando el primer número de 'El Periódico' vio la luz. Aquel octubre de 1978 era tiempo dado a inventos para salvar los crucigramas de la transición, llevar la nave a puerto y disponer de una Constitución que atendiera los requerimientos de democracia, pluralismo y cohesión social sepultados por el franquismo durante cuatro décadas. Disponer de una Constitución homologable con el entorno europeo era indispensable para acometer otras empresas de gran calado: sanear el Estado, abordar las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos, emprender la marcha hacia la Comunidad Europea y desactivar el clima conspiratorio alentado por los añorantes del dictador.

En la calle, la música de Grease se mezclaba con las sintonías de los partidos; la abundancia de utilitarios, con la consagración de modelos al alcance de muy pocos –Porsche 928, BMW 7 y Ford Granada, los vehículos del año–; el teatro de la tele (solo dos canales), con los primeros pasos del Centro Dramático Nacional, confiada la dirección a José Luis Gómez para representar 'Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga', más que un título, una provocación. Pero en el imaginario colectivo de la iconografía urbana prevalecía la imagen de los murales de carteles que prepararon el ambiente del 15-J del año anterior, aquella explosión de siglas que llenó la fachada del viejo edificio de la plaza de Universidad. Todo estaba por hacer o por renovar, se decía, la movida madrileña empezaba a disputar la cabecera en las listas de éxitos a 'Stayin’ alive' (Bee Gees), 'Rasputin' (Boney M.) y otros ritmos de discoteca, y en la radio era muy viva la competencia entre voces clásicas: Luis del Olmo, Alejo García y las de Hora 25, el único programa de entonces que ha sobrevivido.

Barcelona quería asomar la cabeza

Si a escala española el rumbo lo fijaban las complicidades cruzadas de Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, los siete ponentes de la Constitución y los gestores de una economía a menudo enmarañada, más los ciudadanos movilizados para liquidar el pasado sin romper la baraja, en Catalunya todos los gestos y miradas remitían a Josep Tarradellas, de vuelta a España después de largo exilio en Saint-Martin-le-Beau. Era Tarradellas el depositario de la legitimidad institucional de la Generalitat que presidía, y aunque era muy vivo el debate sobre el papel que correspondía al president y el que debían tener los partidos que acogía su Gobierno, también aquí se percibía una cierta inocencia democrática en las conversaciones, que finalmente daban siempre una pátina de tarradellismo a todo avance, grande o pequeño, en la configuración de la preautonomía.

 Todo esto se daba al mismo tiempo que Barcelona tenía la imperiosa necesidad de salir del olvido, de presentarse como una comunidad cosmopolita, condenada al silencio por la derrota de 1939. Tenía la ciudad la urgencia de asomar la cabeza, pero dependía todo de que la transición no se detuviera o no encallara en los cuartos de banderas. Precisaba Barcelona ser rescatada de la grisura y articular un espacio público nuevo en el que se reconociese, donde se acomodaran las demandas del movimiento vecinal. No debía aplicarse a la ciudad esta frase de Gabriel García Márquez: «El prolongado cautiverio, la incertidumbre del mundo, el hábito de obedecer habían resecado en su corazón las semillas de la rebeldía». Pero todo estaba por hacer.

Época de expansiones emocionales

Tan por hacer estaba todo que cada vez que se alcanzaba una meta se subrayaba la excepcionalidad del episodio. De hecho, nada parecía más excepcional que llegar al tercer aniversario de la muerte de Franco con el país cambiado de pies a cabeza –o aparentemente cambiado–, porque cada día se hablaba de los poderes fácticos, amamantados por el régimen anterior, favorecidos por él y dueños del Estado, poderes con uniforme y sin él, togados o sin toga, que vieron cómo el franquismo se desvanecía a toda prisa. Flotaba en el aire y se trasladaba a los periódicos la idea de que los presidentes Carter y Giscard d’Estaing apoyaban la transformación española, que Willy Brandt y Olof Palme empujaban en la dirección debida, pero nadie dudaba de que el proceso estaba prendido con alfileres.

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Franco (20 de noviembre de 1976), un diario de Madrid tituló: «Franco hace un siglo». Fue un rasgo de optimismo en una época dada a las expansiones emocionales y las frases rotundas, porque en los años siguientes, mientras bullía la calle en una explosión de libertad 40 años contenida, la consolidación de la democracia anduvo con frecuencia sobre el filo de la navaja. También en aquel 1978 que alumbró la Constitución.