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"Ser mujer y fotoperiodista en aquella época era como subirse a un trapecio sin red"

Terrassa recupera la obra de Joana Biarnés, primera fotoperiodista española, en una exposición que se puede visitar hasta el próximo 2 de noviembre en la Sala Muncunill

LAURA MARÍN / Terrassa

Joana Biarnés junto a dos de sus fotografías expuestas en la Sala Muncunill de Terrassa

Joana Biarnés junto a dos de sus fotografías expuestas en la Sala Muncunill de Terrassa / Laura Marín

Joana Biarnés, la primera mujer fotoperiodista de España, deja la profesión en los años 80 por la cocina y se va a Ibiza a abrir un restaurante. Desde entonces, poco se ha sabido de una de las referentes y autoras de algunas de las fotografías más representativas entre los años 50 y 80. Eso cambia hace dos años, cuando, con la conmemoración del 50 aniversario de las inundaciones del Vallès, su obra vuelve a ver la luz.

A partir de una exposición colectiva en la que destacaba solo un nombre de mujer, Terrassa, su ciudad natal, se propone recuperar su legado. Una recuperación que Joana Biarnés vive con sorpresa e ilusión y que empieza con una exposición que se puede visitar hasta el 2 de noviembre en la Sala Muncunill

¿Qué significa para usted que la primera exposición individual de su trabajo se haga en su ciudad natal?

Significa un premio y un agradecimiento. Un premio por poder hacerla en mi casa y un agradecimiento porque me lo dejen hacer. Hay un sentimiento muy grande porque yo he crecido en esta ciudad y me he hecho aquí como persona y como profesional.

La sala Muncunill presenta una 70ª de sus fotografías. ¿Destacaría alguna especialmente?

Todas tienen su historia. Por ejemplo, esta que tenemos delante con Pilar Miró, que también fue una mujer pionera, porque cuando le hice ese reportaje hablábamos de tu a tu, ya que entonces no había muchas mujeres realizadoras ni tampoco fotoperiodistas. También es especial el reportaje de los Beatles, que fue una prueba para mí misma.

Un reportaje en el que la foto de una rueda de prensa no fue suficiente…

Mi padre siempre me decía que, de cualquier reportaje, lo que tenías que tener era “la foto”. Insistía en que “puedes hacer 60, pero la que vale es una y ésta lo debe explicar todo”. Y en aquella rueda de prensa yo me encontraba en que “la foto” no la tenía. Después, volando en el mismo avión que ellos conseguí hacer fotos que no tenía nadie más, y me podría haber conformado. Pero, ya que estaba en Barcelona quise intentar ir un poco más lejos, que es, pienso yo, lo que debe hacer un reportero. Así que fui a su hotel y piqué a la puerta de su habitación. Yo creo que ellos se equivocaron conmigo porque, estoy segura, creyeron que era una fan que me volvía loca por ellos. Además, tiraba las fotos sin flash, por lo que debían pensar que no saldría ninguna.

Pero se equivocaron. El reportaje tuvo tanto éxito que no sólo se publicó en España sino que lo han reproducido en revistas de todo el mundo.

Sí, incluso en Japón. Me han enviado revistas japonesas con mis fotos publicadas. Evidentemente, sin haber pedido permiso. Porque ese es otro tema, los fotógrafos hemos tenido poca protección en términos de derechos de autor. Aunque tampoco habíamos hecho mucho por protegernos hasta ahora. 

Dalí, Welles, Bernabéu, Polansky, Eastwood, los Beatles, Raphael... son muchos los personajes con los que se ha cruzado en su carrera. Seguro que guarda muchas anécdotas.

Casi todas las fotos tienen una anécdota porque yo ya salía a captar, no solo a través de la cámara, sino también psicológicamente al personaje. La observación también me ayudaba a la hora de captar los momentos de cada protagonista de mis fotos.

El reportaje de los Beatles fue un momento importante en su carrera, pero unos años antes ya había conseguido reconocimiento por las fotografías de las riadas del Vallès de 1962. ¿Cómo recuerda aquel momento?

Para mí ese reportaje fue el que me dijo, por el compromiso en hacer las fotos, llevarlas a Barcelona y conseguir que gracias a ellas el país entero se enterara de lo que estaba pasando, que ya no podía tirarme atrás. Fue como una especie de certificado que me decía que si eso lo había tolerado, podría hacer todo lo que se presentara.

¿Cómo decidió entrar en el mundo del fotoperiodismo?

Yo entré en el mundo del fotoperiodismo para ayudar a mi padre. Primero en el laboratorio y después, un día que vinieron unos excursionistas a buscarlo para hacer un reportaje de una cima que se había descubierto y mi padre no pudo coger el trabajo, les dije que me vinieran a buscar a mí. Aquellas fueron mis primeras fotos de las que, además, mi padre estuvo tan contento que las llevó al Mundo Deportivo, donde trabajaba, y las publicaron. Fue la primera vez que firmé como Juanita Biarnés.

Reportera gráfica en un mundo, a priori, reservado para los hombres. ¿Qué fue lo más difícil?

Empecé a ir a los eventos deportivos con mi padre y, como iba a su lado y era un profesional muy respetado, no había problema. La cosa cambia cuando empiezo a ir sola. El primer partido de futbol al que fui, no daban permiso para empezar y el árbitro vino a sacarme del campo. Suerte que mi padre ya lo había previsto y habíamos ido a pedir credenciales a todas las federaciones deportivas. No me echaron, pero el público no dejaba de silbar e insultar. Pero yo estaba segura que debía continuar. Tiempo después, ya como fotoperiodista del diario Pueblo en Madrid, porque en Barcelona todos me habían cerrado las puertas, los mayores problemas los tuve siempre con la política. Franco no quería ni verme y los grises no me dejaban entrar a los sitios porque era mujer.

¿Qué significó para usted ser fotoperiodista?
Para mí significó enfrentarse a un salto mortal en una época que era muy difícil para una mujer. Era como subirse a un trapecio sin red.

¿Cómo ha visto la evolución de esta profesión?

Con mucha tristeza. En mi época, elaborábamos las fotografías, vivías todo el proceso sin saber el resultado hasta que no salías casi del laboratorio. Ahora esto no existe. Ahora un fotógrafo lo único que tiene que tener claro es lo que quiere hacer. La máquina le hará el resto.

¿Fueron estos cambios los que la hicieron abandonar?

Sí, sobre todo desde que vi que para ganarse la vida se tenía que ir al escándalo. Fue a raíz de un reportaje de un señor de Pamplona que se había curado de cáncer y se prestaba para hacer terapia de grupo. Cuando fui a vendérselo al director de una revista, prácticamente lo tiró a la basura y me dijo que “esto no vende” y me enseñó unas fotos de Lola Flores y sus hijas vestidas de Reyes Magos como muestra de lo que sí vendía. Llegué a casa y le dije a mi marido que ese era mi último día como reportera. Vendí o regalé el material y, como teníamos una casita en Ibiza y mi segunda pasión es la cocina, abrimos un pequeño restaurante allí donde hemos estado 22 años.

¿Cómo vuelve a conectarse con el mundo de la fotografía?

A raíz del 50 aniversario de las riadas, cuando Cristóbal Castro, comisario de la exposición que se hizo entonces, vino a casa y al ver mi archivo dijo que por qué no hacía una exposición. Yo, que tengo una maculopatía degenerativa, le dije que no podía ponerme a revisar negativos. Pero me dijo que lo haría él y, entre los dos, hemos estado dos años escogiendo las fotografías para esta primera exposición que muestra imágenes de los 60 y los 70. Ahora lo que están preparando es la retrospectiva completa que irá de los 50 a los 80.

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