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El pacto contra la violencia machista pone el foco en los menores

El acuerdo incorpora medidas para proteger mejor a los niños y a los huérfanos causados por esta lacra

Patricia Martín / Madrid

Juana Rivas y sus hijos

Juana Rivas y sus hijos, con los que se escondió durante un mes para no devolvérselos a su padre italiano, condenado por maltrato.  / EFE

“Un maltratador no es un buen padre, pero una madre anulada, tampoco está capacitada para ser cien por cien una buena madre”. Esta es la reflexión de Ana Díaz, víctima de malos tratos en su infancia, y la comparten muchos de los especialistas en violencia machista. De ahí que el pacto contra esta lacra aprobado este jueves en el Congreso incorpore medidas para reforzar la protección de los menores, testigos o víctimas directas de las agresiones, así como de los huérfanos que deja esta lacra.

En lo que va de año han fallecido seis niños a manos de sus padres o de las parejas de sus madres, cinco más que en el 2016. Asimismo, han quedado huérfanos 18 menores. Gracias al acuerdo, sus nuevos cuidadores tendrán beneficios fiscales y ellos recibirán asistencia psicológica y acceso prioritario a pensiones de orfandad y becas.

Por otro lado, se vigilará que no se concedan custodias compartidas en casos de violencia, se restringirán las visitas a los padres y se crearán puntos de encuentro familiar especializados. Asimismo, para evitar casos como el de Juana Rivas, que se escondió durante un mes con sus hijos para evitar devolvérselos a su padre condenado por maltrato, se estudiarán modificaciones legales para otorgar protección a las víctimas incursas en situaciones de sustracción internacional.

Las oenegés apoyan las propuestas

Las organizaciones especializadas en la infancia aplauden estas medidas, durante años reclamadas. Por ejemplo, Save the Children opina que el pacto es un “paso importante” para llevar a la práctica el reconocimiento de los menores como víctimas directas de la violencia que ya trajo consigo la ley de la infancia. Aún así, Catalina Perazzo, responsable de políticas de infancia, recuerda la necesidad de que la violencia contra los menores, en todas sus manifestaciones, sea atendida con una ley estatal para su erradicación.

Por su parte, la asociación Flores en el Desierto, que trabaja con personas que, en su infancia, fueron maltratadas, considera que pese a los “avances”, todavía hay un punto en el que “los legisladores no se atreven a intervenir”: La protección de los niños aunque sus madres no denuncien, si llega a detectarse la situación. Además, su presidenta, Pilar Díaz, lamenta que el acuerdo no contemple la “supervisión efectiva” cuando los niños aún no han sido escolarizados. “Los bebés, como lloran mucho y no se les puede encerrar en una habitación, son una fuente de conflicto, por eso, el mayor maltrato se produce en el primer año de vida”, explica.

Las secuelas

Las principales secuelas en los niños son el sentimiento de culpa, la baja autoestima, la angustia y el miedo, que a veces se convierte en fobias. Estos síntomas prevalecen durante la etapa adulta, “aunque eso no significa que se cumpla el estereotipo de que se convierten en maltratadores”, añade.

Ana Díaz, sin embargo, sí cayó en los “errores” de su madre y tuvo una relación tan represiva como la que sufre su progenitora, que aún mantiene su relación sentimental. De niña no sufrió directamente las agresiones, pero sí el maltrato psicológico. Así, recuerda como uno de los episodios más amargos cuando la hospitalizaron y sus padres se limitaban a visitarla por las tardes porque su progenitor priorizaba sus propias necesidades. Durante años sintió que el “foco del conflicto” era ella y que su madre le trasladaba la responsabilidad de “portarse bien”. “Mi madre me enseñó a crecer con miedo, muchas inseguridades, culpabilidad… a ser cómplice de sus mentiras, de la manipulación, del silencio, y a sentir la responsabilidad de que mi padre y ella fueran felices, al menos en apariencia”, relata.  

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