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Trabajar en comunidad

Los profesionales no solo pagan por el espacio sino que se relacionan en él con otros y colaboran

Los centros de 'coworking' viven una época de consolidación tras la burbuja de hace dos años

CARMEN JANÉ
BARCELONA

«Esto no trata de alquilar un espacio, sino de gestionar comunidades de personas», proclama Marc Navarro, gestor de Crec, uno de los cientos de espacios de coworking que proliferan en Barcelona y que sus promotores anuncian como una nueva forma de trabajar.

Porque el coworking es algo más que la oficina compartida de toda la vida, donde varios profesionales se repartían un despacho para ahorrar gastos. Lo de ahora -o de hace años, porque el primer coworking nació en California en 1999- es ir a trabajar a un espacio alquilado en un local en el que se puede contactar con otros profesionales con los que, en un momento concreto, se pueden realizar trabajos para otros. Y no necesariamente digitales o vinculados a la web. Los hay de todos los perfiles, aunque abundan los de diseño y servicios.

«Es más que ir a la oficina, trasciende el espacio. Es llegar a un lugar donde se puede colaborar con otras personas y cada uno hace lo que sabe hacer», explica Jordi Silvente, presidente de Cowocat, la asociación de los coworkings catalanes.

Los orígenes de los coworkings en Catalunya se reparten entre los telecentros, que intentaban acercar internet a zonas rurales y funcionaban como vivero de empresas digitales, y los centros de negocios urbanos, despachos con fax y secretaria donde se alquilaba un cubículo, y que vivieron su transformación desde el llamado Silicon Gracia. «Cuando empezamos con el Gracia Work Center, en el 2007, no usábamos la palabra porque nadie sabía lo que era. Desde hace un par de años, en esta zona hay uno en cada esquina», explica Cristina Martínez-Sandoval, pionera de una historia que quiere contar en el documental De San Francisco a Barcelona, los orígenes del coworking, en fase de financiación.

Barcelona ha vivido una de las burbujas más importantes de Europa. En el 2013, por efecto de la burbuja inmobiliaria, España era el tercer país con más coworkings del mundo, tras EEUU y Alemania, y Barcelona acogía el 46% de los locales, más de 300, según datos del último congreso sobre coworking del pasado abril.

Sin embargo, la misma crisis que llevó a pensar en esta fórmula como la panacea para sacar rendimiento a locales vacíos y favorecer a los emprendedores (con cursos sobre cómo desarrollar el negocio en Barcelona Activa incluidos) ha hecho que algunas experiencias fracasen y otras funcionen a medio gas. Un puesto fijo durante todo el día cuesta entre 110 y 400 euros mensuales, según el local. Hay tarifas por día, por franjas horarias y descuentos por grupos.

PERSPECTIVAS / «Hubo una cierta burbuja y ahora ha pasado el boom. El espacio en sí se mantiene y permite cubrir gastos y ganar algo de dinero pero hay que mantener los servicios (internet, luz, climatización, personal, seguros...) y ha habido que bajar precios. Lo que antes pagaba la gente sin rechistar, ahora se ha quedado en la mitad», explica Martínez Sandoval.  Aun así hay espacios con lista de espera, como MeetBCN, que cobra casi 300 euros al mes por un espacio en Balmes-París, o Makers of Barcelona (MOB), un modelo de éxito por su comunidad de más de 200 socios que comparten filosofía.

«No todos sobreviven pero es un fenómeno normal. Alquilar espacios no es muy rentable. Han salido beneficiados los que han sabido crear algo distinto, como agrupar personas interesantes, organizar eventos o alquilar otros espacios», explica Manuela Procopio, consultora de espacios de coworking y promotora del estudio Coworkshops con Ulrich Schubert. «Si no logras un espacio agradable, creas comunidad y defines bien los roles con los socios, es difícil que funcione», asegura.

«Para nosotros, el coworking es una excusa para tener una masa critica de talentos, enfocado en innovación, creatividad y emprendeduría», explica Cecilia Tham, fundadora del MOB, que prepara una agencia creativa a partir de clientes y servicios empresariales de su espacio.

El coworking es muy utilizado también por extranjeros que están un tiempo determinado en Barcelona y no van a alquilar un local, o autónomos que necesitan un cambio. «Es muy duro trabajar solo en casa, sobre todo si vives solo, acabas no hablando con nadie», afirma Navarro, que insiste en el beneficio de separar vida personal de profesional. «Te vistes, bajas a la calle y vas a la oficina». Esta separación de horarios hace que muchos espacios funcionen de 9 a 21 horas, aunque algunos ofrecen las llaves a usuarios de confianza para que puedan alargar jornadas por puntas de trabajo o porque colaboran en proyectos internacionales con otros horarios.

NOMBRE CONOCIDO / Otros ofertan ayuda empresarial bajo pago para animar el negocio (mentoring) y exhiben la red de contactos como atractivo. «El nombre que tenga el espacio es importante, porque atrae a más profesionales interesados», explica Héctor Escudero, de Transforma BCN.

La principal queja de estos locales es la competencia que dicen que hacen las administraciones, que ofrecen espacios más económicos en viveros de empresas. En Barcelona, el ayuntamiento solo ofrece 17 puestos en la incubadora Almogàvers Business Factory, de Barcelona Activa, a exemprendedores que hayan participado en sus programas.

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