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la cuenta atrás de un doloroso desaHucio

La quieren echar de casa a los 104 años

TEXTO: JUAN FERNÁNDEZ / FOTOS: JOSÉ LUIS ROCA

Gallardón desahucia a Inocencia Zofio Cajal, de 104 años. / JOSÉ LUIS ROCA

Desde los balcones de la cuarta planta del número 9 de la calle de Bailén de Madrid se divisan atardeceres sobrecogedores. La vista, orientada al oeste, abarca el Palacio Real, los jardines Sabatini, la espalda del Campo del Moro y la Casa de Campo, para perderse al fondo por la falda de la sierra de Guadarrama. Velázquez se habría puesto aquí las botas pintando sus famosos crepúsculos madrileños, pero Beatriz Sanclemente, de 70 años, frunce el ceño cada vez que se acerca a los ventanales. «Malditos balcones, ellos tienen la culpa de nuestra desgracia», suelta con la mirada perdida en el horizonte.

La desgracia de la que habla no es tanto suya como de su madre. Ella ya sabía que algún día, tarde o temprano, tendría que despedirse de la casa donde ha vivido junto a su familia desde que nació. Pero con su madre es distinto. Inocencia Zofío cumplió el pasado jueves 104 años y lleva los últimos ocho batallando contra el Ministerio de Hacienda, actual propietario del edificio, que quiere echarla de la vivienda donde reside en régimen de alquiler desde 1939. Ancianos con contratos de renta antigua hay miles en Madrid, pero, ay, no todos ven lo que ella contempla cada vez que se arrima a la ventana. «Esta vista, que es lo mejor de la casa, va a acabar poniéndonos de patitas en la calle», se lamenta su hija.

Asomada a sus dos balcones, desde donde se podrían romper los cristales de las ventanas del Palacio Real con una pedrada, en los últimos tres cuartos de siglo Inocencia ha visto pasar riadas de turistas, desfiles militares, mandatarios de todos los colores y hasta bodas reales, pero los últimos visitantes que ha recibido en casa son los emisarios judiciales que les traen las resoluciones de las que depende dónde va a vivir el resto de sus días.

Recelo fundado

El último en llegar las apremiaba a ella y a su hija a abandonar su casa antes del 11 de mayo y a abonar una considerable multa por haber obstaculizado los planes del ministerio: oficialmente, consisten en llevar a cabo obras de mantenimiento en el edificio, pero ellas están convencidas de que esa declaración de intenciones esconde una operación inmobiliaria especulativa. «Podrían hacer las obras con nosotras dentro, pero no quieren. Sabemos que si salimos, no volveremos. Planean convertir todo esto en apartamentos de lujo y necesitan los pisos sin bicho dentro», declaran con desparpajo.

La pesadilla, para ellas y los otros cuatro octogenarios que también resisten en el bloque -todos en régimen de alquiler, por el que pagan una media de 50 euros cada uno-,

comenzó el día en que falleció la propietaria de la finca sin dejar herederos. En ese momento, el edificio pasó a ser propiedad del Estado y comenzó el baile de propuestas e insinuaciones por parte del ministerio. A la oferta de venta que les enviaron

-«menudo disparate: nos pedían tres millones por comprar la finca. ¿De dónde íbamos a sacar ese dinero, si aquí todos somos pensionistas?», se pregunta Beatriz-, le siguió la visita de los técnicos del Ayuntamiento para revisar el estado de la construcción. «Llegaron contando que necesitaban hacer calas para inspeccionar los muros, pero solo se dedicaron a sacar fotos de las vistas que se veían desde los balcones», continúa relatando la hija de Inocencia.

La negativa de los vecinos a salir de sus casas mientras duraran las obras se resolvió delante de un juez, quien, al menos de momento, le ha dado la razón a Hacienda. En el largo proceso judicial y burocrático que lleva librado, la avanzada edad de Inocencia ha ido dejando ver su huella de manera cada vez más palpable. Hace apenas cuatro años, ella era la primera en ponerse delante de las cámaras de televisión que visitaban su casa para hacerse eco de su denuncia. Hoy su cabeza es un mar de recuerdos donde el pasado se mezcla con el presente, aunque tampoco le faltan golpes de arrojo y lucidez como el que la animó recientemente a escribirle una carta de su puño y letra al ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, reclamando su mediación. A aquella misiva le siguieron otras similares a distintas instancias del Gobierno, el Ayuntamiento y la Comunidad, todas sin respuesta.

Una mujer adelantada

«Algunos días se da cuenta de lo que pasa y se echa a llorar. Otras veces le contamos que debemos abandonar la casa para que hagan unas obras y que volveremos pronto. Temo que el día que salga de aquí, su cabeza no lo resista», cuenta Beatriz junto a una montaña de cajas de embalar y una foto de los años 40 que muestra a su madre al volante de un coche. Inocencia fue siempre una mujer adelantada a su tiempo. Lo dice su hija y se apresura a subrayarlo la propia centenaria. «Esa soy yo aprendiendo a conducir», dice señalando la foto antes de improvisar un rápido currículo vital: «Trabajé ocho años como taquimecanógrafa en una editorial. Aquello me encantaba, pero luego me casé y, al acabar la guerra, mi marido y yo nos vinimos a esta casa, donde antes vivían mis suegros. Empezamos pagando 25 pesetas por el alquiler. En esa cama, a la luz de un candil, he parido a mis cinco hijos», dice señalando su habitación.

Más que por un desahucio, Inocencia Zofío reúne méritos para ser noticia por su flamante longevidad. A su edad, lee el periódico a diario, hace ganchillo con soltura y se acicala ella sola como una princesa cada mañana. «La mujer compuesta quita al marido de otra puerta», dice entre risas a cuento de su confesa coquetería. Bromista y habladora, se declara fanática del baile. «Se me da bien el chotis y el charlestón, pero lo mío es el tango. Lo bailé tantos domingos por la tarde con mi padre en el casino militar…», recuerda. Ahora ya no va al casino, pero sigue siendo la primera en arrancarse a bailar en los cumpleaños familiares y, tan pronto se presenta alguna excusa, en seguida está dispuesta a bajar los 140 escalones que separan su piso de la calle.

Los Sanclemente-Zofío son una familia apegada a esta cornisa de Madrid. El suegro de Inocencia trabajaba como jefe de mantenimiento del Palacio Real y jugaba en sus jardines con don Juan, el padre del rey Juan Carlos. Él fue uno de los últimos en despedir a Alfonso XIII en plena calle de Bailén al proclamarse la República. Más tarde, el marido de Inocencia entraría a trabajar como aparejador en el Palacio, donde también se emplearon otros dos hermanos suyos, uno como sastre y otro de contable.

En aquellos años, las instalaciones palaciegas eran casi una prolongación de su vivienda. «De críos solíamos ir a jugar a los jardines Sabatini. Para avisarnos de la hora de la comida, nuestra madre ataba un pañuelo blanco en el balcón. Era la señal para que subiéramos a casa», recuerda Beatriz.

«Hemos sido toda la vida una familia de Estado, y ahora el Estado nos echa a la calle», suspira la hija de Inocencia. Ella y sus hermanas han empezado a mirar pisos por la zona para mudarse, por si finalmente se cumple la orden de desahucio, pero asumen que con su pensión y la de su madre no les da para vivir en el centro de Madrid. Su preocupación ahora mismo no es elegir barrio, sino encontrar la manera de explicarle a su madre que el último día que bajen las escaleras de casa no será para bailar tangos, sino para marcharse y no volver jamás. «¿Es tanto pedir que mi madre, a sus 104 años, pueda morir en su casa?», pregunta mirando al balcón. H

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