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Merkel gesticula en una reunión de su grupo parlamentario, en el Bundestag, en Berlín, el 20 de noviembre.

Merkel, una piedra angular vacilante

Rosa Massagué

La incertidumbre alemana afecta al conjunto de la Unión Europea dejando en el aire debates clave como la políticas económica y migratoria

Lo que le faltaba a Europa. El país que ha sido el pilar de la estabilidad en la cada vez más tambaleante Unión ha entrado también en la vía de la incertidumbre. Aunque la duración de la crisis política alemana se alargue -podría ser hasta más allá de febrero si la salida son nuevas elecciones-, el gobierno en funciones seguirá sin sobresaltos, pero lo que la crisis significa para el futuro de Alemania y de Europa no es poca cosa. Berlín ha emprendido una senda que otros países como Italia, Holanda o España conocen bien y es la gran dificultad para trabar una mayoría que permita la gobernabilidad hasta el punto de fracasar y tener que llamar nuevamente a los ciudadanos a las urnas.

Las anteriores coaliciones alemanas, grandes o pequeñas, se habían fraguado con la perspectiva prácticamente asegurada del éxito. El fracaso ahora de la coalición Jamaica ha despertado el fantasma de la república de Weimar. La situación parlamentaria, reflejo del estado de ánimo de los alemanes, ha cambiado. Con una socialdemocracia en sus horas más bajas, un cansancio por los 12 años de gobierno de Angela Merkel, varios escándalos en la flor y nata industrial del país como es la industria automovilística, y con una nueva fuerza xenófoba y de derecha radical en neto ascenso que ocupa un espacio relevante en el Bundestag, los viejos equilibrios entre centroderecha y centroizquierda han desaparecido dando lugar a un nuevo paisaje político.

Esta situación no es muy distinta a la de muchos países europeos en los que la ascensión de fuerzas populistas le comen el terreno a los partidos tradicionales desgastados por la crisis que no han sabido domar, por la corrupción, por la incapacidad de hacer frente a los verdaderos problemas y necesidades de la ciudadanía y por la cada vez más angustiosa división social. El ‘brexit’ sería el máximo ejemplo de esta deriva que socava los cimientos de Europa, pero no el único. En Italia, con sus luchas políticas fratricidas, escándalos financieros y una economía gripada, el populismo de unos y la xenofobia de otros cabalgan libremente. O en Austria, Polonia, Hungría, o Eslovaquia donde crece el antieuropeísmo y desde los gobierno se atacan principios en los que se basa el estado de derecho. Sin olvidar el equivalente en España del ‘brexit’ que sería el desafío independentista catalán.

Alemania sigue siendo el motor económico de Europa, pero el motor político que era una Merkel sólida que destilaba estabilidad en una Unión en dificultades tendrá consecuencias. “Europa no se detendrá”, dicen en la Comisión en un ejercicio de relaciones públicas para no generar alarma. Lo cierto es que una serie de proyectos que debían haberse abordado antes y que la crisis económica ha hecho urgentes como son la nueva arquitectura de la Unión Económica y Monetaria o la política migratoria sufrirán algún tipo de receso. El presidente francés, Emmanuel Macron, esperaba ansioso la formación de Gobierno en Berlín para poner en marcha junto a Merkel su programa de reforma europea, pero la piedra angular se está desfondando.       

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