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Parece que entre las modas estúpidas que buscan definición o autoestima existe la posibilidad de hacer el recorrido del metro en lugares inverosímiles

Se han sabido los datos de los suicidios en las vías del metro y de los trenes en Catalunya. Unas 80 personas de media, cada año, en el bien entendido que son cifras aproximadas porque es difícil tomar medidas y, al parecer, aún lo es más contabilizar el número de los que deciden acabar así, con un choque terrible contra el hierro impasible, contra la velocidad ciega del convoy. Todos hemos vivido paradas por «razones técnicas», que nadie explica (como ocurre, por ejemplo, en Italia), o todos hemos oído el relato del maquinista desolado ante la imposible maniobra salvadora, o el del testigo que ha observado, incrédulo, a la entrada del túnel cómo un chico se dirigía hacia a la muerte.

Ahora, además, desde Madrid nos llega la noticia de un adolescente de 13 años al que una máquina ha seccionado ambas piernas por culpa de un accidente provocado porque el joven intentaba viajar en medio de los acoplamientos que unen los vagones. Parece que, entre las modas estúpidas que buscan definición o autoestima, o que describen la valentía como un reto constante, o que infringen dolor para demostrar entereza, existe la posibilidad de hacer el recorrido del metro en lugares inverosímiles, como estas juntas o como el techo del vagón. Cuesta calibrar si el reto es pariente del suicidio o si responde al deseo de creer que el mundo no tiene límites. Y tampoco los tiene el deseo de aventura incólume. Un afán que se debate entre la fragilidad y la inmortalidad. 

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