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El auge de la extrema derecha

El líder de la extrema derecha austriaca, Norbert Hofer.

Sobre la ausencia de un partido xénofobo en España

Gemma Pinyol-Jiménez

La excepcionalidad española no es garantía de nada porque la extrema derecha organizada a nivel europeo está buscando oportunidades

En estos últimos años, y parafraseando la frase de Marx Engels, se  habla de un nuevo fantasma que recorre Europa: la extrema derecha xenófoba. Son muchos los países europeos que han visto cómo se consolidan como opciones políticas que hacen bandera no sólo del odio al diferente -en forma ahora de refugiado, pero también de inmigrantes o minorías étnicas según el contexto- sino también de un duro discurso euroescéptico y, en el fondo, de hartazgo del modelo de democracia liberal nacido después de la segunda guerra mundial

Excepcionalidad celtibérica

El auge de la extrema derecha xenófoba se ha vinculado a cuestiones tales como la mal llamada crisis de refugiados, la crisis económica, la globalización y la desilusión con un proyecto europeo que no ha respondido a las expectativas. Se podría discutir mucho sobre la validez de estos argumentos -de hecho, la crisis económica se ha vivido con menor intensidad en Países Bajos y eso no ha excluido el auge del PVV neerlandés-, pero en esta ocasión, se quiere incidir en lo que, para sorpresa de muchos, se ha convertido en la excepcionalidad celtibérica (España, Portugal e Irlanda). Es decir, la ausencia de partidos de extrema derecha xenófoba en países en los que el impacto de la crisis económica; el incremento de la población extranjera o el desgaste en la confianza para con la clase política parecerían un escenario abonado para este tipo de partidos. 

Excepcionalidad española

El por qué de esta excepcionalidad, en el caso español, es la base del interesante estudio del Instituto Elcano 'The Spanish Exception: Unemployment, inequality and immigration, but no right-wing populist parties'. Hay distintas razones que sustentan esta explicación, y merece la pena reflexionar sobre alguna de ellas. En primer lugar, y no es cuestión menor, por falta de oferta política. Los votantes de extrema derecha no se han organizado de modo suficiente para crear un espacio electoral propio -entre otras razones por las dificultades que impone el propio sistema electoral- o se ha sentido suficientemente cómodos votando a otros partidos existentes. Esta debilidad viene a sumarse a otra excepcionalidad española, como es la falta de partidos euroescépticos en el escenario político español tradicional. En buena parte de los países europeos en los que el discurso xenófobo ha cogido fuerza, la estructura de los partidos que lo abanderan se había ido consolidando con anterioridad por sus discursos contrarios a la Unión Europea, como paradigma de la pérdida de la soberanía nacional. En el caso español, y seguramente a resultas de la transición española, la mayoría de partidos mayoritarios se mostraron claramente favorables al proyecto comunitario, y este europeísmo es aún una característica persistente en la opinión pública española. 

En segundo lugar, el impacto de la crisis económica ha significado en España una de las mayores tasas de desempleo y crecimiento de la desigualdad en Europa, y a pesar de ello, no ha servido para animar la aparición de un partido de extrema derecha xenófoba. Se apunta aquí que la debilidad del sistema de bienestar español ha servido, en esta ocasión, para construir alianzas entre los grupos más vulnerables en lugar de construir espacios de competición entre la población autóctona y la población extranjera, como puede haber sucedido en países con sistemas de bienestar más fuertes.

Los discursos del odio sí están presentes a nivel local entre los partidos mayoritarios

En tercer lugar, y a pesar que la población extranjera en España ha crecido sustantivamente en las últimas décadas, ello no ha alimentado la aparición de partidos xenófobos. Seguramente porque, de manera general, los partidos mayoritarios no han hecho bandera de este tema, pero también porque la opinión pública española se ha consolidado como una de las más positivas no sólo en términos de inmigración, sino de aceptación de la diferencia en general. Tal vez la relativa debilidad de la identidad nacional española que apunta el informe de Elcano o la centralidad del debate vasco-catalán en relación a los debates identitarios en España pueden ser explicaciones parciales. En cualquier caso, no debería menospreciarse el papel que los municipios han jugado en el mantenimiento de la cohesión social.

En cualquier caso, la excepcionalidad española no es garantía de nada. Primero, porque la extrema derecha organizada a nivel europeo está buscando oportunidades para crecer en esos países en los que hasta la fecha no ha podido hacerlo. Y mueven suficientes recursos como para preocuparse. Y en segundo lugar, porque los discursos del odio o xenófobos sí están presentes entre los partidos mayoritarios, aunque sea a nivel local. Y no se desautorizan públicamente si son rentables electoralmente. Avivar esta llama tiene un riesgo a medio plazo que ni la clase política, los medios o la opinión pública española deberían ignorar.

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