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ANÁLISIS

Rajoy saluda tras ir a votar, este domingo en Madrid.

¿Dónde están los ocho millones de votantes del PP?

Joan Cañete Bayle

En la conversación pública de izquierdas, tras el 26-J hay estupor, ira, frustración y un añejo sentimiento de superioridad moral

A juzgar por el estupor en las redes sociales y en la conversación pública, se diría que los casi ocho millones de votantes del PP el domingo son imaginarios, que no existen. ¿Alguien conoce a un votante del PP? Estadísticamente es casi seguro que sí, pero muchos no lo saben. Hace años, a un italiano le resultaba casi imposible encontrar a un votante del invencible Berlusconi, y hoy España parece que va por el mismo camino. ¿Alguien tiene un amigo o follower en las redes sociales del PP? Ahí la respuesta puede ser más sencilla: parece que no, a juzgar por la furibunda reacción en las redes por el resultado electoral del 26-J, en el que se mezcla el estupor, la incredulidad, la frustración, la ira y, en las filas de la nueva izquierda, una añeja superioridad moral. Un variado espectro de emociones en el que, al parecer, hay poco espacio para la autocrítica.

Los 7.906.185 votantes del PP existen, por supuesto, y son prueba (otra más) de que las redes sociales no son la realidad social y de que lograr que arda Twitter no equivale a que arda la calle. El análisis hasta las entrañas del resultado electoral debe arrojar alguna luz a lo sucedido el domingo, como por ejemplo la magnitud de la brecha generacional,  pero hoy ya sabemos que no es tan claro que España sea tan de izquierdas como la izquierda suele creer (en votos los dos bloques están empatados) y que el ruido en la conversación pública no equivale después a votos. O no siempre, si no está unido a una movilización real del voto, al viejo trabajo en la calle, de abajo para arriba (el modelo con el que triunfó Barcelona en Comú) y no de arriba para abajo (que es hacia lo que ha ido virando Podemos).

RAJOY, PESE A TODO

Resulta muy difícil que alguien vote a un colectivo que cree que le desprecia. En la reacción ante los resultados electorales que se lee y se oye en el ala izquierda de la conversación pública, hay una fuerte corriente de menosprecio hacia esos 7.906.185 votantes que han votado al PP a pesar de la corrupción, a pesar de los recortes, a pesar de la ley mordaza, a pesar del 'Fernándezgate', a pesar de la oratoria de Mariano Rajoy, a pesar del inmovilismo de los últimos seis meses, a pesar de la carta a Juncker, a pesar de la Caja B, a pesar de la Gürtel, a pesar de una larga lista en la que también se incluye Catalunya. Es mucho más sencillo culpar a la eterna capacidad del pueblo español de votar en contra de sus propios intereses que preguntarse por qué Unidos Podemos no ha podido sumar ni seducir a nuevos electores o por qué Pablo Iglesias se ha convertido en una figura tan polarizante. Es la paradoja de construir un discurso en nombre de una gente a una parte importante de la cual se menosprecia, de citar la voluntad popular como piedra angular de un proyecto político y ciscarse en ella cuando en dos elecciones consecutivas le ha dado la victoria al PP. Esta superioridad moral de la izquierda en el discurso público, que a ojos de muchos encarnan Podemos en general e Iglesias en particular, invisibiliza a esos 7.906.185 votantes.

Pero es una venda autoimpuesta. Porque sí existen, aunque muchos de ellos tal vez no sepan lo que es un 'hashtag', y el menosprecio no parece la mejor forma de llegar a ellos, de analizar por qué son tantos y de lograr que la próxima vez sean menos. Por supuesto que existen. De hecho, han ganado las elecciones. Por eso, la noche del domingo en Génova se coreaba con sorna 'sí, se puede'.

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