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Los jueves, economía

El fracaso de Europa

Josep Oliver Alonso

Tras todas las mejoras económicas, llega el momento de los proyectos políticos de gran alcance

Sea cual sea el final del drama griego, lo cierto es que toda Europa ha perdido, y mucho, en esta historia. Quizá Angela Merkel consiga evitar que Grecia abandone el euro. Quizá Alexis Tsipras sea capaz de convencer a su ala izquierda de que un acuerdo, por malo que sea, es mejor que nada. Quizá, si Grecia acaba saliendo del euro, Alemania la mantenga en la UE. Pero las sospechas, temores y falta de confianza entre Grecia y la UE son ya norma común y, sea cual sea el final, esto no hay quien lo remedie. Las heridas, en el orgullo de los griegos y en la confianza de alemanes y centroeuropeos, no desaparecerán de la noche al día por más que se alcance una solución, que siempre será transitoria. Porque, sea cual sea la solución, Grecia no pagará.

¿Quién es el responsable? A esta Europa nuestra puede aplicarse el adagio aquel que dice entre todos la mataron y ella sola se murió. Porque la responsabilidad de haber llegado a esta dramática situación es de unos cuantos. De la Comisión y el BCE, que se lanzaron al proyecto de Unión Monetaria confiando, ilusos, que los mercados eran suficientemente racionales como para evitar que un país se endeudara en demasía. De los dirigentes y la Administración griega, por mentir durante años a la estadística europea, ocultando el verdadero alcance de su endeudamiento. De la banca, y los gobiernos, de Alemania y el resto de grandes países, que sospechando lo que había bajo la alfombra de los griegos miraron para otro lado, esperando que no pasara nada. De la propia población griega que, en los años de bonanza, aceptó una fiscalidad y un gasto públicos que no podía permitirse. Europa está avanzando hacia mayores grados de integración económica. Tras el euro ha venido la unión bancaria y se prepara la integración de los mercados de capital. Y cada paso que se da hacia adelante hace más difícil regresar al pasado. Y que ahora, con la unión bancaria, el fondo de rescate, las OMT y la Quantitative Easing del BCE, y otros instrumentos, es menos probable una ruptura del euro que hace unos años.

UNA GESTIÓN NEGATIVA

Pero estos avances, aun siendo importantes y, quizá, decisivos, no excusan de las negativas consecuencias de la gestión de Europa en estos últimos 15 años. La ilusión por el proyecto europeo se ha desvanecido y en ese proceso la no-solución del problema griego ha sido un factor no menor. Porque uno de los efectos colaterales del conflicto con Grecia ha sido la artificial construcción, en los países del sur, del mito de una Alemania avariciosa o, en el mejor de los casos, puritana y calvinista. Que pretende que quien la hace la paga. Y desde el centro y el norte de Europa ha ido cristalizando otra tesis, igualmente incorrecta, acerca de la incapacidad del sur para corregir sus problemas de fondo. Por ello no es extraño que proliferen los partidos que cuestionan esta Unión.

Y faltos de ilusión y con una creciente marea antieuropea, ya me dirán si hay suficiente con avances solo en lo económico. Europa se nos ha llenado, para desconsuelo nuestro, de indignados: en el sur y, también, en el norte. La Unión ha recorrido un gran trecho en la gobernanza económica desde el 2008. Espléndido. Pero al proyecto le falta alma, un alma que solo la puede insuflar el avance hacia integraciones económicas más estrechas. ¿Se imaginan el impulso que significaría votar a un presidente europeo? Ahora que amenaza un derribo parcial, ahora que el Brexit (la salida de Gran Bretaña) o el Grexit (la de Grecia) están sobre la mesa, ahora debería ser el momento de convertir el fracaso de Europa en otro avance.

Desde el estallido de la crisis, la casa común europea está amenazada. Como en otros momentos de la recesión (salvamento de Grecia e Irlanda en el 2010, de Portugal en el 2011, profunda crisis en España y ayuda financiera en el 2012), la Unión está otra vez en un cruce de caminos. Y en este proyecto no hay situación estable: se avanza o se retrocede. Pero tras todas las mejoras económicas queda ya muy poco margen para que ellas puedan sostener el andamiaje. Ahora sí está llegando el momento de la política. Es momento de proyectos políticos de largo alcance.

Pero, a la luz de los fracasos de estos últimos años, asistiendo a una debacle, la griega, que nadie desea pero que parece cada vez más probable, se me hace difícil imaginar si nuestros líderes serán capaces de tomar la alternativa. De Europa quizá podría afirmarse lo de ¡qué buen vasallo sería si tuviese buen señor! Pero, viendo como florecen los partidos populistas antieuropeos, quizá no se trate ni de vasallos ni de señores. Todos somos, todos seremos, responsables.

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