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La economía y las personas

Crecimiento y felicidad

Josep Fontana

La vieja fábula de que un aumento de la riqueza global se traducía en beneficio para todos ya no es creíble

El contraste que existe en un mundo cada vez más desigual (Oxfam calcula que en el 2016 el 1% de los más ricos poseerá más de la mitad de la riqueza global) entre el crecimiento económico y el bienestar de la mayoría ha llevado a buscar índices que midan con más eficacia la calidad de vida del ciudadano común. Porque parece claro que la mejora de esta no se corresponde con el aumento de la riqueza que se deduce del hecho de que el producto interior  bruto global haya crecido un 635% desde 1980. Y aunque estas mismas estadísticas nos han estado asegurando que la pobreza extrema disminuía considerablemente, parece claro que algo debe fallar en estos cálculos  cuando la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo) reconoce que el crecimiento global no la ha aliviado: el 20% de los más pobres, unos 1.400 millones de seres humanos, han recibido 70 céntimos por cada 100 dólares de aumento del ingreso global. La evidencia de los hombres y las mujeres que se juegan la vida cruzando el Mediterráneo nos cuenta otra historia.

La vieja fábula de que un aumento de la riqueza global se traducía en beneficio para todos (la teoría del trickle-down o goteo) ha perdido credibilidad, aunque nuestros gobernantes se empeñen en convencernos de su validez cuando usan los datos de crecimiento del producto como una demostración de que vivimos bien y una promesa de que viviremos mejor si ellos siguen gobernando.

Esta evidencia es la que ha llevado a buscar otras medidas que valoren de manera más satisfactoria el bienestar. Lo han intentado las Naciones Unidas con el índice de desarrollo humano, que toma en cuenta factores como la esperanza de vida al nacer o los años de escolarización; pero hay otros que buscan incorporar más elementos, como el de la OCDE (Better Life Index), que a los indicadores sobre la vivienda o el trabajo añade otros sobre la satisfacción de la vida y que nos asegura que «el 65% de las personas dicen en España que en un día normal tienen más experiencias positivas que negativas», lo que no parece ser gran cosa si tenemos en cuenta que el promedio de la OCDE es del 76%.

Otros, como Gallup, nos ofrecen resultados un tanto sorprendentes, que ponen por delante a Panamá y Costa Rica, si bien parece más razonable que los últimos sean Siria y Afganistán. En el apartado referido a España se nos advierte de que «el bienestar social es vital para envejecer saludablemente», una conclusión que imagino que tiene la misma validez en el caso de Madagascar y que no me parece que haya requerido grandes esfuerzos de investigación.

Quisiera referirme, sin embargo, a otro índice con estimaciones para el 2015, el World Happiness Report 2015 elaborado por el Sustainable Development Solutions Network, al parecer con financiación de la Unión de Emiratos Árabes, que, se nos asegura al comienzo, ha hecho el objetivo central de su política convertir Dubái «en la más feliz de las naciones» (salvo para los trabajadores extranjeros que son despiadadamente explotados, imagino).

El World Happiness Report trabaja con los mismos conceptos de «bienestar subjetivo» que emplea la OCDE, partiendo de tres aspectos: la evaluación cognitiva de la propia vida, las emociones positivas (alegría, orgullo) y las negativas (dolor, angustia, preocupaciones), aspectos que se considera que son determinados por otras razones, además de los ingresos y las condiciones materiales.

Cuando de las consideraciones metodológicas pasamos a los resultados, la lista de los países más felices responde a lo esperado: Suiza, Islandia, Dinamarca, Noruega, Canadá… Aquí Panamá está en el número 25, y Costa Rica en el 12. España, sin embargo, está en el 36, muy por debajo de Venezuela (23), pese a lo que nuestros medios nos cuentan de este país, y por debajo de Brasil, Catar, la República Checa, Uruguay o Tailandia.

Pero yo diría que el elemento que está más en contradicción con las visiones de felicidad que el señor Rajoy nos ofrece cada día es el cuadro de los cambios que ha habido en esta percepción de felicidad entre 2005-2007 y 2013-2014. Allí podemos ver que hay una serie de países que han mejorado considerablemente sus índices, comenzando por Nicaragua, y que los más felices (Suiza, Noruega, Suecia) se mantienen sin grandes cambios. Lo más sorprendente lo encontramos en la lista de los países que han retrocedido estos años, donde si bien está Venezuela (con una mínima disminución, -0,037), en el fondo del pozo encontramos a España (-0,743), Jordania, Ruanda, Arabia Saudí, Italia, Egipto y Grecia (-1,470).

O sea, que nada de bienestar y felicidad en estos años. Yo, si fuese usted, me lo pensaría mejor antes de volver a votar al Partido Popular.

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