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El ejercicio físico y la salud

Deporte, riesgo y responsabilidad personal

J. L. Pérez Triviño

Es conveniente que se endurezcan los filtros de acceso a pruebas de gran resistencia y exigencia

El riesgo es un factor que forma parte de la existencia de los seres humanos. En el pasado, gran parte de las fuentes de peligro eran causadas por la naturaleza, de forma que se sufrían de forma pasiva, ya fuera causado por un terremoto, un rayo, una inundación o una sequía. En las sociedades desarrolladas en las que vivimos, tales factores de riesgo se han incrementado gracias al avance de la ciencia y la tecnología que en el proceso o resultado de su actividad generan contextos de peligro: una central nuclear o química puede llegar a provocar catástrofes de incalculables dimensiones a la población que vive en sus alrededores. Pero también, el tráfico automovilístico, ferroviario o aéreo, pueden implicar daños que son muy conocidos. Ahora bien, son contingencias que estamos dispuestos a asumir por las consecuencias beneficiosas globales que producen.

Sin embargo, junto a esos dos factores, en la sociedad de ocio se ha generado un nuevo grupo de riesgos que se distingue de los anteriores por el hecho de que su asunción es completamente voluntaria; nos referimos a los peligros sobre la salud que genera el deporte. Paradójicamente, la práctica deportiva es vista casi unánimemente como algo positivo para el estado físico y mental de sus practicantes. Y así es, cuando se ejercita de forma debida. Sin embargo, el deporte de élite implica que los atletas lleven a su cuerpo hasta el límite, lo cual ocasiona frecuentemente perjuicios severos sobre su cuerpo. Piénsese en el fútbol americano, tan discutido incluso por el presidente Barack Obama debido a los daños cerebrales que puede llegar a producir.

Un espíritu competitivo superior

Pero desde hace algunos años estamos viviendo un fenómeno curioso. El deporte practicado por aficionados está llegando e incluso superando al deporte de élite en cuanto a los riesgos que supone para aquellos. En la actualidad, un número importante de deportistas aficionados no va en bicicleta, corre o nada para mejorar su salud, sino que están imbuidos de un espíritu competitivo superior al de los deportistas de élite. En estos tiempos puede verse por cualquier ciudad la convocatoria de maratones, o de pruebas cuyo nombre ya da cuenta de su grado de exigencia física: las famosas ironman.

Estas pruebas consisten en nadar casi cuatro kilómetros, hacer 180 en bicicleta y para finalizar correr otros 42, todo ello en un tiempo máximo de 17 horas. Es evidente que someter al cuerpo humano a esos esfuerzos brutales no es beneficioso. El panorama se agrava si se toma en consideración que esos aficionados no son necesariamente veinteañeros, sino que en muchas ocasiones sobrepasan los 40 y los 50 años. Y además es dudoso que todos esos participantes hayan llevado a cabo una preparación adecuada para afrontar tal desgaste físico. La proliferación de esas competiciones ha generado incluso que haya una categoría específica de deportes, los de riesgo o extremos: escalada en hielo, escalada en roca, puenting, snowboarding, parapente...

Medidas preventivas y curativas

Nadie discute que cada individuo es libre de escoger el deporte que quiera practicar. Como tampoco que el Estado deba poner medios para que tales prácticas se lleven a cabo, así como establecer medidas preventivas y curativas para los eventuales accidentes y lesiones que se puedan producir, como lo hace con otras competiciones. Ahora bien, seamos sinceros, cuando se elige practicar tales deportes el sujeto está decantándose por lo que podríamos denominar una preferencia cara, en el sentido de que la exposición al riesgo es mucho mayor que en el resto de deportes. Sea fruto de una elección consciente o por una ceguera voluntaria a los riesgos, tales deportistas deben hacerse al menos copartícipes de la responsabilidad moral que supone una eventual lesión o una acción de salvamento, cuyos costes económicos por cierto, correrán a cargo del erario, es decir, de los impuestos de todos nosotros en el caso de que no haya suscrito algún tipo de seguro.

Es evidente y somos conscientes de que la articulación jurídica de cómo debería fijarse esa responsabilidad en forma de tasas, sanciones o cobros no resulta nada fácil. Pero ello no debería representar un obstáculo para que desde las federaciones y otras instituciones deportivas en las que se enmarcan estos deportes se lleve a cabo una política educativa e informativa seria y rigurosa, e incluso que se establezcan y endurezcan los filtros que eviten la participación de aquellos individuos cuyo estado de salud no sea el propicio para someterse a tales exigencias físicas o que no hayan suscrito algún seguro que cubra todas las eventuales contingencias. Por su bien, y por el nuestro.

Temas: Atletismo

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