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Un testimonio personal

Por una sola vez

Josep Fontana

Sigue siendo necesario esforzarse en construir una sociedad donde coexistan igualdad y libertad

No me gusta hablar de mí mismo. Es un tema que me aburre personalmente y que no concibo que pueda interesar a nadie. Pero voy a hacer una excepción, por una sola vez, porque estoy cansado de escuchar en los últimos meses una tontería que se repite casi siempre en los mismos términos: que soy un viejo estalinista que se ha convertido al nacionalismo.

Nunca fui estalinista. Ingresé en el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) en 1957 porque era entonces, en Catalunya, el partido más serio de cuantos luchaban en la clandestinidad contra el franquismo. Un partido que, por cierto, incluía en su programa la defensa del derecho de autodeterminación.

Conocí en el partido a estalinistas, es cierto, pero también a dirigentes de espléndida calidad humana, que admitían sin ningún reparo la discrepancia. Y, durante mi experiencia de la clandestinidad, aprendí a admirar el comportamiento de gran número de militantes que luchaban, sin pedir nada para sí, con el objetivo de que todos pudiéramos vivir algún día en libertad. Me siento honrado de haber colaborado con ellos, aunque solo fuera imprimiendo boletines para  obreros de la construcción o del textil.

El primer grupo del partido en que me integré, el comité de intelectuales de Barcelona, estaba formado por personas como Manuel SacristánFrancesc Vallverdú o Josep Maria Jaén. Nada tenían de estalinistas, lo que se reflejó en la conducta del comité, que no vaciló en ocasiones en actuar por su propia iniciativa, prescindiendo de las instrucciones recibidas.

Los mejores años de mi militancia fueron posiblemente los primeros del posfranquismo, cuando el partido, que recogía la herencia del buen trabajo que había hecho en la clandestinidad, conectaba con la calle, donde colaboraba con los sindicatos, el movimiento vecinal, los grupos católicos progresistas o los nacionalistas. Fue un tiempo en que todo parecía anunciar un futuro de democracia participativa que al final no pudo llegar a ser.

Todo acabó con la transición, cuando los partidos de izquierdas echaron al cubo de la basura los programas que definían los objetivos por los que sus militantes se habían jugado la libertad y la vida en la guerra civil y en los años de la larga noche del franquismo. Hasta llegar a un presente en que un diputado socialista sostiene que no hay clases sociales definidas por el lugar en el trabajo, sino «categorías de consumo».

Mi desengaño se completó en 1977, el día en que escuché a Santiago Carrillo explicar a los militantes del PSUC que los Pactos de la Moncloa, que acababa de firmar, contenían toda suerte de ganancias para la clase obrera, y que eran un paso adelante hacia la sociedad socialista, o poco menos. Más tarde supe que los pactos contenían, en efecto, concesiones estimables para compensar a los trabajadores por los sacrificios que se les pedían; pero que los negociadores se olvidaron de crear un organismo de seguimiento para asegurarse de su cumplimiento.

Abandoné entonces la militancia, por coherencia, y así he seguido desde entonces, en una situación que Manuel Sacristán definió muy bien en una carta que escribió en el verano de 1985, poco antes de su muerte, en que le decía a un preso del GRAPO que yo era una persona que, como él, estaba entonces sin partido, «por como están ahora los partidos». (Conocí la carta tras la muerte de Sacristán, cuando me envió una copia su destinatario).

Al margen de la política, además, mi relación con personajes como Pierre VilarE.P. ThompsonRenato ZangheriManfred Kossok o Manuel Moreno Fraginals, por citar a unos pocos, ha contribuido a hacer de mí la clase de «rojo» que soy y que espero no dejar de ser.

Un rojo que en los años trascurridos desde 1957 ha aprendido muchas cosas del estudio y observación de lo que sucedía a su alrededor: de la caída del socialismo realmente inexistente, de la ruina y corrupción de la socialdemocracia y del triunfo imparable de un capitalismo depredador que sigue en pleno ascenso. Todo ello me ha llevado a matizar y corregir ideas y apreciaciones, pero no ha modificado en lo sustancial mi convicción de que, a pesar de los fracasos del pasado, sigue siendo necesario esforzarse en construir una sociedad en que puedan coexistir algún día la igualdad y la libertad. Que no es ese el camino por donde va la nuestra.

Y así he llegado a mis 82 años, orgulloso de no poseer más que lo que he ganado con mi trabajo, sin haber pedido ni recibido favores, y de mantenerme como el rojo nacionalista que era ya en 1957. Agradezco cordialmente su preocupación a quienes se han inquietado por los peligros que corre mi alma en las garras del nacionalismo, pero lo único que les pido es que me dejen trabajar en paz.

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