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IDEAS

Santayana

Domingo Ródenas

El 3 de febrero de 1936 Time dedicó su portada a George Santayana. Muchos lectores se enteraron entonces de quién era aquel viejo filósofo que en 1912 había dado un portazo a su prestigiosa cátedra en la Universidad de Harvard para marcharse a Europa y que, a sus 72 años, publicaba una novela titulada El último puritano, que sigue siendo hoy una pieza narrativa singular, híbrido de autobiografía y ficción. Santayana vivía entonces en Roma solo y soltero, como siempre estuvo, ejerciendo con distinción su escepticismo general y su catolicismo ateo, convencido de que más allá de las disquisiciones humanas sobre el mundo existe una realidad radical, la naturaleza, anterior y ajena a toda teoría y teología humanas, indiferente a nuestra ciencia y nuestras filosofías.

Murió en Roma en 1952 con casi 90 años, tras caerse en las escaleras del Consulado de España. Había acudido allí —al parecer— a renovar su pasaporte, porque Santayana, que escribió toda su obra en inglés, había nacido en Madrid en 1863 y nunca quiso renunciar a su nacionalidad. Su abuelo, Josep Borràs i Bofarull, era un liberal de Reus que, en 1823, tuvo que exiliarse a Londres, donde nació Josefina Borràs i Carbonell, madre del filósofo. Andando el tiempo y no sin vicisitudes novelescas, Josefina criaría a Jorge, único hijo de un segundo matrimonio, en Boston, adonde el muchacho llegó tras nueve años de infancia en Ávila junto a su padre. Jorge (que quizá pudo ser Jordi) se convirtió en George, hizo una carrera brillantísima de filósofo a contracorriente que lo separó del pragmatismo de sus colegas William James y Josiah Royce. Enseñó sentido común y previno contra la ceguera hacia el pasado histórico, el fanatismo y las construcciones de la fantasía cuando esta no es literaria, como la religión. Aprendieron con él poetas como T. S. Eliot Wallace Stevens y de él extrajeron parte de su pensamiento estético. Su huella ha ido desdibujándose, seguramente por su propia discreción personal. Todavía hoy algunos de sus textos (por ejemplo la selección Diálogos en el limbo, Tecnos) siguen produciendo el efecto de que el lector se sienta más inteligente de lo que es. Y eso es un bendito espejismo.

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