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CONCIERTO DE UN ICONO DE LA MÚSICA LATINA

Rubén Blades, una salsa eterna

El cantante arrolló en el Poble Espanyol en su gira de despedida del género tropical

Jordi Bianciotto

Rubén Blades, anoche, en el Poble Espanyol de Barcelona.

Rubén Blades, anoche, en el Poble Espanyol de Barcelona. / FERRAN SENDRA

Rubén Blades nos dijo hace cuatro décadas que bailar y pensar eran actos compatibles, y dio a la música latina un calado poético, filosófico y político convirtiéndolo en algo más que un género de repertorio. Y de esa salsa que contribuyó a construir y elevar se despide ahora en una gira, Caminando, adiós y graciasque le trajo este miércoles al Poble Espanyol, manteniendo el ritmo y el empaque y dejándose envolver esta vez con un poco, solo un poco, de melancolía.

Blades dispuso un recorrido por sus logros más reconocidos, atendiendo al enunciado de ese «adiós a la salsa», arropado por la orquesta de una docena de músicos dirigida por Roberto Delgado. Frondoso manto sobre el que dar nueva vida a clásicos como Pablo Pueblo, símbólico punto de partida de la noche. Si en el fondo de su obra hay una intención de dotar de dignidad a la cultura de las clases populares, esa canción bien puede representarla con ese retrato del tipo que «llega a su barrio de siempre / cansao de la factoría», ese Pablo Pueblo «hijo del grito y de la calle / de la miseria y del hambre».

Las letras de Blades no acuden a metáforas rebuscadas, se entienden sin necesidad de ponernos metafísicos y combinan a veces la mirada guerrera (Las calles, que «nunca toman prisioneros») con el trazo de humor: ahí estuvo Decisiones, un prodigio de su álbum Buscando América (1984), en que se las arregla para fundir tres historias, la del embarazo no deseado, el triángulo amoroso y el borracho convencido de no serlo y que termina dándose un tortazo con un camión. Mucha vida y mucha guasa, y una invitación a la afición a hacer «una excepción» en su consumo musical y comprar su último disco, Salsa big band. «A ver si así algún día podemos pagar a los técnicos». Blades quiso dejar claro que su retiro es solo de la salsa, que nadie se vaya a pensar, y lo atribuyó a que «llega un punto en que te das cuenta de que tienes más pasado que futuro y comienzas a organizar tu tiempo» porque «sabes que, por ejemplo, ya no serás nunca delantero del Barça».

Vestido de negro, con bombín, el que un día fue ministro de turismo de Panamá se ganó el apelativo de «intelectual de la salsa» que le ha acompañado durante años, agitando de vez en cuando, eso sí, unas maracas con los colores de su país. Lanzó piropos a los cómplices de su vida, sin resentimientos: a Willie Colón en Buscando guayaba (del álbum Siembra, que ambos cocinaron juntos en 1978) y a Ray Barretto en Arayuéy la fiesta fue total en los atracones de ritmo de Amor y control, La caína, Vino añejo... Latinidad con subsuelo africano. «En el Caribe todas las familias tienen al menos un negro. Donde haya demasiados blancos... sospechoso», bromeó (o no).

LA NIÑA Y EL TROMPETISTA

Blades agitador y Blades romántico, mirando muy hacia atrás y evocando al mexicano Luis Demetrio en Apóyate en mi alma, con semejante aplomo vocal,antes de ironizar con la alta sociedad en la deliciosa Ligia Elena, sobre «la cándida niña» que se fuga con el trompetista, a resultas de lo cual «Ligia Elena está contenta y su familia está asfixiá». Hubo un amago de Cumpleaños feliz entre el público (el domingo sopló 69 velas) que le llevó a recordar sus orígenes, incluida una abuela gallega, la señora Carmen Caramés.

Más clásicos: El cantante, casi nada, sobre los sentimientos íntimos del entertainer (Héctor Lavoe en la pantalla), El pasado no perdona, Paula C y cerrando, Pedro Navaja con su retrato de la fauna del barrio, hito narrativo a golpe de tumbao. Tras dos horas y media de concierto aún hubo más: emotivas Maestra vida Patria, estirando desesperadamente ese adiós a la salsa con la misma pasión que cuando todo empezó.

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