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Susana Baca, memoria y alegría

La cantante peruana realzó el fondo africano de la música de su país con sentimiento, dulzura y ritmo en la sala Barts

Jordi Bianciotto

Susana Baca, en el concierto que ofreció en la sala Barts dentro del Grec.

Susana Baca, en el concierto que ofreció en la sala Barts dentro del Grec. / FERRAN SENDRA

Susana Baca canta a la memoria del Perú más popular, un Perú en buena medida negro y excluido de los relatos oficiales, y lo hace con extrema suavidad y sin dejar de sonreír. Su voz, sin ser deslumbrante, traspasa el escenario e ilumina espacios como la sala Barts, donde actuó este lunes programada por el Grec.

La cantante limeña, que en 1995 fue fichada por David Byrne para su sello Luaka Bop (discos como ‘Eco de sombras’, con músicos del prestigio de Marc Ribot y Greg Cohen) y que en el 2011 fue, por poco tiempo, ministra de cultura de su país, está feliz en ese papel de divulgadora de una tradición que entronca con la de una mujer de referencia de la música peruana e hispana, Chabuca Granda. A ella acudió cuando cantó ‘La herida oscura’, una pieza dedicada a Micaela Bastidas, mártir precursora de la independencia del Perú.

Más que desear impresionarnos con su canto, Baca parece querer fundirse con sus músicas, que recorrió con dulzura, elegancia y cierto perfume místico arropada por un cuarteto. Cálidos contornos melódicos esbozados por la guitarra de Ernesto Hermoza y el violín de María Helena Pachecho, en contraste con el fondo más turbio, con sintonía africana, de las percusiones de Hugo Bravo y el contrabajo de Óscar Huaranga. Con ellos se introdujo Baca en las historias de ‘Viento del olvido’, ‘Negra presuntuosa’ y ‘No quiero que a misa vayas’, cantando descalza, como siempre, y luciendo una túnica de gasa con la que parecía levantarse algunos centímetros sobre el escenario.

RUIBAL Y MORENTE

Repertorio de orientación afroperuana del que se desvió un poco para cantar a Javier Ruibal (‘La reina de África’), entre tonalidades andalusíes, y para invocar a la vez a Lorca, Leonard Cohen y Enrique Morente en el melodioso ‘Pequeño vals vienés’. El ritmo tomó la réplica en ‘Caracunde’, con un estribillo refrescante, y ‘Panalivio’, con la que Baca se despidió lanzando besos al público y alzando los brazos en señal de ofrenda. “Y así todos los días, tocando, cantando, porque somos muy felices”.

Como en otros recitales del pasado en Barcelona, ya fuera a principios de la pasada década en La Paloma o más recientemente en el Coliseum, su alegría y amabilidad se contagiaron al público, que precipitó un estiramiento de los bises. Fuera de guión, Baca recuperó la historia de ‘María Landó’, sobre la muchacha para la cual “no hay madrugada, no hay mediodía” y que “no tiene tiempo de alzar los ojos” porque “solo trabaja, solo trabaja”, e invitó al baile sin mayores coberturas ideológicas en ‘Baho kende’, dejándonos el recuerdo vivo de esa africanidad que reposa bajo buena parte de la música popular. 

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