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CRÓNICA DE ÓPERA

Un viaje efectista a la mente de Don Giovanni

El Liceu aplaude el montaje 'hi-tech' de Kasper Holten y aclama al equilibrado reparto y la dirección musical de Josep Pons

César López Rosell

Un momento de la representación de Don Giovanni en el Liceu.

Un momento de la representación de Don Giovanni en el Liceu. / JORDI COTRINA

Una vuelta de tuerca escénica más a 'Don Giovanni', la célebre ópera de Mozart y Da Ponte. El montaje 'high-tech' del danés Kasper Holten fue aplaudido sin fisuras por el Liceu, aunque una vez superado el primer impacto del colorista 'video-mapping', proyectado con precisión milimétrica sobre una escenografía en movimiento para reflejar el complejo entramado psicológico del libertino, el foco acabo centrándose en la actuación de un equilibrado reparto. Las voces, muy bien ensambladas con la orquesta, dirigida con atinado pulso y atención a los detalles por un inspirado Josep Pons, acabaron siendo lo mejor de la noche.

Es lo que suele ocurrir cuando las expectativas se elevan por encima de lo previsible. Tras su debut en el Covent Garden, el 2014, la versión de Holten provocó ya un gran debate sobre la incidencia de los efectos visuales en el desarrollo de la trama. Esta polémica se reprodujo, aunque con menos intensidad, en los pasillos del Gran Teatre. En general, se impuso la aceptación de la vistosidad de una propuesta que no altera el espíritu del relato y permite que los cantantes se desenvuelvan con una comodidad que resulta excesiva. En ello influye la escasa profundidad de la dirección dramatúrgica, que parece fiar todo al impacto de las imágenes desplegadas sobre un laberíntico espacio escénico, que refleja muy bien el estado mental con tendencias paranoides del protagonista.

TIBIA TENSIÓN ERÓTICA

La falta de intensidad en algunas escenas merma la calidad teatral. Basta mencionar la lejana reacción de Donna Anna al confirmar la muerte de su padre o la tibia tensión erótica que transmite el momento de la seducción de Zerlina. Con todo, en la escenografía móvil de un viejo palacio, se aprovechan muy bien los niveles de los pisos para centrar, con la ayuda de una iluminación maravillosa, los momentos más relevantes de la narración, como esos en los que el protagonista observa desde lo alto los resultado de sus devastadoras estrategias de seducción.

¿Hacía falta tanta parafernalia para contar la historia? Evidentemente, no, pero los intentos de renovación que no alteren el sentido de las obras son siempre bienvenidos. Este es el caso de un final en el que el protagonista, en lugar de descender al averno como castigo por su amoral comportamiento, se queda purgando sus culpas en ese otro infierno que es el de la soledad más absoluta.

CANTO DE ALTURA

Pero el canto siempre estuvo ahí, en buen estado de revista. Mariusz Kwiecien exhibió presencia escénica y fue de menos a más para acabar recreando un protagonista de altura. El gran triunfador de la noche fue Dmitri Korckak, dando el perfil del pusilánime pero caballeroso Don Ottavio con un timbre luminoso. Magnífico el debut en la casa de la estelar Julia Lezhneva (Zerlina), expresando con su bellísimo registro y una esforzada implicación actoral la ingenuidad y segundas intenciones de su personaje. Las otras dos damas respondieron: Carmela Remigio encarnó a una Donna Anna con carácter y buenas prestaciones dramáticas y vocales, y Miah Persson se mostró como una Donna Elvira convincente.

Capítulo aparte merece Simón Orfila, interpretando a Leporello con rigor estilístico y una notable vis cómica. Mereció las ovaciones que le prodigaron. Valeriano Lanchas dio alas al bonachón y celoso Masetto, en una noche en la que volvieron a brillar el coro y la orquesta.

SEGUNDO REPARTO

Después de persuasivo y envolvente Don Giovanni de Kwicien, Carlos Álvarez exhibió, el martes al frente del segundo reparto, toda su autoridad en el papel con una enérgica y expresiva actuación, llena de hondura dramática y musical. El rotundo poderío de su voz grave dio un tono más despiadado a sus acciones como obsesivo conquistador. Él y la Anna de Vanessa Goikoetxea, rica en matices y en el despliegue vocal, fueron lo mejor de esta sesión. Del resto, cumplieron unas discretas Mirtò Papapatanasiu (Elvira), Rocío Ignacio (Zerlina) y un irregular y blando Toby Spence como Don Ottavio.

Temas: Ópera Liceu

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