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MEMORIA NEGRA DE LA GUERRA

La sangrienta bacanal de Margit Thyssen

El periodista Sacha Batthyany indaga en los episodios oscuros del pasado familiar, como la masacre nazi de 180 judíos en 1945 durante una fiesta

Anna Abella

los thyssen en segunda guerra mundial

De izquierda a derecha, el barón Heinrich Thyssen, su hija Margit, el marido de esta, Ivan Batthyány, y su hermano Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza (coleccionista de arte como su padre), durante la segunda guerra mundial. / periodico

Ocurrió una noche de luna llena, la del 24 al 25 de marzo de 1945, en Rechnitz, en una Hungría antisemita y aliada de una Alemania cuya derrota en la guerra era ya un hecho. Los rusos estaban muy cerca y quedaba solo un mes para que Hitler se suicidara. Pero en su castillo, Margit Batthyány-Thyssen, una de las mujeres más ricas de Europa, ejercía de anfitriona de una fiesta en la que no se escatimaban el alcohol ni los excesos y a la que había invitado a los jefes locales del partido nazi, a miembros de la policía política, la Gestapolas Juventudes Hitlerianas y las SS, entre ellos su amante y administrador de la mansión, Hans-Joachim Oldenburg, y el suboficial Franz Podezin, quien recibió una llamada. Le comunicaban que un convoy con 180 prisioneros judíos húngaros con tifus había llegado a la estación de tren del pueblo. Inmediatamente convocó a entre 10 y 13 invitados de la fiesta, les repartió fusiles y munición y les acompañó a un lugar cercano con la misión de "liquidar" a los presos. Y así lo hicieron, tras obligarlos a desnudarse ante una fosa que ellos mismos habían tenido que cavar. Mientras, "en el palacio se descorchaban más botellas de champán y alguien tocaba el acordeón". 

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El castillo de Rechnitz, propiedad de Margit Thyssen, donde ocurrió la matanza en marzo de 1945, y que fue destruido al final de la guerra por bombas rusas. 

Un camarero recordará cómo le llamó la atención que "los huéspedes" que regresaron a las tres de la madrugada "gesticulaban con vehemencia" y "tenían las caras rojas". "Podezin, el presunto cabecilla que hace un rato ha disparado a la cabeza de hombres y mujeres, baila ahora con absoluto desparpajo", escribe el periodista suizo Sacha Batthyany (1973), sobrino nieto de Margit, en 'La matanza de Rechnitz. Historia de mi familia' (Seix Barral), un aplaudido ejercicio de rescate del pasado de sus ancestros, donde él mismo psicoanaliza su traumática herencia y halla una no menos dura respuesta a esta pregunta: "¿Habría sido capaz de esconder a los judíos?".      

"LA CONDESA NAZI"

De la masacre han hablado Elfried Jelinek en 'El ángel exterminador', Eduard Erne en el documental 'Silencio de muerte' y David R. L. Litchfield en 'La historia secreta de los Thyssen' (Temas de Hoy); sin embargo, Sacha Batthyany no supo de ella hasta que en el 2007 un colega le señaló una noticia aparecida en la prensa donde se hablaba de su "tía Margit" como "la condesa nazi y sanguinaria", hija de los barones Heinrich Thyssen y Margareta Bornemisza, y hermana de Hans-Heinrich Thyssen-Bornemisza, el famoso coleccionista de arte que se casó con Carmen Cervera.   

El juicio y los testigos eliminados

Durante la primera caza de nazis tras la guerra, explica Sacha Batthyany, siete personas fueron acusadas de crímenes de lesa humanidad, entre ellas los principales responsables, Franz Podezin y el amante de Margit Hans-Joachim Oldenburg, a quienes ella ayudó a huir y desaparecer. Pero en 1946 el proceso se estancó a causa del asesinato de los dos testigos principales. Uno, el armero del palacio Karl Muhr, que entregó los fusiles y vio las caras de los verdugos, fue hallado con una bala en la cabeza en el bosque junto a su perro muerto mientras su casa ardía. El otro, Nikolaus Weiss, testigo ocular que sobrevivió a la matanza escondido en el cobertizo de unos vecinos, murió en el acto cuando su coche fue tiroteado y perdió el control.

Margit (1911-1989) era una excelente cazadora, aunque no hay pruebas de que disparara aquella noche. "Era antipática y muy aficionada a los hombres; al parecer una obsesa sexual… Pero ¿una asesina? Desde luego que no", le dijeron sus familiares a Batthyany. Estaba casada con el conde húngaro Ivan Batthyáni (hermano del abuelo del autor), quien al día siguiente de la matanza en el castillo (destruido por bombas rusas al final de la guerra) ordenó ejecutar a otros 18 judíos que habían tenido que cubrir con tierra la fosa común, que hoy sigue sin localizarse.    

DE BUENOS AIRES AL GULAG

El libro (más de 25.000 ejemplares vendidos en Alemania) condensa los resultados de una indagación que llevó a Sacha Batthyany a Buenos Aires, a los restos del gulag y a Hungría. Se cimenta en testimonios, archivos, actas del proceso judicial que hubo tras la guerra e informes de los servicios de seguridad suizos. Pero, sobre todo, en el diario de su abuela Maritta, donde confesaba otro negro episodio familiar, ocurrido en el verano de 1944, meses antes del de Rechnitz.

Maritta, que perdió a su bebé al acabar la guerra, se crió en una regia familia de terratenientes húngaros con unos padres estrictos y distantes. Vivían con numerosos criados en un palacio de 30 habitaciones, entonces tomado por tropas nazis, que luego sería expropiado por los rusos. Lo que atormentó de por vida a la abuela del autor fue sentirse culpable por no haber podido hacer nada al ver cómo un matrimonio judío, los Mandl -que antes de acabar como esclavos del noble regentaban la tienda de comestibles del pueblo-, morían a tiros en el patio tras suplicarle ayuda a su padre, quien se la negó. Solo querían que salvara a sus hijos, que ya iban camino de Auschwitz. Uno de ellos, Agnes, tenía 18 años, cuatro menos que Maritta, y sobrevivió. 

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Sacha Batthyany, con su padre, en el viaje que hicieron a Rusia buscando las huellas de su abuelo en el gulag.

El autor localizó a una Agnes nonagenaria y a sus dos hijas en Argentina. Como estas, también se siente un "nieto de la guerra". Sus padres guardaron siempre silencio sobre el pasado y ellos necesitaban saber qué ocurrió. Por esa razón también hizo un viaje con su padre a Rusia, donde su abuelo pasó 10 años en el gulag tras ser hecho prisionero en el frente, sacando el cancerígeno asbesto de las rocas con las manos a 30 bajo cero.

Batthyany se interroga sobre por qué durante la guerra tantos y tantos "se limitaron a mirar y a no hacer nada". ¿Por qué su tía Margit "simplemente seguía bailando al tiempo que 180 seres humanos caían en una fosa cavada por ellos mismos"? ¿Por qué su bisabuelo vio cómo dos vecinos eran asesinados en su palacio y solo "hizo lo posible por ocultar el crimen". ¿Por qué los húngaros no hacían nada cuando los nazis enviaban a los judíos a los campos o los lanzaban esposados de dos en dos al Danubio y disparaban a uno, que arrastraba al otro al fondo? 

INTERROGANTES

El periodista trae el pasado al presente y se lanza una batería de preguntas: "Si estallara una guerra como la de hace 70 años, ¿no tomaríamos todos parte en ella?". "¿No nos volvemos de pronto sumisos y obedientes cuando se trata de salvar el pellejo?". "A cada hora estamos hoy en día a favor o en contra de algo en Facebook o en Twitter. Intercabiamos fotos sangrientas y análisis sesudos, compartimos vídeos de naufragios donde vemos ahogarse a refugiados enfrente de Lampedusa y firmamos peticiones virtuales contra la mutilación genital en Sudán del Sur. Ahora bien, ¿cómo actuaríamos si los hechos se trasladaran de nuestro ordenador a la calle?".  

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